Creo que ya he tomado una decisión. Llevo semanas dándole vueltas, intentando convencerme de que quizá solo era una mala época, que necesitaba descansar un poco o dejar pasar el tiempo antes de hacer nada importante. Pero cuanto más pasan los días, más claro tengo que no es algo impulsivo. Es una decisión que ha ido creciendo muy despacio, casi sin que me diera cuenta, hasta el punto de que ya no puedo seguir ignorándola. El lunes he programado un correo. No es un correo cualquiera. Es el correo con el que voy a dejar mi trabajo. Es extraño escribir esa frase después de todo lo que ha significado para mí llegar hasta aquí. Durante años viví con un único objetivo: conseguir mi plaza en la universidad. Todo giraba alrededor de eso. Cada brote, cada noche sin dormir, cada vez que pensaba que la enfermedad me estaba quitando demasiado, encontraba fuerzas diciéndome que tenía que aguantar un poco más, que todavía quedaba una meta por alcanzar. Y la alcancé. Por eso entiendo perfectame...
Hay una pregunta que lleva unas semanas rondándome la cabeza y de la que no consigo escapar. ¿Y ahora qué? Durante años toda mi vida giró alrededor de un objetivo muy concreto. Aguantar un poco más. Resistir un brote más. Superar un obstáculo más. Llegar a conseguir esa plaza que tantas veces he mencionado aquí y demostrarme a mí mismo que la enfermedad no iba a poder quitarme también eso. Lo conseguí. Después de tantos años de esfuerzo, de incertidumbre y de días en los que pensaba que no llegaría, por fin lo conseguí. Y, sin embargo, desde entonces siento un vacío que no esperaba encontrar. Es como si hubiera estado escalando una montaña durante años, convencido de que al llegar a la cima encontraría todas las respuestas, y al mirar alrededor me hubiera dado cuenta de que la montaña termina ahí, sin indicarte cuál es el siguiente camino. Es una sensación extraña, porque debería sentirme satisfecho. Y, en parte, lo estoy. Nadie me puede quitar ese logro ni todo lo que he tenido ...