Ir al contenido principal

Un sitio conocido

 Ayer tuve otro episodio.

Salí a pasear, como tantas otras veces, sin pensar demasiado. Intento mantener esas pequeñas rutinas, aunque cada vez me cueste más. Y en un momento dado, sin darme cuenta de cómo, me encontré en un sitio conocido.

La plaza de toros de Madrid.

La reconocí al instante. Sabía dónde estaba. Pero no sabía cómo había llegado allí.

Ese es el problema.

No es no reconocer las cosas. Es reconocerlas y no saber qué haces allí. Es como si alguien hubiera cortado una parte del camino y te dejara directamente en el destino, sin contexto, sin recorrido, sin explicación.

Me quedé unos minutos parado, intentando reconstruir algo en mi cabeza. Pensando hacia atrás. Buscando una secuencia lógica que no aparecía. Y en esos momentos es cuando empieza el miedo.

Porque no sabes cuánto falta.

Ni cuánto has perdido.

Ni si va a volver.

Al final hice lo que ya tengo aprendido. Saqué el móvil y abrí las notas que tengo preparadas para estos momentos. Ahí tengo lo básico. Mi dirección. Algunas referencias. Cosas que me ayudan a orientarme cuando todo falla.

Cogí un taxi.

Y volví a casa.

Pensé que ahí todo volvería a encajar.

Pero no.

Al llegar, me encontré con una casa que era la mía, pero con una escena que no esperaba. No estaban las personas que yo tenía en mente. Había otros familiares. Caras conocidas, pero fuera de lugar.

Y entonces vino otra vez.

Ese momento.

Ese golpe.

Había olvidado que mi madre está de viaje.

Y había olvidado que mi padre falleció hace un año.

Otra vez.

No sé cuántas veces llevo ya. He perdido la cuenta. Literalmente.

Escribí a mi mejor amigo. Él ya sabe cómo funcionan estas cosas. No hizo preguntas raras, no se sorprendió. Simplemente me lo recordó una vez más, con esa calma que tiene cuando sabe que no hay otra forma de hacerlo.

Y yo volví a enterarme.

Volví a revivirlo.

Volví a sentir ese vacío que no se acostumbra nunca.

Es difícil explicar lo que es tener que recordar una muerte una y otra vez como si fuera la primera. No es un recuerdo que se asienta. Es una herida que se abre constantemente, sin cicatrizar nunca del todo.

A veces pienso que quizá mi cerebro intenta protegerme. Que borra ese recuerdo porque sigue siendo demasiado pesado. Pero si esa es la protección, es una protección cruel.

Porque no lo evita.

Solo lo repite.

Y cada vez cuesta un poco más.

Estoy cansado.

Cansado de tener que reconstruirme cada vez que algo se borra. Cansado de no poder confiar en mi propia cabeza. Cansado de no saber qué parte de mi vida sigue intacta y cuál ha desaparecido sin que me dé cuenta.

Hoy he salido a comer con unos amigos.

Y no ha sido mejor.

He estado todo el rato con la sensación de no encajar. De estar ahí, pero un paso por detrás. Las conversaciones avanzaban y yo intentaba seguirlas, pero había cosas que no entendía del todo. Referencias que supuestamente debería conocer. Momentos compartidos que no sé si he olvidado o si simplemente ya no forman parte de mí.

Y eso genera una sensación muy rara.

Como si el mundo siguiera girando a la misma velocidad, pero tú te hubieras quedado ligeramente descolgado. Como si fueras parte de algo, pero cada vez menos.

No sé si he olvidado cosas o si ya no hay la misma confianza para contármelas.

Y no sé cuál de las dos opciones pesa más.

Esto es un agobio constante.

No es un momento puntual. No es un mal día. Es una sensación que se va quedando. Que se repite. Que se acumula.

Y desgasta.

Mucho.

A veces siento que me estoy apagando poco a poco antes de tiempo. No de golpe. No de forma dramática. Sino así, en pequeñas pérdidas. En pequeños fallos. En pequeños momentos que, sumados, van cambiando todo.

Y lo peor es que soy consciente de ello.

Sigo siendo lo suficientemente consciente como para ver cómo pasa.

Y eso lo hace más difícil todavía.

No sé cuánto tiempo podré seguir sosteniendo esto. No sé cuánto de mí va a quedar dentro de unos meses. Pero sí sé que, mientras pueda, quiero quedarme con lo que todavía tengo.

Con los recuerdos que aún están.

Con la gente que sigue.

Con la versión de mí que todavía reconoce lo que ha vivido.

Porque hubo un momento en el que todo esto tenía sentido.

Y quiero creer que, aunque sea por un tiempo más, todavía queda algo de eso.

Esto es un agobio constante y me está matando poco a poco antes de tiempo. Creo que hoy he terminado de tomar esa decisión que ya casi tenía tomada. He luchado todo lo que he podido y voy a seguir hasta el día que consiga ese logro que me queda, pero ese mismo día voy a descansar por fin. Ojalá pueda quedarme hasta entonces con los buenos recuerdos que aún me quedan, con esa persona que un día fui y esos amigos que he considerado familia hasta ahora y que ya no sé si seguirán conmigo hasta el final.



Comentarios

Entradas populares de este blog

La fuerza del destino

Han transcurrido cinco meses desde la última vez que vertí mis pensamientos en este rincón digital, y hoy retorno a él impulsado por dos motivos fundamentales. El primero nace de la recomendación de mi psicólogo, con quien he estado trabajando diligentemente para comprenderme mejor y enfrentar los desafíos que la vida ha arrojado a mi camino. Pero no es únicamente esta sugerencia profesional la que me trae de vuelta a estas líneas. Siento una necesidad profunda de desahogarme aquí, aunque sea solo por esta vez, sin prometer continuidad. Este escrito servirá, al menos, para aligerar algunos de los pesares que me han estado abrumando últimamente. Para dar algo de contexto, he atravesado una depresión que casi me consume por completo. Aunque he recorrido un largo camino hacia la mejoría, la oscuridad aún no ha abandonado del todo mi horizonte. A esto se suma la angustia por la grave situación de salud de mi padre, una realidad que me ha forzado a replantear muchas cosas en mi vida, temas ...

Lo que aún soy capaz de decir

Hoy me ha pasado algo que todavía estoy procesando, algo que hace unos meses me habría dejado temblando. He coincidido en el metro con el chico con el que estuve quedando hace un tiempo, ese mismo que un día me dijo, sin que le temblara la voz, que con mi esclerosis nadie querría nada conmigo más que encuentros puntuales, que nadie “hipotecaría su vida” por alguien destinado, según él, a terminar postrado en una silla. Aquel comentario me atravesó y me hundió; me hizo sentir pequeño, insignificante, una carga incluso antes de serlo. Durante mucho tiempo creí que llevaba razón, que quizá yo no era más que una vida en pausa que nadie querría compartir. Hoy, en ese vagón lleno donde casi no cabía un alma más, me lo he encontrado. Ni siquiera me saludó: simplemente empezó a rozarse contra mí, como si nada hubiera pasado, como si tuviera algún derecho sobre mí. Le pedí que parara, pero siguió, así que me bajé en la siguiente estación solo para quitármelo de encima. En el andén vino detrás y...

Caer y seguir respirando

  Hoy necesitaba escribir aquí, aunque ya hace tiempo que no lo hago. Quizás porque sentí que ya no podía hablar con sinceridad en estas páginas digitales, pero creo que ha pasado el suficiente tiempo para volver a ser un lugar más invisible donde poder abrirme y desahogarme un poco. No sé ni por qué escribo esto. O mejor dicho: sí lo sé, pero me cuesta admitirlo. Escribo porque no tengo otro lugar donde dejar todo esto que me está aplastando. Porque si no lo escribo, se me enquista adentro. Y ya tengo suficientes cosas pudriéndose en el pecho. Hace unos días volví a intentarlo. Sí. Una vez más. Y sí, sigo aquí. No lo cuento para que nadie me tenga lástima. No lo cuento para llamar la atención. Lo cuento porque me estoy cayendo, hondo, lento, sin freno, y necesito decirlo en algún lado, aunque sea en este rincón casi invisible que es mi blog. Me siento como un cuerpo que sobrevive por pura inercia. Me levanto cada día sin ilusión. No porque haya una meta, o un motivo, o un sueño al...