Hay una sensación extraña cuando empiezas a comprender cosas de tu propia vida que llevaban años delante de ti y, aun así, nunca habías sido capaz de relacionar. Estos días estoy hablando mucho con mi psicólogo. Probablemente más que nunca. Después de haber abierto la puerta de aquellos recuerdos que llevaba tanto tiempo intentando mantener cerrados, las conversaciones han sido intensas, incómodas y, en ocasiones, dolorosas. Sin embargo, entre todo ese dolor, también empiezan a aparecer respuestas. No respuestas que cambien el pasado, porque eso es imposible, sino respuestas que me ayuden a entender por qué llevo tantos años viviendo de la manera en que lo he hecho. Hasta ahora siempre había pensado que mi forma de afrontar la esclerosis era simplemente una cuestión de carácter. Que yo era así. Que prefería no hablar de la enfermedad, contársela únicamente a las personas más cercanas e intentar soportarlo todo por mi cuenta. Creía que era independencia, que era fortaleza o, incluso, ...
Hay una frase que llevo repitiéndome toda la vida sin darme cuenta: "Lo mejor es que me aleje." Es una frase que aparece siempre que siento que mi dolor empieza a rozar a las personas que quiero. No importa cuál sea el motivo. Da igual que antes fuera la esclerosis y ahora sean los recuerdos que estoy removiendo en terapia. En cuanto tengo la sensación de que alguien puede sufrir por mi culpa, mi primer impulso es desaparecer un poco, hacerme pequeño, convencerme de que mi ausencia será más fácil de llevar que mi presencia. Nunca me había parado a pensar de dónde venía esa forma de actuar, pero ahora empiezo a sospechar que tiene mucho que ver con haber pasado tantos años aprendiendo que lo más seguro era guardar silencio y cargar con todo yo solo. Cuando llevas media vida creyendo que tus heridas solo sirven para preocupar a los demás, acabas pensando que querer también consiste en esconderlas. Anoche tuve una conversación con mi ancla que me hizo pensar mucho en todo est...