Este fin de semana me ha dejado agotado. Hay veces que la vida no necesita grandes tragedias para recordarte lo frágil que es todo. Basta con una llamada, una noticia o un instante que aparece de repente para ponerlo todo patas arriba. El viernes por la noche me tocó vivir uno de esos momentos. Acababa de subir a casa después de pasear a mi perro cuando ocurrió. Todo fue muy rápido. Le dio un síncope y, durante unos segundos, me quedé completamente paralizado. No entendía qué estaba pasando. Solo recuerdo la sensación de miedo al entrar de golpe, como si alguien hubiera apagado todas las luces de la habitación. Estaba solo en casa. Me puse lo primero que encontré, cogí las llaves y salí corriendo hacia la clínica veterinaria. Durante el trayecto intentaba convencerme de que no sería nada grave, que quizá era solo un susto, que al llegar le pondrían algún tratamiento y volveríamos a casa. Pero cuando llegué allí y comenzaron a hacerle pruebas, me di cuenta de que la situación era mucho ...
Hace tiempo que no escribo por aquí. La verdad es que necesitaba tomar distancia durante un tiempo. Después de tantos meses escribiendo sobre la enfermedad, sobre el miedo, sobre la pérdida de memoria, sobre las personas que han ido pasando por mi vida y sobre todo lo que me removía por dentro, sentí la necesidad de guardar silencio y simplemente vivir lo que estaba ocurriendo. Y han pasado muchas cosas desde entonces. La más importante fue aquel día, el día en que conseguí mi plaza indefinida como profesor en la universidad. Todavía me cuesta escribirlo sin emocionarme un poco. Durante años esa plaza se convirtió en una especie de horizonte, en algo que estaba siempre delante de mí, empujándome a seguir incluso cuando no tenía fuerzas. Mucha gente lo veía simplemente como un trabajo, un paso lógico dentro de una carrera profesional, algo que tarde o temprano acabaría llegando. Pero para mí nunca fue solo eso. Para mí representaba todas las veces que seguí adelante cuando mi cuer...