Septiembre siempre ha sido un mes especial para mí. El inicio de curso, las clases llenándose de caras nuevas, la energía de volver a la universidad con la ilusión de transmitir conocimiento, de acompañar a los estudiantes en su camino. Siempre he sentido que mi trabajo como profesor es más que un empleo: es una vocación. Me apasiona enseñar, me apasiona investigar, me apasiona estar en ese espacio donde todo se mezcla: la juventud, las preguntas, la posibilidad de abrir puertas. Sentir que de alguna manera podía influir en la vida de otros, aunque fuera un poco, me daba sentido.
Pero este año es distinto. Este año no tengo ganas de volver.
Después del verano, después de todo lo que he pasado con la enfermedad, con los brotes, con la tristeza que me ha acompañado, no me siento preparado. No tengo fuerzas. Me cuesta incluso imaginarme entrando en un aula, fingiendo entusiasmo, sonriendo cuando por dentro lo único que tengo es un cansancio que no se va. Esa imagen que antes me llenaba de ilusión ahora se me aparece como una montaña imposible de escalar.
Y lo peor es que este curso no es cualquier curso. Es un curso decisivo. Se termina mi contrato y llega el momento de presentarme a un concurso para optar a una plaza fija. Algo por lo que he trabajado durante años, algo que debería ser motivo de ilusión, de orgullo, de esperanza. Una meta que en otro momento habría sido motivo de celebración. Pero no lo siento así. Ahora mismo, lo único que me genera es una angustia insoportable.
Pienso en lo que implica tener esa plaza y me paralizo. Porque sé que la esclerosis me puede dejar fuera de juego en cualquier momento. Hoy puedo estar de pie frente a un grupo de alumnos, y mañana puedo no poder moverme de la cama. Y entonces me pregunto: ¿es justo que yo opte a esa plaza? ¿No sería mejor que la ocupara alguien sano, alguien que pueda garantizar años de estabilidad, de continuidad, de trabajo sin interrupciones? Esa pregunta me atormenta cada vez más.
Me duele pensarlo, porque sé que mi valía como profesor no depende solo de mi cuerpo, sino también de lo que sé, de lo que transmito, de la pasión con la que intento enseñar. Sé que muchos alumnos han visto en mí algo más que un profesor. Pero no puedo evitar sentir que la enfermedad me roba legitimidad, que me coloca en desventaja y que, de alguna forma, le quita valor a todo lo que he construido. Como si la esclerosis invalidara todo mi esfuerzo. Como si, por muy bueno que sea en mi trabajo, siempre quedara la sombra de que no podré sostenerlo.
Y entonces pienso que, si no logro ni tener ilusión por el futuro, ¿qué sentido tiene pelear por una plaza? Tal vez debería apartarme y dejar que alguien con fuerzas, con salud, ocupe mi lugar. Alguien que sí pueda ofrecer lo que yo ya no puedo.
La verdad es que en el fondo no quiero volver al trabajo. Porque cuando no tienes futuro, todo parece carecer de sentido. Me repito una y otra vez que no tiene lógica seguir esforzándome, cumplir con horarios, preparar clases, seguir adelante como si nada, cuando por dentro sé que cualquier día la enfermedad me detendrá en seco. Todo parece un teatro inútil, una representación absurda para no decepcionar a los demás.
He pensado incluso en renunciar. En coger una maleta, dejar todo atrás y marcharme a ver mundo hasta que se me acabe el dinero. No porque piense que eso resolvería nada, sino porque al menos sentiría que mis últimos días serían míos. Que no se irían en aulas frías, en reuniones interminables, en fingir una estabilidad que ya no tengo. Imagino cómo sería subirme a un tren, a un avión, perderme en ciudades donde nadie me conozca, caminar sin rumbo, sentir otra vez por un instante que la vida me pertenece.
Sé que es una idea tonta. Sé que mi familia nunca lo entendería. Probablemente me juzgarían, se sentirían traicionados, pensarían que he perdido la cabeza. Y quizá tendrían razón. Pero en mi cabeza, esa fuga se convierte a veces en la única imagen luminosa: yo, con una maleta pequeña, desapareciendo sin dejar más rastro que un recuerdo.
Porque cada vez tengo más claro que voy a terminar tirando la toalla cualquier día. No sé cuándo, no sé cómo, pero lo siento dentro: ese cansancio que no se alivia con nada, esa certeza de que no hay salida. Y si ese final es inevitable, no quiero que mis últimos días sean como ahora: llorando en una iglesia a diario, intentando desahogarme en silencio, y después volviendo a casa con la cara lavada y una sonrisa falsa para que nadie sospeche. No quiero que mi vida se reduzca a ese bucle de lágrimas escondidas y máscaras.
Hoy he estado en el psicólogo y me ha dicho lo que en el fondo ya sabía: estoy entrando de lleno otra vez en una depresión. Y lo peor de esa palabra no es solo lo que significa, sino la sensación de haber caído otra vez en el mismo pozo del que tantas veces creí haber salido. Cada vez cuesta más salir. Cada vez tengo menos ganas de hacerlo.
Lo intento. Intento estar bien cuando estoy con gente. Intento sonreír, mantener conversaciones normales, aparentar que sigo siendo el de siempre. Pongo una máscara que a veces engaña y a veces no. Pero la verdad es otra: cada día lloro. A veces sin motivo aparente, a veces por cosas pequeñas, a veces porque me miro en el espejo y no reconozco a la persona que veo. Me duele hasta mi propia imagen, porque ya no encuentro en ella ni una chispa de la pasión que antes me definía.
Cada lágrima que derramo a solas me recuerda que no puedo seguir fingiendo. Que todo lo que fue importante para mí se está desmoronando. La universidad, que durante años fue mi refugio, mi motor, ahora se ha convertido en un recordatorio cruel de lo lejos que estoy de aquel que fui. Pienso en las clases que disfruté, en las caras de los alumnos interesados, en las charlas improvisadas después de clase, en las discusiones que me hacían sentir vivo. Todo eso lo siento ahora como algo ajeno, como un recuerdo prestado. Como si hubiera pertenecido a otro, no a mí.
Y así estoy, a las puertas de septiembre, con una mezcla de miedo, tristeza y vacío. La universidad me espera, los alumnos me esperan, la vida parece seguir su curso. Pero yo me siento detenido, sin fuerzas para volver a ponerme en pie en ese escenario. No encuentro en mí ninguna motivación real, solo la obligación de cumplir, de no fallar, de no decepcionar a quienes esperan algo de mí. Pero por dentro, sé que estoy roto.
No sé qué pasará este curso. No sé si seré capaz de sacar adelante las clases, ni si tendré ánimo para presentarme al concurso de la plaza. Lo único que sé es que hoy, ahora mismo, me siento hundido. Siento que no me queda ilusión ni para lo que siempre me sostuvo. Y aunque lo esconda, aunque me esfuerce en aparentar, por dentro no puedo más.
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