Hay cartas que se escriben con la cabeza y otras que salen directamente del corazón. Esta pertenece claramente al segundo grupo. Sabía que tarde o temprano tendría que escribirte dentro de esta serie de cartas, pero también sabía que iba a ser la más difícil de todas. Porque hablar de ti es hablar de una parte enorme de mi vida. Y cuando algo ha ocupado tanto espacio dentro de uno, cuesta encontrar palabras que estén a la altura de lo que realmente ha significado. Hace mucho tiempo, cuando empecé este blog, ya hablé de ti. Te llamé mi ancla . Recuerdo perfectamente aquella conversación con el psicólogo en la que me explicó que, cuando uno se encuentra perdido, cuando todo parece hundirse y no sabes hacia dónde remar, necesitas algo que te ayude a orientarte. Algo fijo, algo que permanezca incluso cuando todo lo demás se mueve. Una brújula que te devuelva al rumbo. Y eso es un ancla. Algo que te sujeta cuando el mar está revuelto y evita que el barco se vaya a la deriva. En aquel mome...
Hermano, Si hay una carta que no sabía cómo empezar, probablemente era esta. No porque no tenga cosas que decirte, sino porque nuestra historia siempre ha sido complicada de explicar con pocas palabras. Lo nuestro nunca fue sencillo. Quizá porque te parecías demasiado a papá. Quizá porque yo siempre fui el pequeño intentando encontrar mi lugar. Quizá porque los dos teníamos un carácter demasiado fuerte para convivir sin chocar. De pequeños nos pasábamos el día peleándonos. Por cualquier cosa. Por tonterías, por orgullo, por ver quién tenía razón o quién cedía antes. Recuerdo muchas discusiones, muchas miradas de desafío, muchos momentos en los que parecía que éramos más rivales que hermanos. Pero con el tiempo he entendido algo que quizá de niño no sabía poner en palabras: en el fondo, siempre fuiste mi ejemplo. Yo quería ser mejor que tú en todo. No lo digo con resentimiento, lo digo con una sonrisa. Eras mi referencia, mi meta a batir. Si tú hacías algo bien, yo quería hacerlo me...