Hay algo que nunca he sabido hacer bien en esta vida. Pedir ayuda. No porque no la necesite, sino porque siempre he sentido que no debía hacerlo. Como si lo que me estaba pasando fuese algo que tenía que gestionar yo solo, sin salpicar a nadie más. Como si compartirlo fuese, de alguna forma, injusto para los demás. Desde que empezó la enfermedad, la he llevado en silencio. Un silencio bastante absoluto. He contado lo justo, a personas muy concretas, en momentos muy medidos. Pero la mayor parte del tiempo he convivido con esto sin abrirlo del todo, sin dejar que nadie realmente viera hasta dónde llegaba. Siempre he pensado que ya bastante me ha marcado a mí como para afectar también a la gente que quiero. Que ellos no tienen culpa de nada de esto. Que no tienen por qué cargar con algo que no eligieron. Y así he ido tirando. Apoyándome en bastones. Algunos más firmes, otros más frágiles. Personas, momentos, rutinas, pequeñas cosas que me ayudaban a mantenerme a flote cuando todo se...
Empiezo a ver el final. No como algo lejano o abstracto, sino como algo concreto, cercano, real. Cada vez más definido, aunque todavía no tenga un día exacto marcado en el calendario. Sé que será en mayo. En un mes. En un mes lo habré conseguido. Y es extraño cómo estoy viviendo este momento. Porque desde fuera, para cualquiera, esto sería simplemente una meta profesional, algo que antes o después iba a llegar, un paso más, un objetivo cumplido dentro de una trayectoria que parecía encaminada desde hace tiempo. Pero para mí no es eso. Para mí no es un trabajo. Es un cierre. Es el último logro que siento que voy a ser capaz de obtener, no porque no pudiera aspirar a más en otras circunstancias, sino porque sé todo lo que ha habido detrás de este camino, todo lo que no se ve, todo lo que no se cuenta. La gente ve el resultado, pero no ve el proceso. No ve los días en los que el cuerpo no respondía, no ve las veces que he tenido que parar cuando lo único que quería era seguir, no ve el mi...