Hay una frase que llevo repitiéndome toda la vida sin darme cuenta: "Lo mejor es que me aleje." Es una frase que aparece siempre que siento que mi dolor empieza a rozar a las personas que quiero. No importa cuál sea el motivo. Da igual que antes fuera la esclerosis y ahora sean los recuerdos que estoy removiendo en terapia. En cuanto tengo la sensación de que alguien puede sufrir por mi culpa, mi primer impulso es desaparecer un poco, hacerme pequeño, convencerme de que mi ausencia será más fácil de llevar que mi presencia. Nunca me había parado a pensar de dónde venía esa forma de actuar, pero ahora empiezo a sospechar que tiene mucho que ver con haber pasado tantos años aprendiendo que lo más seguro era guardar silencio y cargar con todo yo solo. Cuando llevas media vida creyendo que tus heridas solo sirven para preocupar a los demás, acabas pensando que querer también consiste en esconderlas. Anoche tuve una conversación con mi ancla que me hizo pensar mucho en todo est...
Antes de empezar quiero hacer una pequeña excepción. Quienes lleváis tiempo leyendo este blog sabéis que casi siempre escribo sobre la esclerosis múltiple, sobre cómo la enfermedad va cambiando mi vida y sobre las emociones que deja a su paso. Hoy, sin embargo, no voy a hablar de eso. O, al menos, no directamente. Hoy necesito escribir sobre un episodio de mi vida que ocurrió muchos años antes de que la esclerosis apareciera, pero que, de una forma u otra, también ha condicionado a la persona que soy. Durante demasiado tiempo he intentado mantener este recuerdo encerrado en un lugar al que ni siquiera yo quería asomarme. Solo mi psicólogo conoce esta historia con cierta profundidad. Nunca he sido capaz de compartirla realmente con nadie más. Quizá porque ponerle palabras la hace demasiado real. Quizá porque durante muchos años he preferido convencerme de que, si no hablaba de ello, acabaría desapareciendo. Hoy sé que eso nunca ocurrió. Así que esta entrada no nace para buscar compasión...