Ayer tuve otro episodio. Salí a pasear, como tantas otras veces, sin pensar demasiado. Intento mantener esas pequeñas rutinas, aunque cada vez me cueste más. Y en un momento dado, sin darme cuenta de cómo, me encontré en un sitio conocido. La plaza de toros de Madrid. La reconocí al instante. Sabía dónde estaba. Pero no sabía cómo había llegado allí. Ese es el problema. No es no reconocer las cosas. Es reconocerlas y no saber qué haces allí. Es como si alguien hubiera cortado una parte del camino y te dejara directamente en el destino, sin contexto, sin recorrido, sin explicación. Me quedé unos minutos parado, intentando reconstruir algo en mi cabeza. Pensando hacia atrás. Buscando una secuencia lógica que no aparecía. Y en esos momentos es cuando empieza el miedo. Porque no sabes cuánto falta. Ni cuánto has perdido. Ni si va a volver. Al final hice lo que ya tengo aprendido. Saqué el móvil y abrí las notas que tengo preparadas para estos momentos. Ahí tengo l...