Acabo de volver del cine. He ido a ver La bola negra y llevo todo el camino de vuelta pensando en ella. Hay películas que terminan cuando aparecen los créditos y otras que se te quedan contigo en casa. Esta ha sido de las segundas. Quizá porque he ido a verla precisamente en un momento en el que algunas de las cosas que cuenta: el deseo, el silencio, la vergüenza, aquello que heredamos y aquello que escondemos, están demasiado cerca de mí. No quiero hacer una crítica de la película. Ni siquiera sé si sabría hacerla. Solo sé que durante algunos momentos he tenido esa sensación extraña que aparece cuando alguien pone delante de ti algo que llevabas tiempo intentando explicar y de repente lo ves desde fuera. Y he pensado mucho en mi propia bola negra. Supongo que todos llevamos alguna. Algo que nos acompaña aunque los demás no puedan verlo. Una historia, una pérdida, una enfermedad, un miedo, una parte de nosotros mismos que durante algún momento de nuestra vida aprendimos que era mejor ...
Ha pasado aproximadamente un mes desde que todo empezó a tomar una forma diferente. O quizá “colocarse” no sea la palabra adecuada, porque últimamente tengo la sensación de que hay demasiadas cosas fuera de su sitio. Algunas son nuevas. Otras llevaban muchos años guardadas en algún rincón de mi cabeza y han decidido aparecer todas a la vez. Y luego está la esclerosis, claro. Siempre está la esclerosis. Aunque resulta curioso que, por primera vez en mucho tiempo, haya días en los que ni siquiera es lo que más pesa. La semana pasada recibí otra de esas noticias que hace unos meses me habrían dejado completamente destrozado: me he quedado fuera de otro ensayo clínico. Otra posibilidad que desaparece. Otra puerta que se cierra. Ya he perdido la cuenta de cuántas veces he esperado una llamada, una respuesta o unos criterios que quizá esta vez sí encajaran conmigo. Cada vez me cuesta menos procesarlo. Supongo que uno también aprende a acostumbrarse a las decepciones cuando se repiten lo sufi...