La semana pasada fue mi cumpleaños. Y, por primera vez en bastante tiempo, me apetecía que fuera algo un poco distinto. No una gran celebración ni nada especialmente exagerado, pero sí algo que sintiera especial, una forma bonita de guardar ese día y despedirme bien de él. Al final no fui capaz. Me faltaron fuerzas para organizar nada de verdad y también sentí ausencias que me pesaron más de lo que esperaba. Aun así, tampoco sería justo decir que fue diferente a otros años, porque nunca he sido una persona de grandes celebraciones y mucho menos en estos últimos tiempos. Con los años, mi cumpleaños se ha ido convirtiendo más en un día de reflexión que en una fiesta, una fecha que pasa casi en silencio y que utilizo más para mirar atrás y pensar en cómo he llegado hasta aquí que para celebrar realmente nada ni esperar regalos sentidos. Esa noche, vi una película que se me ha quedado dando vueltas en la cabeza desde entonces. Se llama "El primer día de mi vida", una película i...