Vuelvo a escribir aquí, aunque hace poco dije que dejaría de hacerlo. Supongo que ya he aprendido que algunas despedidas no son tan definitivas como parecen y que, cuando no sabes muy bien dónde colocar todo lo que llevas dentro, acabas regresando a los lugares donde alguna vez conseguiste respirar. Sigo yendo al psicólogo, aunque ahora con menos frecuencia. Seguimos avanzando poco a poco con todo lo que salió a la superficie durante estas últimas semanas y, después de comprobar que abrirme a los demás no salió como esperaba, estamos trabajando especialmente en dos palabras que parecen haberse instalado en mí desde hace demasiados años, y más aún después de abrirme el otro día: culpa y asco. Culpa por no haber sabido reaccionar cuando tenía quince años. Asco de mí mismo cuando recuerdo ciertas cosas. Sé todo lo que debería responder ante esos pensamientos. Sé que era un niño frente a un adulto, que no fui responsable de lo que ocurrió y que sobrevivir como pude no significa haber sido ...
Pensé que era el final Pensé que la entrada anterior sería la última. Pensé que ya había dicho todo lo que tenía que decir. Que era el momento de guardar silencio y seguir escribiendo solo para mí. Quería creer que ya no necesitaba este rincón, que había llegado el momento de cerrar la puerta y dejar que las palabras se quedaran únicamente conmigo. Pero aquí estoy otra vez. Y, sinceramente, no sé muy bien cómo empezar. Supongo que vuelvo porque ya no sé adónde acudir. Porque escribir sigue siendo la única forma que conozco de ordenar el ruido que llevo dentro. Porque, aunque la última vez me despedí de este blog, hoy siento que necesito volver a lanzar un grito al aire. No sé si alguien lo escuchará. No sé si alguien llegará a leer estas líneas. Solo sé que hoy necesitaba volver. Ayer, por fin, me vi con mi ancla. Llevaba días esperando ese momento. Desde que empecé a hablar en terapia de lo que ocurrió cuando tenía quince años, había sentido la necesidad de poder compartirlo con él. N...