Pensé que no volvería a escribir aquí. Lo dije convencido. Cerré el blog con la idea de que ya había dicho todo lo que necesitaba decir, de que era momento de seguir hacia delante en silencio, sin dejar que las palabras me expusieran más de la cuenta. Creí que ese capítulo estaba cerrado. Pero hay cosas que no se pueden prever. O quizá sí, pero no quieres mirarlas de frente hasta que empiezan a hacerse demasiado evidentes. Mis pérdidas de memoria cada vez van a más. No son despistes pequeños. No son olvidos normales. Son huecos. Son momentos en los que algo desaparece sin avisar y luego vuelve, si vuelve, como si nunca hubiera sido mío del todo. Y cada vez que ocurre siento que algo de mí se va desgastando, como si mi identidad dependiera de un hilo demasiado fino. Siempre he tenido miedo a perder el cuerpo. A que deje de responder. A que los brotes me quiten movilidad, independencia, rutina. Pero hay algo que me asusta más: perder mis recuerdos. Perder las historias que me construy...
Antes de escribir esta última entrada, me he detenido un rato largo. Más de lo habitual. He releído cosas antiguas; he bajado por este blog como quien recorre una casa antes de cerrarla para siempre. Cada entrada ha sido como abrir un cajón distinto: algunos estaban llenos de ruido, otros de silencio, otros de recuerdos que todavía pesan al tocarlos. No buscaba corregir nada ni cambiar el pasado, solo mirarlo con la distancia suficiente para entender qué fue este lugar para mí. Este blog apareció en un momento en el que no tenía casi nada claro. Ni el cuerpo, ni la cabeza, ni el futuro. Apareció cuando escribir era la única forma que tenía de no sentirme completamente solo con lo que me estaba pasando. Aquí no vine a buscar respuestas, vine a dejar preguntas. A veces muy torpes, a veces muy oscuras. Pero eran mías y necesitaban un sitio donde quedarse. Nunca supe exactamente cuándo esto comenzó a ser mi lugar seguro , pero ahora puedo verlo con claridad. Este blog no fue un p...