La primera entrada de este blog se titulaba «Vivir sin aire» . Me resulta extraño volver a escribir esas tres palabras después de todo este tiempo. Entonces eran una metáfora. Intentaba explicar qué se siente cuando alguien se sienta delante de ti y pone nombre a algo que, de repente, sabes que te acompañará durante el resto de tu vida. Esclerosis múltiple. Recuerdo aquella sensación de salir de la consulta y sentir que el mundo seguía funcionando exactamente igual mientras el mío acababa de cambiar por completo. La gente caminaba, los coches circulaban, alguien estaría pensando en qué preparar para cenar y yo intentaba entender qué significaban aquellas dos palabras para todo lo que había imaginado que sería mi vida. Era como quedarse sin aire. Por eso elegí aquel título. Lo que nunca imaginé es que, años después, acabaría volviendo a él porque aquello que entonces era una metáfora se habría convertido en una sensación completamente física. Ahora, a veces, me falta el aire de ver...
Acabo de volver del cine. He ido a ver La bola negra y llevo todo el camino de vuelta pensando en ella. Hay películas que terminan cuando aparecen los créditos y otras que se te quedan contigo en casa. Esta ha sido de las segundas. Quizá porque he ido a verla precisamente en un momento en el que algunas de las cosas que cuenta: el deseo, el silencio, la vergüenza, aquello que heredamos y aquello que escondemos, están demasiado cerca de mí. No quiero hacer una crítica de la película. Ni siquiera sé si sabría hacerla. Solo sé que durante algunos momentos he tenido esa sensación extraña que aparece cuando alguien pone delante de ti algo que llevabas tiempo intentando explicar y de repente lo ves desde fuera. Y he pensado mucho en mi propia bola negra. Supongo que todos llevamos alguna. Algo que nos acompaña aunque los demás no puedan verlo. Una historia, una pérdida, una enfermedad, un miedo, una parte de nosotros mismos que durante algún momento de nuestra vida aprendimos que era mejor ...