Papá, Hoy he ido a verte. Ha pasado un año desde que te despedimos y, aunque pueda parecer mentira, es la primera vez que volvía al cementerio desde aquel día. No había sido capaz. No por falta de amor, sino porque todavía no sabía cómo enfrentarme a ese lugar sin que todo volviera a derrumbarse. Hoy llevé flores. No eran especialmente llamativas. No busqué las más bonitas ni las más grandes. Solo quería que fueran sencillas, como tú. Caminé despacio hasta tu lápida, con una mezcla extraña de nervios y calma. Sabía que no ibas a estar ahí y, sin embargo, sentía que iba a verte. Cuando me quedé frente a tu nombre grabado en piedra, entendí algo que no había querido aceptar del todo: esto es real. Ya no es un recuerdo borroso, ni una imagen del hospital, ni el eco de aquella despedida. Es una fecha, un nombre y un silencio que no responde. Y al mismo tiempo, papá, esa certeza tiene algo aún más cruel para mí. Por mis pérdidas de memoria, ya he olvidado varias veces que no estabas co...
No sabía si escribirte esta carta. Quizá porque todavía duele. Quizá porque hay despedidas que uno no termina de entender y ponerlas por escrito las hace más reales. Pero si he decidido abrirme del todo en estas últimas entradas, no puedo dejarte fuera. Nos conocimos una noche de verano. De esas coincidencias que parecen pequeñas pero que cambian algo por dentro. Estar en el mismo sitio, a la misma hora, sin buscarlo. Recuerdo que conectamos casi sin esfuerzo. No fue algo forzado, no hubo estrategia. Simplemente pasó. Hablamos, nos reímos, hubo algo en la forma en la que me mirabas que me hizo sentir visto. Después vino el verano entero. Mensajes. Conversaciones largas. Notas de voz que escuchaba más de una vez. Y poco a poco empecé a notar que algo se despertaba en mí. Algo que llevaba mucho tiempo dormido. No era solo ilusión. Era esa sensación de que alguien se interesa de verdad, de que tu nombre aparece en la pantalla y te cambia el estado de ánimo. Llegó el otoño y por fi...