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El peso de la máscara

Ha pasado aproximadamente un mes desde que todo empezó a tomar una forma diferente. O quizá “colocarse” no sea la palabra adecuada, porque últimamente tengo la sensación de que hay demasiadas cosas fuera de su sitio. Algunas son nuevas. Otras llevaban muchos años guardadas en algún rincón de mi cabeza y han decidido aparecer todas a la vez. Y luego está la esclerosis, claro. Siempre está la esclerosis. Aunque resulta curioso que, por primera vez en mucho tiempo, haya días en los que ni siquiera es lo que más pesa. La semana pasada recibí otra de esas noticias que hace unos meses me habrían dejado completamente destrozado: me he quedado fuera de otro ensayo clínico. Otra posibilidad que desaparece. Otra puerta que se cierra. Ya he perdido la cuenta de cuántas veces he esperado una llamada, una respuesta o unos criterios que quizá esta vez sí encajaran conmigo. Cada vez me cuesta menos procesarlo. Supongo que uno también aprende a acostumbrarse a las decepciones cuando se repiten lo sufi...
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Y esta vez hablé

Hoy he quedado con mi ex. Hacía bastante tiempo que no hablábamos de verdad. Nuestras vidas han seguido caminos diferentes y han cambiado demasiadas cosas desde aquella época en la que formábamos parte del día a día del otro. Probablemente, si hace unas semanas alguien me hubiera preguntado con quién iba a terminar pasando una tarde como la de hoy, su nombre no habría sido el primero que me habría venido a la cabeza. Pero necesitaba hablar con alguien. Necesitaba hacerlo fuera de las paredes de la consulta de mi psicólogo y, cuando pensé en las personas que realmente me conocen, que han compartido conmigo suficientes cosas como para saber quién soy detrás de muchas de mis máscaras, acabé pensando en él. Había también otro motivo para verle que me cuesta bastante más escribir. Desde que empecé a recuperar y afrontar todo lo relacionado con lo que ocurrió cuando tenía quince años, algo dentro de mí se ha bloqueado también en el terreno sexual. Durante muchos años conseguí separar ambas c...

Todo va mejor cuando callo

  Han pasado un par de semanas desde la última vez que escribí aquí y, aunque desde fuera probablemente no haya cambiado demasiado, siento que he aprendido a vivir de manera diferente. O quizá debería decir que he vuelto a vivir de una manera que ya conocía demasiado bien. Me he puesto la máscara otra vez. Esa que durante tantos años me permitió seguir trabajando, quedar con amigos, hacer bromas, preguntar a los demás cómo estaban y continuar con mi vida mientras dentro ocurrían cosas completamente diferentes. Durante unas semanas intenté quitármela. Pensé que quizá había llegado el momento de dejar de esconder determinadas partes de mí, de reconocer que no podía con todo solo y permitir que las personas que quiero vieran también aquello que normalmente escondo. Ahora llevo un par de semanas con ella puesta de nuevo y hay algo que me resulta difícil admitir: todo parece funcionar mejor. También la llevo con mi mejor amigo. Quizá eso sea lo más extraño de todo. Durante años fue prec...

Mi parcela

Vuelvo a escribir aquí, aunque hace poco dije que dejaría de hacerlo. Supongo que ya he aprendido que algunas despedidas no son tan definitivas como parecen y que, cuando no sabes muy bien dónde colocar todo lo que llevas dentro, acabas regresando a los lugares donde alguna vez conseguiste respirar. Sigo yendo al psicólogo, aunque ahora con menos frecuencia. Seguimos avanzando poco a poco con todo lo que salió a la superficie durante estas últimas semanas y, después de comprobar que abrirme a los demás no salió como esperaba, estamos trabajando especialmente en dos palabras que parecen haberse instalado en mí desde hace demasiados años, y más aún después de abrirme el otro día: culpa y asco. Culpa por no haber sabido reaccionar cuando tenía quince años. Asco de mí mismo cuando recuerdo ciertas cosas. Sé todo lo que debería responder ante esos pensamientos. Sé que era un niño frente a un adulto, que no fui responsable de lo que ocurrió y que sobrevivir como pude no significa haber sido ...

Pensé que era el final

Pensé que era el final Pensé que la entrada anterior sería la última. Pensé que ya había dicho todo lo que tenía que decir. Que era el momento de guardar silencio y seguir escribiendo solo para mí. Quería creer que ya no necesitaba este rincón, que había llegado el momento de cerrar la puerta y dejar que las palabras se quedaran únicamente conmigo. Pero aquí estoy otra vez. Y, sinceramente, no sé muy bien cómo empezar. Supongo que vuelvo porque ya no sé adónde acudir. Porque escribir sigue siendo la única forma que conozco de ordenar el ruido que llevo dentro. Porque, aunque la última vez me despedí de este blog, hoy siento que necesito volver a lanzar un grito al aire. No sé si alguien lo escuchará. No sé si alguien llegará a leer estas líneas. Solo sé que hoy necesitaba volver. Ayer, por fin, me vi con mi ancla. Llevaba días esperando ese momento. Desde que empecé a hablar en terapia de lo que ocurrió cuando tenía quince años, había sentido la necesidad de poder compartirlo con él. N...

Post 140. El punto final

Durante mucho tiempo pensé que este blog existía únicamente para ayudarme a sobrevivir. Empezó siendo eso. Un lugar donde dejar por escrito todo aquello que no era capaz de decir en voz alta. Un sitio donde vaciar el miedo, la rabia, la incertidumbre y la tristeza. Siempre me ha resultado mucho más fácil escribir que hablar. Escribiendo siento que puedo ordenar el caos que llevo dentro y entenderme un poco mejor. Con el tiempo descubrí que, al otro lado de la pantalla, había personas leyendo estas palabras. Algunas me escribisteis para contarme vuestra historia. Otras para decirme que una entrada os había ayudado a afrontar un brote, un diagnóstico o simplemente un día especialmente difícil. Nunca imaginé que algo que nació siendo un desahogo tan íntimo pudiera convertirse, aunque solo fuera para unas pocas personas, en un lugar donde sentirse un poco menos solo. Y os puedo asegurar que cada uno de esos mensajes ha merecido la pena. Pero estos últimos meses también me han hecho darme c...

Las piezas empiezan a encajar

Hay una sensación extraña cuando empiezas a comprender cosas de tu propia vida que llevaban años delante de ti y, aun así, nunca habías sido capaz de relacionar. Estos días estoy hablando mucho con mi psicólogo. Probablemente más que nunca. Después de haber abierto la puerta de aquellos recuerdos que llevaba tanto tiempo intentando mantener cerrados, las conversaciones han sido intensas, incómodas y, en ocasiones, dolorosas. Sin embargo, entre todo ese dolor, también empiezan a aparecer respuestas. No respuestas que cambien el pasado, porque eso es imposible, sino respuestas que me ayuden a entender por qué llevo tantos años viviendo de la manera en que lo he hecho. Hasta ahora siempre había pensado que mi forma de afrontar la esclerosis era simplemente una cuestión de carácter. Que yo era así. Que prefería no hablar de la enfermedad, contársela únicamente a las personas más cercanas e intentar soportarlo todo por mi cuenta. Creía que era independencia, que era fortaleza o, incluso, ...

Distancia

  Hay una frase que llevo repitiéndome toda la vida sin darme cuenta: "Lo mejor es que me aleje." Es una frase que aparece siempre que siento que mi dolor empieza a rozar a las personas que quiero. No importa cuál sea el motivo. Da igual que antes fuera la esclerosis y ahora sean los recuerdos que estoy removiendo en terapia. En cuanto tengo la sensación de que alguien puede sufrir por mi culpa, mi primer impulso es desaparecer un poco, hacerme pequeño, convencerme de que mi ausencia será más fácil de llevar que mi presencia. Nunca me había parado a pensar de dónde venía esa forma de actuar, pero ahora empiezo a sospechar que tiene mucho que ver con haber pasado tantos años aprendiendo que lo más seguro era guardar silencio y cargar con todo yo solo. Cuando llevas media vida creyendo que tus heridas solo sirven para preocupar a los demás, acabas pensando que querer también consiste en esconderlas. Anoche tuve una conversación con mi ancla que me hizo pensar mucho en todo est...

La puerta del almacén

Antes de empezar quiero hacer una pequeña excepción. Quienes lleváis tiempo leyendo este blog sabéis que casi siempre escribo sobre la esclerosis múltiple, sobre cómo la enfermedad va cambiando mi vida y sobre las emociones que deja a su paso. Hoy, sin embargo, no voy a hablar de eso. O, al menos, no directamente. Hoy necesito escribir sobre un episodio de mi vida que ocurrió muchos años antes de que la esclerosis apareciera, pero que, de una forma u otra, también ha condicionado a la persona que soy. Durante demasiado tiempo he intentado mantener este recuerdo encerrado en un lugar al que ni siquiera yo quería asomarme. Solo mi psicólogo conoce esta historia con cierta profundidad. Nunca he sido capaz de compartirla realmente con nadie más. Quizá porque ponerle palabras la hace demasiado real. Quizá porque durante muchos años he preferido convencerme de que, si no hablaba de ello, acabaría desapareciendo. Hoy sé que eso nunca ocurrió. Así que esta entrada no nace para buscar compasión...