Ir al contenido principal

Carta I: A mi hermana

Dije que iba a empezar a escribir cartas. Que iba a dejar por escrito lo que siento antes de que la memoria decida jugarme una mala pasada definitiva. Y si tengo que empezar por alguien, tenía claro que eras tú.

Hermana.

Cuando era pequeño no entendía muchas cosas, pero sí entendía una: que contigo estaba a salvo. Con mi hermano las cosas siempre terminaban en pelea. Supongo que era lo normal, éramos niños y yo era el pequeño. Pero tú… tú siempre dabas la cara por mí. Siempre estabas en medio cuando la cosa se ponía fea. Siempre eras el escudo antes de que yo supiera siquiera que necesitaba uno.

Ser el pequeño tiene eso: aprendes pronto quién te protege de verdad. Y tú lo hiciste sin que nadie te lo pidiera.

También me diste algo que todavía hoy me acompaña: la música. Recuerdo cuando empezaste a tocar la guitarra. Yo te miraba como si fueras enorme. Cada día aprendías una canción nueva de los 80 y cada día venías a enseñármela. Te sentabas y tocabas para mí como si aquello fuera lo más normal del mundo. Pero no lo era. Me estabas regalando un universo entero.

Sin saberlo, me enseñaste a escuchar. A sentir. A refugiarme en una canción cuando las cosas no encajan. Muchas de las canciones que hoy siguen sonando en mi cabeza empezaron contigo. Y eso no se pierde.

Con el tiempo nos fuimos alejando. No de golpe, no con una pelea definitiva. Simplemente la vida fue cambiando. Tú entraste en una etapa difícil, una fase destructiva que yo no supe entender del todo. Te veía perderte en decisiones que no comprendía, y desde fuera todo parecía más sencillo de lo que realmente era.

Luego llegó tu encuentro con la religión. Y tampoco lo entendí al principio. Me costó. Me parecía un giro radical, una forma extraña de reconstruirte. Pero el tiempo pone las cosas en su sitio. Con los años he entendido que esa fue tu forma de salvarte. Tu forma de encontrar paz. Tu manera de volver a ti.

No fue como todo el mundo esperaba. No fue el camino que otros habrían elegido para ti. Fue el tuyo.

Y hoy, cuando te miro, veo algo que durante mucho tiempo no vi: tranquilidad. Veo coherencia. Veo felicidad. No perfecta, no idealizada, pero real. Y eso me da una calma enorme. Porque cuando me vaya , sea como sea y cuando sea, me iré sabiendo que te veo bien. Que encontraste tu sitio. Que estás donde quieres estar.

Vivimos lejos. Y eso ha hecho que no hayas vivido la enfermedad conmigo en el día a día. Tú preguntas, te interesas, estás pendiente desde la distancia. Pero creo que no has sido del todo consciente de lo que supone la esclerosis. No por falta de interés, sino porque hay cosas que solo se entienden cuando las ves de cerca.

Claro que me hubiera gustado tenerte aquí. Claro que me habría gustado que presenciaras algunos momentos, que vieras lo que implica cada brote, cada pérdida, cada miedo. Pero también pienso algo que quizá suene extraño: me alegra que no hayas tenido que cargar con eso directamente.

Este monstruo no solo afecta al que lo padece. Arrasa con todo lo que tiene alrededor. Cansa, desgasta, transforma dinámicas. Y aunque a veces me hubiera gustado tenerte más cerca, también me tranquiliza que al menos a alguien de la familia no lo haya agarrado con toda su fuerza.

Has tenido tus propias batallas. Y las has librado a tu manera.

Yo me quedo con la imagen de aquella niña con guitarra, enseñándole canciones al pequeño de la casa. Me quedo con la hermana que daba la cara cuando hacía falta. Me quedo con la mujer que supo reconstruirse cuando parecía perdida.

Si algún día mi memoria decide borrar etapas, quiero que esta no se pierda: fuiste mi protectora. Fuiste mi primer concierto privado. Fuiste una parte enorme de lo que soy.

Y eso no lo borra ninguna enfermedad.

Y si tengo que quedarme con una imagen tuya, es esa: sentada con la guitarra, concentrada, tocando Cruz de navajas como si estuvieras contando una historia que yo aún no entendía. De pequeño me sabía la melodía, pero no comprendía del todo lo que decía aquella letra, la tristeza escondida en esa historia que sonaba tan bonita. Tú la tocabas con una naturalidad que me parecía mágica, y yo solo pensaba en lo bien que sonaba. Hoy, de adulto, la escucho y entiendo cada palabra. Entiendo el dolor, las decisiones, las consecuencias. Y se ha convertido en una de mis canciones preferidas, quizá porque me devuelve a ese salón, a esa guitarra y a ti. Si algún día olvido muchas cosas, espero que esa melodía se quede un poco más. Porque en ella estás tú. Y en ella estoy yo, pequeño, escuchando sin saber que estaba guardando un recuerdo para toda la vida.





Comentarios

Entradas populares de este blog

La fuerza del destino

Han transcurrido cinco meses desde la última vez que vertí mis pensamientos en este rincón digital, y hoy retorno a él impulsado por dos motivos fundamentales. El primero nace de la recomendación de mi psicólogo, con quien he estado trabajando diligentemente para comprenderme mejor y enfrentar los desafíos que la vida ha arrojado a mi camino. Pero no es únicamente esta sugerencia profesional la que me trae de vuelta a estas líneas. Siento una necesidad profunda de desahogarme aquí, aunque sea solo por esta vez, sin prometer continuidad. Este escrito servirá, al menos, para aligerar algunos de los pesares que me han estado abrumando últimamente. Para dar algo de contexto, he atravesado una depresión que casi me consume por completo. Aunque he recorrido un largo camino hacia la mejoría, la oscuridad aún no ha abandonado del todo mi horizonte. A esto se suma la angustia por la grave situación de salud de mi padre, una realidad que me ha forzado a replantear muchas cosas en mi vida, temas ...

Lo que aún soy capaz de decir

Hoy me ha pasado algo que todavía estoy procesando, algo que hace unos meses me habría dejado temblando. He coincidido en el metro con el chico con el que estuve quedando hace un tiempo, ese mismo que un día me dijo, sin que le temblara la voz, que con mi esclerosis nadie querría nada conmigo más que encuentros puntuales, que nadie “hipotecaría su vida” por alguien destinado, según él, a terminar postrado en una silla. Aquel comentario me atravesó y me hundió; me hizo sentir pequeño, insignificante, una carga incluso antes de serlo. Durante mucho tiempo creí que llevaba razón, que quizá yo no era más que una vida en pausa que nadie querría compartir. Hoy, en ese vagón lleno donde casi no cabía un alma más, me lo he encontrado. Ni siquiera me saludó: simplemente empezó a rozarse contra mí, como si nada hubiera pasado, como si tuviera algún derecho sobre mí. Le pedí que parara, pero siguió, así que me bajé en la siguiente estación solo para quitármelo de encima. En el andén vino detrás y...

Caer y seguir respirando

  Hoy necesitaba escribir aquí, aunque ya hace tiempo que no lo hago. Quizás porque sentí que ya no podía hablar con sinceridad en estas páginas digitales, pero creo que ha pasado el suficiente tiempo para volver a ser un lugar más invisible donde poder abrirme y desahogarme un poco. No sé ni por qué escribo esto. O mejor dicho: sí lo sé, pero me cuesta admitirlo. Escribo porque no tengo otro lugar donde dejar todo esto que me está aplastando. Porque si no lo escribo, se me enquista adentro. Y ya tengo suficientes cosas pudriéndose en el pecho. Hace unos días volví a intentarlo. Sí. Una vez más. Y sí, sigo aquí. No lo cuento para que nadie me tenga lástima. No lo cuento para llamar la atención. Lo cuento porque me estoy cayendo, hondo, lento, sin freno, y necesito decirlo en algún lado, aunque sea en este rincón casi invisible que es mi blog. Me siento como un cuerpo que sobrevive por pura inercia. Me levanto cada día sin ilusión. No porque haya una meta, o un motivo, o un sueño al...