Dije que iba a empezar a escribir cartas. Que iba a dejar por escrito lo que siento antes de que la memoria decida jugarme una mala pasada definitiva. Y si tengo que empezar por alguien, tenía claro que eras tú. Hermana. Cuando era pequeño no entendía muchas cosas, pero sí entendía una: que contigo estaba a salvo. Con mi hermano las cosas siempre terminaban en pelea. Supongo que era lo normal, éramos niños y yo era el pequeño. Pero tú… tú siempre dabas la cara por mí. Siempre estabas en medio cuando la cosa se ponía fea. Siempre eras el escudo antes de que yo supiera siquiera que necesitaba uno. Ser el pequeño tiene eso: aprendes pronto quién te protege de verdad. Y tú lo hiciste sin que nadie te lo pidiera. También me diste algo que todavía hoy me acompaña: la música. Recuerdo cuando empezaste a tocar la guitarra. Yo te miraba como si fueras enorme. Cada día aprendías una canción nueva de los 80 y cada día venías a enseñármela. Te sentabas y tocabas para mí como si aquello fuera lo má...
Pensé que no volvería a escribir aquí. Lo dije convencido. Cerré el blog con la idea de que ya había dicho todo lo que necesitaba decir, de que era momento de seguir hacia delante en silencio, sin dejar que las palabras me expusieran más de la cuenta. Creí que ese capítulo estaba cerrado. Pero hay cosas que no se pueden prever. O quizá sí, pero no quieres mirarlas de frente hasta que empiezan a hacerse demasiado evidentes. Mis pérdidas de memoria cada vez van a más. No son despistes pequeños. No son olvidos normales. Son huecos. Son momentos en los que algo desaparece sin avisar y luego vuelve, si vuelve, como si nunca hubiera sido mío del todo. Y cada vez que ocurre siento que algo de mí se va desgastando, como si mi identidad dependiera de un hilo demasiado fino. Siempre he tenido miedo a perder el cuerpo. A que deje de responder. A que los brotes me quiten movilidad, independencia, rutina. Pero hay algo que me asusta más: perder mis recuerdos. Perder las historias que me construy...