Hoy me apetecía escribir aquí. No para cerrar nada, ni para continuar con las cartas, ni para darle un sentido especial a lo que está pasando, sino simplemente porque necesitaba contar cómo estoy. Me he dado cuenta de que ahora mismo este es el único lugar donde realmente me siento a gusto para hacerlo. No es algo que haya decidido conscientemente, simplemente ha ido pasando poco a poco, casi sin darme cuenta, hasta que un día te paras y ves que este espacio se ha convertido en eso que antes encontrabas en otros lugares. Desde que dejé de ir al psicólogo, algo me hace falta. No es solo la sesión en sí, no es solo sentarse y hablar durante un rato; es todo lo que había alrededor de eso: la sensación de poder decir lo que fuera sin medirlo, sin tener que pensar en cómo iba a afectar, sin tener que filtrar lo que sentía. Era un espacio donde podía ser completamente honesto, incluso cuando lo que tenía que decir no tenía sentido o era contradictorio. Y ahora que ya no está, noto ese vacío....
Hay algo que nunca he sabido hacer bien en esta vida. Pedir ayuda. No porque no la necesite, sino porque siempre he sentido que no debía hacerlo. Como si lo que me estaba pasando fuese algo que tenía que gestionar yo solo, sin salpicar a nadie más. Como si compartirlo fuese, de alguna forma, injusto para los demás. Desde que empezó la enfermedad, la he llevado en silencio. Un silencio bastante absoluto. He contado lo justo, a personas muy concretas, en momentos muy medidos. Pero la mayor parte del tiempo he convivido con esto sin abrirlo del todo, sin dejar que nadie realmente viera hasta dónde llegaba. Siempre he pensado que ya bastante me ha marcado a mí como para afectar también a la gente que quiero. Que ellos no tienen culpa de nada de esto. Que no tienen por qué cargar con algo que no eligieron. Y así he ido tirando. Apoyándome en bastones. Algunos más firmes, otros más frágiles. Personas, momentos, rutinas, pequeñas cosas que me ayudaban a mantenerme a flote cuando todo se...