Antes de empezar quiero hacer una pequeña excepción. Quienes lleváis tiempo leyendo este blog sabéis que casi siempre escribo sobre la esclerosis múltiple, sobre cómo la enfermedad va cambiando mi vida y sobre las emociones que deja a su paso. Hoy, sin embargo, no voy a hablar de eso. O, al menos, no directamente. Hoy necesito escribir sobre un episodio de mi vida que ocurrió muchos años antes de que la esclerosis apareciera, pero que, de una forma u otra, también ha condicionado a la persona que soy. Durante demasiado tiempo he intentado mantener este recuerdo encerrado en un lugar al que ni siquiera yo quería asomarme. Solo mi psicólogo conoce esta historia con cierta profundidad. Nunca he sido capaz de compartirla realmente con nadie más. Quizá porque ponerle palabras la hace demasiado real. Quizá porque durante muchos años he preferido convencerme de que, si no hablaba de ello, acabaría desapareciendo. Hoy sé que eso nunca ocurrió. Así que esta entrada no nace para buscar compasión...
Hay días en los que uno ya sabe cuál va a ser la respuesta antes incluso de escucharla. Ayer iba camino del hospital con esa sensación. Intentaba convencerme de que no me hiciera ilusiones, de que era mejor ir preparado para otro "no", porque así dolería menos. Pero, por mucho que uno se repita eso una y otra vez, siempre queda una pequeña parte que sigue esperando que esta vez sea diferente. Una parte muy pequeña, casi escondida, pero suficiente para que, cuando la puerta vuelve a cerrarse, el golpe siga siendo igual de fuerte. Ayer recibí la tercera negativa para entrar en un ensayo clínico. Otra vez. Otra vez las pruebas. Otra vez las analíticas, las revisiones, las llamadas, la espera. Otra vez permitirme imaginar, aunque solo fuera durante unos días, que quizá esta vez habría una oportunidad para cambiar el rumbo de la enfermedad. Y otra vez volver a casa exactamente igual que salí, pero con un poco menos de esperanza. No culpo a nadie. Sé que estas decisiones dependen d...