Pensé que era el final Pensé que la entrada anterior sería la última. Pensé que ya había dicho todo lo que tenía que decir. Que era el momento de guardar silencio y seguir escribiendo solo para mí. Quería creer que ya no necesitaba este rincón, que había llegado el momento de cerrar la puerta y dejar que las palabras se quedaran únicamente conmigo. Pero aquí estoy otra vez. Y, sinceramente, no sé muy bien cómo empezar. Supongo que vuelvo porque ya no sé adónde acudir. Porque escribir sigue siendo la única forma que conozco de ordenar el ruido que llevo dentro. Porque, aunque la última vez me despedí de este blog, hoy siento que necesito volver a lanzar un grito al aire. No sé si alguien lo escuchará. No sé si alguien llegará a leer estas líneas. Solo sé que hoy necesitaba volver. Ayer, por fin, me vi con mi ancla. Llevaba días esperando ese momento. Desde que empecé a hablar en terapia de lo que ocurrió cuando tenía quince años, había sentido la necesidad de poder compartirlo con él. N...
Durante mucho tiempo pensé que este blog existía únicamente para ayudarme a sobrevivir. Empezó siendo eso. Un lugar donde dejar por escrito todo aquello que no era capaz de decir en voz alta. Un sitio donde vaciar el miedo, la rabia, la incertidumbre y la tristeza. Siempre me ha resultado mucho más fácil escribir que hablar. Escribiendo siento que puedo ordenar el caos que llevo dentro y entenderme un poco mejor. Con el tiempo descubrí que, al otro lado de la pantalla, había personas leyendo estas palabras. Algunas me escribisteis para contarme vuestra historia. Otras para decirme que una entrada os había ayudado a afrontar un brote, un diagnóstico o simplemente un día especialmente difícil. Nunca imaginé que algo que nació siendo un desahogo tan íntimo pudiera convertirse, aunque solo fuera para unas pocas personas, en un lugar donde sentirse un poco menos solo. Y os puedo asegurar que cada uno de esos mensajes ha merecido la pena. Pero estos últimos meses también me han hecho darme c...