Hoy he vuelto a consulta.
Hacía meses que no iba. Demasiados. Y no ha sido una vuelta para retomar nada, ni para seguir trabajando, ni para intentar encontrar respuestas nuevas. He ido porque sentía que tenía que hacerlo. Porque después de estos dos últimos años, no podía irme sin despedirme bien. Porque hay despedidas que uno necesita hacer en voz alta, mirándose a los ojos con la persona que ha estado ahí cuando uno más se ha desordenado por dentro.
Entrar hoy en la consulta ha sido extraño. Todo me resultaba familiar y ajeno al mismo tiempo. El mismo espacio, la misma silla, el mismo silencio inicial que siempre costaba romper… pero yo ya no era el mismo. Ni el que empezó ni el que venía hace unos meses. Me he sentado y, por un momento, he sentido todo el peso de lo que ha pasado en este tiempo, como si cada sesión anterior estuviera ahí, acumulada en ese mismo lugar.
Hace tiempo que dejé de acudir. No por rechazo, ni por cansancio, ni porque no me estuviera sirviendo. Todo lo contrario. Dejé de venir porque ya tengo mi decisión tomada del todo y creo que ya no necesito más tu ayuda. O quizá sí la necesitaría, pero ya no en el sentido en que venía antes. Ya no vengo a buscar una salida, ni una forma de sostener esto, ni una manera de seguir empujando.
Por eso hoy no venía a buscar nada.
Venía a cerrar.
Y cerrar algo así no es sencillo. Porque no se cierra solo un proceso terapéutico. Se cierra un espacio en el que, durante mucho tiempo, fui más yo que en ningún otro lugar.
Creo que eres una de las pocas personas que siguen este blog. Y probablemente leas estas palabras antes de que me marche. Y si hay alguien que puede entender lo que hay detrás de todas estas cartas, eres tú. No porque te lo haya contado todo de forma ordenada, sino porque has estado ahí mientras lo intentaba.
En estos últimos tiempos has sido la persona que más me ha conocido.
Y no es una frase hecha ni una forma de adornar esta despedida. Es una realidad que a veces incluso me cuesta asumir. Porque hay cosas de mí que solo han existido en esa consulta, en ese espacio compartido contigo, y en ningún otro lugar.
Esa distancia que siempre ha existido entre nosotros, esa que proviene de no formar parte de mi vida real, ha sido precisamente lo que me ha permitido abrirme del todo. No había expectativas, no había un papel que cumplir, no había una versión que sostener. Podía sentarme y decir lo que realmente pensaba, aunque fuera contradictorio, aunque fuera oscuro, aunque ni siquiera tuviera sentido del todo.
Contigo no tenía que sostener ninguna versión de mí mismo.
Podía ser completamente honesto.
Y eso, aunque al principio daba vértigo, con el tiempo se convirtió en un lugar seguro. Uno de los pocos.
Quizá, cuando todo termine, seas la persona que mejor me haya conocido de verdad. Más aún en una etapa en la que todo en mi vida se ha ido alejando poco a poco de mi yo real, en la que cada vez me cuesta más sentir que encajo en los sitios donde estoy, en la que a veces siento que simplemente estoy ocupando espacios sin pertenecer realmente a ellos.
Antes de empezar contigo, tuve otra experiencia con un psicólogo que me hizo dudar mucho de todo esto. Me hizo replantearme si vuestra ayuda profesional servía realmente para algo, si esto era un proceso real o si era simplemente una conversación que no llevaba a ninguna parte. Salí de allí con más dudas que respuestas, con la sensación de que no había sido visto ni entendido.
Y eso, en un momento así, pesa mucho.
Pero contigo ha sido distinto.
A medida que han pasado las sesiones, he ido confiando más. He ido entendiendo que no se trata de soluciones rápidas, ni de frases hechas, ni de arreglar lo que no tiene arreglo. Se trata de acompañar, de entender, de poner palabras donde antes solo había ruido. De sostener lo que duele sin necesidad de maquillarlo.
Y ahora sé que lo anterior no era la norma.
Que simplemente tuve mala suerte.
Sé que hay muchas cosas que te he contado que morirán conmigo. Cosas que no saldrán de esa consulta, no porque no puedan, sino porque no deben. Y sé que eres un firme defensor de ese secreto profesional. Pero, aun así, me da paz saber que al menos fui capaz de contárselas a alguien.
Que no todo se quedó dentro.
Que no todo se perdió en silencio.
Porque hay silencios que terminan pesando más que cualquier palabra.
Sólo tengo palabras de agradecimiento hacia ti.
Porque aunque sé que esto es tu trabajo, también sé que te has implicado mucho más allá de lo estrictamente necesario. Has estado presente, has escuchado de verdad, has intentado entender incluso cuando ni yo mismo sabía explicarme. Has estado en momentos en los que ni yo sabía cómo sostenerme y, aun así, encontrabas la forma de no soltar.
Y has hecho todo lo posible por devolverme las ganas de vivir.
Incluso cuando todo a mi alrededor parecía ir en sentido contrario.
Incluso cuando yo mismo no lo ponía fácil.
Incluso cuando, en el fondo, ya había partes de mí que empezaban a rendirse.
No te tomes esto como un fracaso profesional.
De verdad.
Creo que era un caso imposible. Y aun así lo has intentado con todo. Te lo he puesto difícil, muy difícil. He llegado con una mochila demasiado cargada, con decisiones que ya estaban empezando a formarse antes de que pudiéramos desmontarlas. A veces sabía que no iba a cambiar nada, y aun así tú seguías ahí, intentando encontrar una grieta por la que pudiera entrar algo de luz.
Pero quiero que sepas que, aunque esto acabe así, nadie tiene la culpa.
No la tienes tú.
No la tiene nadie.
Son simplemente las cartas que me han tocado.
Y hay batallas que no se pierden por falta de esfuerzo, sino porque vienen escritas de otra manera desde el principio.
Y dentro de esas cartas, encontrarte a ti ha sido, sin duda, una de las mejores.
Porque me ayudaste a entenderme, incluso cuando ya era demasiado tarde para cambiar el rumbo. Porque me diste un espacio donde ser yo, sin miedo, sin máscaras. Porque durante un tiempo sentí que alguien realmente veía todo lo que había detrás, incluso lo que intentaba esconder.
Y eso no se olvida.
No sé si volvería a tomar las mismas decisiones. No sé si en otro momento de mi vida este camino habría sido distinto. Pero sí sé que, entre todo lo que ha sido difícil, encontrar a alguien que te escuche de verdad, sin juicio, sin prisa, sin necesidad de arreglarte… es algo que marca.
Hoy no he venido a pedirte que me ayudes a seguir.
He venido a darte las gracias por estar ahí mientras lo intentaba.
Y eso, aunque no cambie el final, cambia por completo el camino.
Y hay algo más que me gustaría pedirte, aunque ya no esté para decirlo en persona. Si algún día las personas que se queden aquí, los que han formado parte de mi vida o los que lean estas palabras, no entienden mi decisión o no saben cómo sostener lo que esto deja, me gustaría que pudieran acudir a alguien como tú. Que encuentren en tu ayuda, o en la de alguien que entienda como tú entiendes, una forma de poner orden en todo esto. Porque sé que tú serías capaz de ayudarles a comprender, no desde el juicio, sino desde la empatía, desde ese lugar donde las cosas no son blancas ni negras, sino humanas. Me da cierta paz pensar que, aunque yo no esté para explicarme, alguien podría ayudarles a entender.
Y mientras salía hoy de consulta y pasaba un rato escribiendo ahora sentado en la iglesia, no he podido quitarme de la cabeza Antes de morirme. Me la pusiste como ejemplo, como una forma de pensar en todo aquello que uno querría hacer, sentir o decir antes de tomar una decisión así. Y me hizo pensar mucho. En lo que queda pendiente, en lo que no ha dado tiempo, en lo que quizá nunca llegará. Pero también en lo que sí ha sido. Porque aunque la canción habla de todo lo que uno quiere antes de irse, yo siento que en este camino ya he vivido cosas que no todo el mundo llega a sentir: he querido de verdad, me han querido, he tenido personas que han sido hogar incluso en medio del caos. Quizá no ha sido la vida que imaginaba, pero ha sido la mía. Y si algo me llevo de todo esto es que, incluso en medio de todo, hubo momentos que valieron la pena.
Comentarios
Publicar un comentario