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Volver a perderte

Ayer tuve otro brote. Esta vez no fue el cuerpo. Fue la memoria y quizá es lo que más miedo me da de todo esto. Volví a casa después de pasear al perro. Nada fuera de lo normal: dejar la correa, quitarme las zapatillas, mirar el reloj casi sin pensar. Y entonces lo vi. Era la hora de cambiar el tipo de máquina de oxígeno de mi padre, esa hora que durante tanto tiempo marcó el ritmo de la casa, como si todo girara alrededor de ese pequeño ritual.

Fui directo a hacerlo, pero no encontré la máquina y mi padre tampoco estaba. Me quedé quieto, literalmente quieto, como si el cuerpo se hubiera quedado sin instrucciones. Durante unos segundos, no sé cuántos, todo fue ruido por dentro. Pensé si tendría cita médica, pero era sábado y lo descarté enseguida. Pensé si le habría pasado algo, si habrían tenido que ir a urgencias, si alguien habría venido a buscarlo mientras yo estaba fuera. Pero nada encajaba. No tenía sentido. Si solo había bajado a pasear al perro.

Y entonces apareció el pensamiento que más miedo me da: ¿y si he vuelto a olvidar algo? ¿y si es otra pérdida de memoria? Ese momento es aterrador porque no sabes si lo que falla es la realidad o tú. Y cuando ya te ha pasado antes, el cuerpo reconoce la sensación antes que la cabeza: ese vacío extraño, esa sospecha de que algo importante no está donde debería… o donde tú crees que debería estar.

Hice lo que hago siempre que me ocurre algo así. Abrí Google Fotos, busqué, deslicé el dedo con urgencia, como quien necesita pruebas de que no está perdiendo la cabeza del todo. Y allí lo vi. Lo recordé. Mi padre había fallecido hace un año. No estaba. Ya no estaba. Y tuve que volver a pasar por todo: por la comprensión súbita, por el golpe seco en el pecho, por esa mezcla imposible de sorpresa y dolor, como si la muerte fuera nueva otra vez.

Es muy difícil tener que revivir esto una y otra vez. Muy difícil tener que reencontrarte con una pérdida que ya habías aprendido, mal que bien, a sostener. Muy difícil asumir que tu propio cerebro se empeña en borrar cosas para luego obligarte a recordarlas de golpe, sin aviso, sin anestesia. No es solo olvidar: es recordar de nuevo lo que más duele; es volver a perderlo cada vez.

Mi cerebro ya no funciona como antes y parece no cansarse de este juego cruel: borrar, esconder, obligarme a buscar y después soltar la verdad como una bomba, como si el duelo no fuera suficiente una vez y tuviera que reaprenderlo una y otra vez. Ayer no lloré enseguida. Primero vino el shock y luego el cansancio, ese cansancio profundo que no tiene que ver con el cuerpo sino con el alma, el de pensar cuántas veces más tendré que pasar por esto. No lo sé. Solo sé que ayer, durante unos minutos, mi padre volvió a morir y yo tuve que volver a sobrevivir a eso.

Y eso también es la esclerosis: no solo lo que quita del cuerpo, sino lo que roba de la memoria y lo que te obliga a revivir cuando menos fuerzas tienes. Lo más cruel de todo es que, antes de que pasara esto, me había animado un poco. No mucho, pero lo suficiente como para imaginar una noche normal. Había hablado con mis amigos y estaba pensando en salir de fiesta con ellos: música alta, risas, perder el tiempo sin pensar demasiado, sentirme normal, solo eso. No era un gran plan, pero para mí lo era todo.

Después de tanto cansancio y de tanto encierro mental, la idea de salir, de estar rodeado de gente conocida, de olvidarme por unas horas de mi cabeza y de mi cuerpo me había dado un pequeño empujón. Me hacía ilusión y hacía tiempo que no usaba esa palabra. Pero después de ese episodio todo se vino abajo. Tuve que cancelar, no porque no quisiera ir, sino porque tuve miedo. Miedo a que volviera a ocurrir, a que, en medio de la discoteca, rodeado de luces y ruido, mi cabeza decidiera borrarlo todo otra vez. Miedo a olvidarme de dónde estaba, de con quién estaba, de quiénes eran las personas que tenía delante, miedo a perderme allí, en público, sin poder explicarlo.

Ya me ha pasado otras veces y sé lo que viene después: miradas de preocupación, manos que te sujetan, preguntas que no sabes responder, convertirte sin quererlo en una carga, en alguien al que hay que cuidar cuando lo único que querías era estar. No quería volver a eso. No quería que mis amigos tuvieran que dejar de divertirse para ocuparse de mí; no quería ser el motivo por el que la noche se acabara antes de tiempo; no quería ser el problema. Así que me quedé en casa, con el silencio, con el recuerdo reciente de mi padre muriendo otra vez en mi cabeza y con la sensación de que incluso cuando me acerco un poco a la normalidad, algo me empuja de vuelta a este sitio.

Ayer no solo perdí a mi padre otra vez; también perdí una noche que me había permitido imaginar y, con ella, esa ilusión pequeña pero importante de poder vivir como los demás, aunque solo fuera durante unas horas. Y eso también duele, porque no es solo lo que la enfermedad quita de golpe, sino todo lo que te obliga a cancelar antes de empezar.

En medio de todo esto, he tomado otra decisión. Esta semana voy a terminar con el chico que estaba conociendo. No porque no me importe, precisamente, por el contrario. No es justo meter a alguien en todo esto; no es justo pedirle a otra persona que conviva con mis olvidos, mis miedos, mis cancelaciones de última hora, mis silencios, y menos aún cuando sé que le quiero y que podría hacerle daño sin pretenderlo.

Me he dado cuenta de que ya no estoy hecho para tener relaciones, no ahora, no así, no con esta cabeza siempre en guardia y este cuerpo que marca límites constantes. No tengo tiempo, no tengo margen y no quiero que él lo pase mal por algo que no ha elegido. Ya me equivoqué una vez poniendo demasiado peso sobre los hombros de mi mejor amigo, el peso de aguantar lo que conlleva esta enfermedad, de estar siempre atento, de sostener cuando yo ya no podía. Y aunque el cariño estaba ahí, ese peso acababa quemando, desgastando y alejando.

No quiero repetir ese patrón ni volver a convertir el amor en una carga. El camino que me queda he decidido vivirlo de otra manera: poniendo sonrisas cuando pueda, haciendo que la gente que me rodea se sienta bien a mi lado, no dando motivos de preocupación y no obligando a nadie a sostener lo que a veces ni yo mismo puedo sostener. No es resignación, es cansancio. Solo quiero que pase rápido y que esté tranquilo mientras pasa.

A veces no hacen falta muchas palabras para cerrar algo así. Hay una canción que me acompaña ahora, Fourth of July, y no porque me consuele, sino porque no intenta hacerlo. Habla desde el cansancio, desde aceptar que hay cosas que no se pueden arreglar ni entender del todo, solo sostener en silencio. Su mensaje no es rendirse ni seguir luchando con más fuerza; es reconocer que el peso existe y que decir “estoy cansado” también es una forma de verdad. Quizá por eso encaja tanto con este momento: porque no promete nada, no exige nada y me permite quedarme aquí, quieto, respirando, mientras todo pasa un poco más despacio.



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