Hay momentos en los que uno se da cuenta de que lleva demasiado tiempo sintiéndose fuera de lugar. Como si el mundo hubiera seguido girando en una dirección distinta y yo me hubiera quedado quieto, mirando cómo todo se reorganiza sin mí. No es algo que pase de repente; es una sensación que se instala poco a poco, casi sin darte cuenta, hasta que un día ya forma parte de ti.
La esclerosis le dio la vuelta a todo: a mi cuerpo, a mis planes, a la forma en que me relaciono con los demás y conmigo misma. Y aunque hay días en que consigo olvidarla durante unas
horas, los brotes siempre vuelven a recordarme que sigue ahí. Que no se ha ido.
Que sigue marcando el ritmo, incluso cuando intento fingir que no pasa nada.
Vivo cada día como uno más. Me
levanto, hago lo que toca, cumplo. Pero muchas veces lo hago sin ganas de
vivirlo, sin expectativas reales de futuro. Como si estuviera atravesando los
días en modo automático, sin ilusión, sin horizonte. No es tristeza constante,
es algo más apagado: una especie de cansancio de fondo que no se va nunca.
En medio de todo eso apareció él.
Había empezado una relación sin
grandes promesas. Sin planes a largo plazo, sin palabras solemnes. Solo dos
personas acercándose con cuidado, como quien entra descalzo en una habitación
oscura. Yo venía cansado, desconfiado, con el corazón lleno de grietas. Él
también. Y aun así, algo empezó a construirse.
No era una historia perfecta,
pero era real. Había mensajes que hacían sonreír sin darse cuenta, ganas de
verse sin obligación, una calma extraña que no sentía desde hacía años. Y,
sobre todo, una sensación que creía perdida: la de importar.
Con él me sentí parte de algo. No
un añadido, no alguien que sobra o que encaja a medias, sino alguien dentro.
Dentro de una historia, dentro del interés de otra persona, dentro de un
espacio compartido. Después de tanto tiempo sintiéndome fuera de lugar en el
mundo, en mi propio cuerpo, incluso a veces entre la gente que quiero, eso fue
inmenso.
Por eso duele tanto cuando algo
así empieza a romperse: no se pierde solo a una persona, sino todo lo
que había vuelto a despertar dentro de uno.
Hay rupturas que hacen ruido.
Explosiones, discusiones, palabras duras que se lanzan como piedras.
Y luego están estas otras, las
que no gritan, las que se rompen en silencio, casi con cuidado. Las que duelen
igual o más porque nadie ha hecho nada “mal”.
Esta semana me dijo que se estaba
empezando a enamorar de mí.
Y, a la vez, no podía seguir.
Me dijo que salió muy dañado de
su relación anterior, que no se ve preparado para abrirse del todo con alguien
otra vez. Que no quiere meterse de lleno en otra relación. Que cree que soy
demasiado bueno para él. Que no quiere hacerme daño.
Son frases que, dichas así,
suenan incluso bonitas. Frases que no buscan herir, que intentan proteger. Pero
cuando llegan, no protegen a nadie. Se clavan despacio, como algo que entiendes
con la cabeza pero que el cuerpo no sabe cómo encajar.
Y yo me quedé ahí, escuchando,
sintiendo cómo algo se desmoronaba por dentro mientras asentía, porque entendía
cada una de sus razones. Porque no había reproches posibles. Porque nadie
estaba fallando.
Pero entender no duele menos.
Me ha dejado destrozado. No por
lo que es, sino por lo que estaba empezando a ser. Porque con él me sentía
bien. De verdad bien. Me había hecho sentir importante para alguien, algo que
no sentía desde hacía años. No solo en lo sentimental, sino en cualquier aspecto
de mi vida.
Y eso es lo que más duele perder.
No a la persona en sí, sino la versión de mí que aparecía cuando estaba con él.
Una versión menos rota, menos cansada, menos sola. Durante un tiempo dejé de
sentirme invisible.
Había vuelto a mirarme con otros
ojos. A pensar que quizá todavía merecía ser elegido. Que quizá no estaba tan
roto como creía.
Y ahora todo eso se tambalea.
Hay algo que no le he contado. No
por falta de honestidad, sino por miedo. El miedo de siempre. No le he hablado
de la esclerosis. No me he visto con fuerzas. He vivido otros rechazos, otras
miradas que se apagan cuando digo esa palabra. Y sé que está mal callarlo, lo
sé. Pero también sé lo frágil que soy cuando alguien empieza a importarme.
Ahora pienso que ya da igual. Que
contárselo solo le echaría más atrás todavía. Que añadiría otra capa de peso a
algo que ya le resulta demasiado. Y esa idea me duele porque significa que una
parte enorme de mí sigue siendo algo que esconder.
Lo peor es que él me había
devuelto las ganas de vivir que había perdido. Sin prometer nada. Sin grandes
gestos. Solo estando. Haciéndome sentir visto. Y ahora siento que vuelvo a asomarme a ese pozo oscuro del que no sé si voy a salir o si ya quiero.
No le culpo. De verdad que no. Pero
me duele pensar que, una vez más, algo bonito se rompe antes de poder ser. Que
otra puerta se cierra justo cuando empieza a entrar luz.
Hoy estoy triste. Y no necesito
fiestas, ni ruido, ni gente alrededor. Ni siquiera hablar demasiado ni darle
vueltas una y otra vez. No tengo energía para eso. Creo que solo necesito un
abrazo. Uno de esos que no preguntan nada. Un abrazo largo, silencioso.
Y quizá también una despedida. No
una dramática, no una definitiva. Una despedida suave. Un “puedes descansar,
está todo bien”. Porque siento que llevo demasiado tiempo luchando contra lo
imposible. Contra un cuerpo que no responde, contra una vida que no encaja,
contra la sensación constante de estar sobreviviendo en lugar de viviendo.
Creo que estoy desgastado. Muy
desgastado. No es que no haya luchado. Es que llevo años haciéndolo. Y ahora
mismo… no puedo más.
No sé qué pasará mañana. Hoy solo
sé que duele.
Hoy, además, ha pasado algo que
no esperaba. En el trabajo he tenido una reunión. Una más. De esas que se
suceden unas a otras y que suelo atravesar con la cabeza en otro sitio. Al
terminar, me he tomado un café con una compañera con la que solo coincido en
ese tipo de reuniones. No somos amigos. Apenas compartimos más que
conversaciones cordiales y algún comentario suelto.
Y, sin embargo, ha sido ahí, con
ella, donde me he roto.
No he podido aguantar más.
Llevaba dos días sosteniéndolo todo como podía, sin ver a ningún amigo,
acumulando palabras que no salían. Y en mitad de ese café, sin buscarlo, sin
planearlo, he empezado a hablar de este chico. Y se me ha quebrado la voz. Y luego
han venido las lágrimas.
No me esperaba llorar delante de
ella. Ni siquiera sabía que lo necesitaba tanto. Pero cuando el cuerpo dice
basta, ya no hay filtros. Le he contado lo justo, entre pausas y respiraciones
rotas. Y ella se ha portado increíblemente bien conmigo. No ha intentado
arreglar nada ni minimizarlo ni decir frases vacías. Se ha quedado. Ha
escuchado. Me ha consolado.
Ha sido extraño y bonito a la
vez. Extraño porque no es alguien cercano en mi vida. Bonito porque, justo por
eso, no lo esperaba.
A veces las personas que crees
más lejos aparecen por sorpresa antes que el resto.
Pero incluso eso, hoy, no
consigue aliviar nada. Porque el consuelo dura lo que dura el momento, y
después vuelvo a casa con el mismo peso encima. La tristeza sigue ahí. El
cansancio sigue ahí. La sensación de estar roto por dentro no se va porque
alguien te abrace un rato.
Ese café no ha arreglado nada. No
ha cambiado el hecho de que me siento vacío, sin fuerzas, profundamente solo.
Me ha permitido soltar durante unos minutos lo que llevaba acumulando, pero al
final del día sigo siendo yo, con este cuerpo, con esta cabeza, con esta vida
que cada vez me cuesta más sostener.
Y ahora, cuando todo vuelve a
quedarse en silencio, me doy cuenta de que ya no tengo energía ni siquiera para
buscar consuelo. No quiero explicaciones, ni ánimos, ni promesas de que todo
pasará. Solo siento un agotamiento profundo, como si llevara demasiado tiempo
pidiendo a la vida algo que nunca termina de llegar.
Hoy no me siento acompañado. Hoy
no me siento esperanzado. Hoy me siento cansado de existir así.
Y eso es todo.
Quiero terminar pidiendo perdón. Perdón
por no haber sabido contarte lo de la esclerosis. Perdón por haber tenido
miedo. Por haber callado algo tan grande por puro terror a perderte antes de
tiempo. Perdón si no pude ser suficiente para ti. Si mi forma de estar, de
sentir, de vivir se quedó corta. Creo que, en el fondo, estoy roto. Y empiezo
a pensar que nunca voy a poder hacer feliz a nadie.
Me duele haber sido una herida
más en tu camino cuando yo solo quería ser un lugar seguro. Me duele no haber
tenido fuerzas para ser transparente, valiente, completo. Ahora mismo ,solo me
apetece cerrar los ojos y terminar. Volver a aquella publicación en los inicios
de este blog donde decía que tenía que hablar de algo… A aquel día. A aquella
decisión que tomé entonces.
Quizá todo esto no sea más que el
mismo punto al que siempre regreso.
Quizá todo se resume en eso: en querer y no alcanzar; en amar de verdad y, aun así, no ser suficiente.
La canción que acompaña a este
post llevo días escuchándola. No porque me haga sentir mejor, sino porque dice
exactamente lo que yo no sé ordenar. Habla de alguien que ama con todo lo que
tiene, pero llega tarde, o corto, o roto. De alguien que lo intenta de verdad y
aun así pierde. No hay reproches ni rabia. Solo dos personas que se quieren,
pero que no pueden quedarse. Miradas que dicen “ojalá fuera distinto” y
cuerpos que entienden antes que la cabeza que hay cosas que no se pueden
sostener. A veces el amor no se acaba: simplemente no puede continuar.
Eso es lo que siento ahora. Que
lo quise. Que lo sentí. Que fue real. Pero no bastó. Y quizá ese sea el
aprendizaje más cruel de todos: que a veces no pierdes por falta de amor, sino
por no poder ser quien el otro necesita, aunque te dejes la piel intentándolo.
Hoy me quedo con esa sensación.
Con esa canción sonando bajito. Con la certeza de que no todo lo que se rompe
está mal construido. Algunas cosas se rompen porque la vida pesa demasiado.
Si habéis llegado leyendo hasta
aquí, habréis notado que este post ha sido más largo de lo habitual. Porque
aquí, en este espacio, es donde encuentro el rincón en el que puedo abrirme sin
filtros y decir en voz alta lo más oscuro que siento. Aquí no tengo que ser
fuerte ni medir las palabras. Aquí puedo dejar constancia de lo que duele, de
lo que pesa, de lo que a veces no sé cómo sostener. Como hizo esa chica en
aquella serie de hace unos años con unas cintas de casete. Aunque todo se mueva
a mi alrededor, aunque el mundo siga avanzando sin esperarme, siempre quedará
este refugio y este lugar, junto con el recuerdo que deje escrito en él.
Comentarios
Publicar un comentario