No sabía si escribirte esta carta. Quizá porque todavía duele. Quizá porque hay despedidas que uno no termina de entender y ponerlas por escrito las hace más reales. Pero si he decidido abrirme del todo en estas últimas entradas, no puedo dejarte fuera. Nos conocimos una noche de verano. De esas coincidencias que parecen pequeñas pero que cambian algo por dentro. Estar en el mismo sitio, a la misma hora, sin buscarlo. Recuerdo que conectamos casi sin esfuerzo. No fue algo forzado, no hubo estrategia. Simplemente pasó. Hablamos, nos reímos, hubo algo en la forma en la que me mirabas que me hizo sentir visto. Después vino el verano entero. Mensajes. Conversaciones largas. Notas de voz que escuchaba más de una vez. Y poco a poco empecé a notar que algo se despertaba en mí. Algo que llevaba mucho tiempo dormido. No era solo ilusión. Era esa sensación de que alguien se interesa de verdad, de que tu nombre aparece en la pantalla y te cambia el estado de ánimo. Llegó el otoño y por fi...
Dije que iba a empezar a escribir cartas. Que iba a dejar por escrito lo que siento antes de que la memoria decida jugarme una mala pasada definitiva. Y si tengo que empezar por alguien, tenía claro que eras tú. Hermana. Cuando era pequeño no entendía muchas cosas, pero sí entendía una: que contigo estaba a salvo. Con mi hermano las cosas siempre terminaban en pelea. Supongo que era lo normal, éramos niños y yo era el pequeño. Pero tú… tú siempre dabas la cara por mí. Siempre estabas en medio cuando la cosa se ponía fea. Siempre eras el escudo antes de que yo supiera siquiera que necesitaba uno. Ser el pequeño tiene eso: aprendes pronto quién te protege de verdad. Y tú lo hiciste sin que nadie te lo pidiera. También me diste algo que todavía hoy me acompaña: la música. Recuerdo cuando empezaste a tocar la guitarra. Yo te miraba como si fueras enorme. Cada día aprendías una canción nueva de los 80 y cada día venías a enseñármela. Te sentabas y tocabas para mí como si aquello fuera lo má...