Durante mucho tiempo pensé que este blog existía únicamente para ayudarme a sobrevivir. Empezó siendo eso. Un lugar donde dejar por escrito todo aquello que no era capaz de decir en voz alta. Un sitio donde vaciar el miedo, la rabia, la incertidumbre y la tristeza. Siempre me ha resultado mucho más fácil escribir que hablar. Escribiendo siento que puedo ordenar el caos que llevo dentro y entenderme un poco mejor. Con el tiempo descubrí que, al otro lado de la pantalla, había personas leyendo estas palabras. Algunas me escribisteis para contarme vuestra historia. Otras para decirme que una entrada os había ayudado a afrontar un brote, un diagnóstico o simplemente un día especialmente difícil. Nunca imaginé que algo que nació siendo un desahogo tan íntimo pudiera convertirse, aunque solo fuera para unas pocas personas, en un lugar donde sentirse un poco menos solo. Y os puedo asegurar que cada uno de esos mensajes ha merecido la pena. Pero estos últimos meses también me han hecho darme c...
Hay una sensación extraña cuando empiezas a comprender cosas de tu propia vida que llevaban años delante de ti y, aun así, nunca habías sido capaz de relacionar. Estos días estoy hablando mucho con mi psicólogo. Probablemente más que nunca. Después de haber abierto la puerta de aquellos recuerdos que llevaba tanto tiempo intentando mantener cerrados, las conversaciones han sido intensas, incómodas y, en ocasiones, dolorosas. Sin embargo, entre todo ese dolor, también empiezan a aparecer respuestas. No respuestas que cambien el pasado, porque eso es imposible, sino respuestas que me ayuden a entender por qué llevo tantos años viviendo de la manera en que lo he hecho. Hasta ahora siempre había pensado que mi forma de afrontar la esclerosis era simplemente una cuestión de carácter. Que yo era así. Que prefería no hablar de la enfermedad, contársela únicamente a las personas más cercanas e intentar soportarlo todo por mi cuenta. Creía que era independencia, que era fortaleza o, incluso, ...