La semana pasada fue mi cumpleaños. Y, por primera vez en bastante tiempo, me apetecía que fuera algo un poco distinto. No una gran celebración ni nada especialmente exagerado, pero sí algo que sintiera especial, una forma bonita de guardar ese día y despedirme bien de él. Al final no fui capaz. Me faltaron fuerzas para organizar nada de verdad y también sentí ausencias que me pesaron más de lo que esperaba. Aun así, tampoco sería justo decir que fue diferente a otros años, porque nunca he sido una persona de grandes celebraciones y mucho menos en estos últimos tiempos. Con los años, mi cumpleaños se ha ido convirtiendo más en un día de reflexión que en una fiesta, una fecha que pasa casi en silencio y que utilizo más para mirar atrás y pensar en cómo he llegado hasta aquí que para celebrar realmente nada ni esperar regalos sentidos.
Esa noche, vi una película que se me ha quedado dando vueltas en la cabeza desde entonces. Se llama "El primer día de mi vida", una película italiana de 2023 que encontré casi por casualidad y que terminé viendo sin esperar demasiado. Pero hay veces en que una historia llega en el momento exacto, cuando algo dentro de ti ya está preparado para escucharla. La película trata de cuatro personas que han decidido poner fin a todo. Personas completamente distintas entre sí, con vidas diferentes, heridas diferentes y motivos diferentes para haber llegado hasta ese punto. Y entonces aparece un hombre extraño, una especie de ángel o guía, que les ofrece una oportunidad imposible: siete días en un mundo en el que ellos ya no están. Siete días para observar qué ocurre después, para ver cómo sigue la vida sin ellos, para descubrir si realmente dejarían algo atrás o si el mundo simplemente continuaría igual. Y hubo una frase que se me quedó clavada desde el momento en que la escuché: “Ver la vida sin nosotros es doloroso siempre, no porque sea buena o mala, sino porque sigue adelante de un modo u otro”. No he dejado de pensar en eso desde entonces. Porque creo que una parte de todos nosotros quiere creer que el mundo se detendría un poco si desapareciéramos. Que habría un vacío imposible de llenar. Que algo dejaría de funcionar exactamente igual. Y supongo que, en cierta forma, sí sucede. Pero también es verdad que todo continúa. La gente sigue despertándose, trabajando, quedando, riéndose, teniendo nuevos problemas, enamorándose, discutiendo, haciendo planes. La vida sigue. Y quizás eso es lo más duro de aceptar: no que las cosas vayan mal sin nosotros, sino que sigan adelante. He pensado mucho en cómo sería vivir esos siete días: ver mi vida desde fuera, ver quién me echaría de menos de verdad, quién pensaría en mí cuando ya no estuviera, cuánto duraría esa ausencia antes de que todo volviera a su sitio. Y aunque sea doloroso reconocerlo, creo que el mundo ya está preparado para eso. No lo digo desde el rencor ni desde la tristeza absoluta. Lo digo desde una especie de calma extraña que llevo sintiendo desde hace un tiempo. Porque últimamente tengo la sensación de que todo el mundo ha seguido avanzando mientras yo me he quedado quieto en algún punto del camino. Las personas que quiero tienen sus vidas, sus rutinas, sus problemas, sus ilusiones. Y yo, cada vez, me siento más fuera de todo eso, como alguien que observa desde un poco más atrás. Quizá por eso la película me removió tanto: no habla realmente de la muerte, sino de la ausencia. De cómo encajamos o dejamos de encajar en la vida de los demás. Y, aun así, hay algo bonito en esos siete días que les regalan. Porque no son siete días para sufrir más, sino para mirar las cosas de otra manera, detenerse, entender y despedirse de ciertas partes de uno mismo. Y creo que esta semana quiero vivirla así: como si fueran siete días regalados, no desde la tragedia, ni desde la pena constante, sino desde la idea de intentar quedarme con los momentos que todavía merecen la pena. Ya sea solo o con quien quiera compartirlos conmigo, sin pensar demasiado en lo que viene después. Simplemente, estar. La semana pasada me reencontré con mi hermana y pasé mucho tiempo con ella. Hacía falta y creo que ambos lo necesitábamos más de lo que sabíamos. Me he quedado tranquilo después de verla marcharse otra vez al país donde tiene su vida, porque, de alguna manera, sentí que pude despedirme bien. No como un adiós definitivo dicho en voz alta, sino como esa sensación de haber dejado las cosas en paz entre nosotros. Y eso me dio calma.
Quizá por eso no
dejo de pensar en esos siete días que les regalan en la película, esos siete
días que quedan hasta mi día más importante. Porque, de alguna forma, siento
que todos necesitamos, alguna vez, un pequeño margen para ordenar lo que
llevamos dentro, para mirar alrededor con calma y decidir qué queremos hacer
con el tiempo que nos queda, sea mucho o poco. Y creo que quiero vivir estos
días así. Cerrando ciclos poco a poco, volviendo a ciertos lugares emocionales
que todavía están abiertos y pasando tiempo con la gente que quiero y que
quiera compartirlo conmigo. Sin forzar nada, sin exigir nada a nadie, sin
intentar recuperar artificialmente cosas que quizá ya cambiaron. Solo estar, de
la forma más sencilla posible, disfrutando de esos pequeños momentos que aún
consiguen hacerme sentir en paz, aunque sea por un rato.
Últimamente,
siento que estoy haciendo eso constantemente: atando cabos, volviendo a ciertos
lugares emocionales antes de cerrarlos, hablando con personas con las que
necesitaba hablar, escribiendo cosas que llevaba demasiado tiempo guardadas.
Como si, poco a poco, intentara dejar todo en orden dentro de mí. Quizá por eso
este blog se ha vuelto aún más importante ahora, porque aquí puedo mirar todo
esto de frente sin necesidad de disfrazarlo demasiado. Aquí puedo reconocer el
miedo, el cansancio, la nostalgia y también esos pequeños momentos de paz que
aparecen de vez en cuando. No sé si la película tiene razón, no sé si realmente
el mundo está siempre preparado para seguir adelante sin nosotros, pero sí sé
que hay algo profundamente humano en querer dejar algo atrás, aunque sea solo
un recuerdo, unas palabras escritas en internet o una conversación que alguien
recuerde de vez en cuando. Y quizá este blog siempre ha sido eso:
Mi forma de no
desaparecer del todo.
Comentarios
Publicar un comentario