Ir al contenido principal

Entradas

Carta V: A mi ancla

Hay cartas que se escriben con la cabeza y otras que salen directamente del corazón. Esta pertenece claramente al segundo grupo. Sabía que tarde o temprano tendría que escribirte dentro de esta serie de cartas, pero también sabía que iba a ser la más difícil de todas. Porque hablar de ti es hablar de una parte enorme de mi vida. Y cuando algo ha ocupado tanto espacio dentro de uno, cuesta encontrar palabras que estén a la altura de lo que realmente ha significado. Hace mucho tiempo, cuando empecé este blog, ya hablé de ti. Te llamé mi ancla . Recuerdo perfectamente aquella conversación con el psicólogo en la que me explicó que, cuando uno se encuentra perdido, cuando todo parece hundirse y no sabes hacia dónde remar, necesitas algo que te ayude a orientarte. Algo fijo, algo que permanezca incluso cuando todo lo demás se mueve. Una brújula que te devuelva al rumbo. Y eso es un ancla. Algo que te sujeta cuando el mar está revuelto y evita que el barco se vaya a la deriva. En aquel mome...
Entradas recientes

Carta IV: A mi hermano

Hermano, Si hay una carta que no sabía cómo empezar, probablemente era esta. No porque no tenga cosas que decirte, sino porque nuestra historia siempre ha sido complicada de explicar con pocas palabras. Lo nuestro nunca fue sencillo. Quizá porque te parecías demasiado a papá. Quizá porque yo siempre fui el pequeño intentando encontrar mi lugar. Quizá porque los dos teníamos un carácter demasiado fuerte para convivir sin chocar. De pequeños nos pasábamos el día peleándonos. Por cualquier cosa. Por tonterías, por orgullo, por ver quién tenía razón o quién cedía antes. Recuerdo muchas discusiones, muchas miradas de desafío, muchos momentos en los que parecía que éramos más rivales que hermanos. Pero con el tiempo he entendido algo que quizá de niño no sabía poner en palabras: en el fondo, siempre fuiste mi ejemplo. Yo quería ser mejor que tú en todo. No lo digo con resentimiento, lo digo con una sonrisa. Eras mi referencia, mi meta a batir. Si tú hacías algo bien, yo quería hacerlo me...

Carta III: A papá

Papá, Hoy he ido a verte. Ha pasado un año desde que te despedimos y, aunque pueda parecer mentira, es la primera vez que volvía al cementerio desde aquel día. No había sido capaz. No por falta de amor, sino porque todavía no sabía cómo enfrentarme a ese lugar sin que todo volviera a derrumbarse. Hoy llevé flores. No eran especialmente llamativas. No busqué las más bonitas ni las más grandes. Solo quería que fueran sencillas, como tú. Caminé despacio hasta tu lápida, con una mezcla extraña de nervios y calma. Sabía que no ibas a estar ahí y, sin embargo, sentía que iba a verte. Cuando me quedé frente a tu nombre grabado en piedra, entendí algo que no había querido aceptar del todo: esto es real. Ya no es un recuerdo borroso, ni una imagen del hospital, ni el eco de aquella despedida. Es una fecha, un nombre y un silencio que no responde. Y al mismo tiempo, papá, esa certeza tiene algo aún más cruel para mí. Por mis pérdidas de memoria, ya he olvidado varias veces que no estabas co...

Carta II: A Dani

 No sabía si escribirte esta carta. Quizá porque todavía duele. Quizá porque hay despedidas que uno no termina de entender y ponerlas por escrito las hace más reales. Pero si he decidido abrirme del todo en estas últimas entradas, no puedo dejarte fuera. Nos conocimos una noche de verano. De esas coincidencias que parecen pequeñas pero que cambian algo por dentro. Estar en el mismo sitio, a la misma hora, sin buscarlo. Recuerdo que conectamos casi sin esfuerzo. No fue algo forzado, no hubo estrategia. Simplemente pasó. Hablamos, nos reímos, hubo algo en la forma en la que me mirabas que me hizo sentir visto. Después vino el verano entero. Mensajes. Conversaciones largas. Notas de voz que escuchaba más de una vez. Y poco a poco empecé a notar que algo se despertaba en mí. Algo que llevaba mucho tiempo dormido. No era solo ilusión. Era esa sensación de que alguien se interesa de verdad, de que tu nombre aparece en la pantalla y te cambia el estado de ánimo. Llegó el otoño y por fi...

Carta I: A mi hermana

Dije que iba a empezar a escribir cartas. Que iba a dejar por escrito lo que siento antes de que la memoria decida jugarme una mala pasada definitiva. Y si tengo que empezar por alguien, tenía claro que eras tú. Hermana. Cuando era pequeño no entendía muchas cosas, pero sí entendía una: que contigo estaba a salvo. Con mi hermano las cosas siempre terminaban en pelea. Supongo que era lo normal, éramos niños y yo era el pequeño. Pero tú… tú siempre dabas la cara por mí. Siempre estabas en medio cuando la cosa se ponía fea. Siempre eras el escudo antes de que yo supiera siquiera que necesitaba uno. Ser el pequeño tiene eso: aprendes pronto quién te protege de verdad. Y tú lo hiciste sin que nadie te lo pidiera. También me diste algo que todavía hoy me acompaña: la música. Recuerdo cuando empezaste a tocar la guitarra. Yo te miraba como si fueras enorme. Cada día aprendías una canción nueva de los 80 y cada día venías a enseñármela. Te sentabas y tocabas para mí como si aquello fuera lo má...

Despedidas

Pensé que no volvería a escribir aquí. Lo dije convencido. Cerré el blog con la idea de que ya había dicho todo lo que necesitaba decir, de que era momento de seguir hacia delante en silencio, sin dejar que las palabras me expusieran más de la cuenta. Creí que ese capítulo estaba cerrado. Pero hay cosas que no se pueden prever. O quizá sí, pero no quieres mirarlas de frente hasta que empiezan a hacerse demasiado evidentes. Mis pérdidas de memoria cada vez van a más. No son despistes pequeños. No son olvidos normales. Son huecos. Son momentos en los que algo desaparece sin avisar y luego vuelve, si vuelve, como si nunca hubiera sido mío del todo. Y cada vez que ocurre siento que algo de mí se va desgastando, como si mi identidad dependiera de un hilo demasiado fino. Siempre he tenido miedo a perder el cuerpo. A que deje de responder. A que los brotes me quiten movilidad, independencia, rutina. Pero hay algo que me asusta más: perder mis recuerdos. Perder las historias que me construy...

Fin

  Antes de escribir esta última entrada, me he detenido un rato largo. Más de lo habitual. He releído cosas antiguas; he bajado por este blog como quien recorre una casa antes de cerrarla para siempre. Cada entrada ha sido como abrir un cajón distinto: algunos estaban llenos de ruido, otros de silencio, otros de recuerdos que todavía pesan al tocarlos. No buscaba corregir nada ni cambiar el pasado, solo mirarlo con la distancia suficiente para entender qué fue este lugar para mí. Este blog apareció en un momento en el que no tenía casi nada claro. Ni el cuerpo, ni la cabeza, ni el futuro. Apareció cuando escribir era la única forma que tenía de no sentirme completamente solo con lo que me estaba pasando. Aquí no vine a buscar respuestas, vine a dejar preguntas. A veces muy torpes, a veces muy oscuras. Pero eran mías y necesitaban un sitio donde quedarse. Nunca supe exactamente cuándo esto comenzó a ser mi lugar seguro , pero ahora puedo verlo con claridad. Este blog no fue un p...

Volver a perderte

Ayer tuve otro brote. Esta vez no fue el cuerpo. Fue la memoria y quizá es lo que más miedo me da de todo esto. Volví a casa después de pasear al perro. Nada fuera de lo normal: dejar la correa, quitarme las zapatillas, mirar el reloj casi sin pensar. Y entonces lo vi. Era la hora de cambiar el tipo de máquina de oxígeno de mi padre, esa hora que durante tanto tiempo marcó el ritmo de la casa, como si todo girara alrededor de ese pequeño ritual. Fui directo a hacerlo, pero no encontré la máquina y mi padre tampoco estaba. Me quedé quieto, literalmente quieto, como si el cuerpo se hubiera quedado sin instrucciones. Durante unos segundos, no sé cuántos, todo fue ruido por dentro. Pensé si tendría cita médica, pero era sábado y lo descarté enseguida. Pensé si le habría pasado algo, si habrían tenido que ir a urgencias, si alguien habría venido a buscarlo mientras yo estaba fuera. Pero nada encajaba. No tenía sentido. Si solo había bajado a pasear al perro. Y entonces apareció el pensa...

Cuando amar no alcanza

Hay momentos en los que uno se da cuenta de que lleva demasiado tiempo sintiéndose fuera de lugar. Como si el mundo hubiera seguido girando en una dirección distinta y yo me hubiera quedado quieto, mirando cómo todo se reorganiza sin mí. No es algo que pase de repente; es una sensación que se instala poco a poco, casi sin darte cuenta, hasta que un día ya forma parte de ti. La esclerosis le dio la vuelta a todo: a mi cuerpo, a mis planes, a la forma en que me relaciono con los demás y conmigo misma. Y aunque hay días en que consigo olvidarla durante unas horas, los brotes siempre vuelven a recordarme que sigue ahí. Que no se ha ido. Que sigue marcando el ritmo, incluso cuando intento fingir que no pasa nada. Vivo cada día como uno más. Me levanto, hago lo que toca, cumplo. Pero muchas veces lo hago sin ganas de vivirlo, sin expectativas reales de futuro. Como si estuviera atravesando los días en modo automático, sin ilusión, sin horizonte. No es tristeza constante, es algo más apag...

El miedo de ir borrándome

Estoy llorando en mi cuarto por la impotencia que siento y porque me gustaría poder estar en otro sitio, así que he venido por aquí para ver si soltándolo en palabras se me pasa. Hoy quiero escribir sobre algo que llevo días arrastrando por dentro, algo que siento que me muerde en silencio mientras intento seguir adelante como si nada pasara: el miedo. No un miedo abstracto ni exagerado, sino ese miedo que se pega a la piel y se instala en la nuca, respirando conmigo, vigilando cada hueco que aparece en mi memoria. Ese miedo específico, preciso, que llega cuando noto que cada día se desprende una pieza más de lo que soy y que, por mucho que intente sujetarla, se me escurre entre los dedos sin pedir permiso. Empiezo a olvidar cosas que antes eran automáticas. Primero fueron pequeños detalles: una palabra que no salía, una cita que desaparecía de golpe, un nombre que parecía esconderse en un rincón oscuro. Luego empezaron a borrarse escenas completas, momentos que otros me describían c...

Lo que aún soy capaz de decir

Hoy me ha pasado algo que todavía estoy procesando, algo que hace unos meses me habría dejado temblando. He coincidido en el metro con el chico con el que estuve quedando hace un tiempo, ese mismo que un día me dijo, sin que le temblara la voz, que con mi esclerosis nadie querría nada conmigo más que encuentros puntuales, que nadie “hipotecaría su vida” por alguien destinado, según él, a terminar postrado en una silla. Aquel comentario me atravesó y me hundió; me hizo sentir pequeño, insignificante, una carga incluso antes de serlo. Durante mucho tiempo creí que llevaba razón, que quizá yo no era más que una vida en pausa que nadie querría compartir. Hoy, en ese vagón lleno donde casi no cabía un alma más, me lo he encontrado. Ni siquiera me saludó: simplemente empezó a rozarse contra mí, como si nada hubiera pasado, como si tuviera algún derecho sobre mí. Le pedí que parara, pero siguió, así que me bajé en la siguiente estación solo para quitármelo de encima. En el andén vino detrás y...