No sabía si escribirte esta carta. Quizá porque todavía duele. Quizá porque hay despedidas que uno no termina de entender y ponerlas por escrito las hace más reales. Pero si he decidido abrirme del todo en estas últimas entradas, no puedo dejarte fuera.
Nos conocimos una noche de verano. De esas coincidencias que parecen pequeñas pero que cambian algo por dentro. Estar en el mismo sitio, a la misma hora, sin buscarlo. Recuerdo que conectamos casi sin esfuerzo. No fue algo forzado, no hubo estrategia. Simplemente pasó. Hablamos, nos reímos, hubo algo en la forma en la que me mirabas que me hizo sentir visto.
Después vino el verano entero. Mensajes. Conversaciones largas. Notas de voz que escuchaba más de una vez. Y poco a poco empecé a notar que algo se despertaba en mí. Algo que llevaba mucho tiempo dormido. No era solo ilusión. Era esa sensación de que alguien se interesa de verdad, de que tu nombre aparece en la pantalla y te cambia el estado de ánimo.
Llegó el otoño y por fin volvimos a vernos. Y ahí empezó todo de verdad. Empezamos a conocernos más allá de la superficie. Descubrí tus miedos, tus heridas, las traiciones que te habían marcado. Entendí que no era fácil para ti volver a confiar. Y aun así, había algo entre nosotros que parecía avanzar con cuidado pero con verdad.
Yo ya notaba que me estaba enamorando.
Y entonces, hace un mes, todo se truncó. Sin una conversación clara. Sin una despedida. Me dejaste de contestar y desapareciste casi de mi vida. De un día para otro pasé de sentirme importante para alguien a preguntarme qué había hecho mal.
Ahora mismo estoy dolido. Estoy triste de haberte perdido y más aún de que haya sido así. No por orgullo, sino por lo que significábamos. Creo que me merecía al menos una conversación. Un cierre. Una explicación. No para discutir, sino para entender.
Sé que no es fácil con todo lo que viviste antes. Sé que cuando alguien ha sido traicionado tantas veces, el miedo a volver a abrirse es enorme. Lo vi en ti. Lo sentí. Y lo respeté. Pero también creo que lo que había entre nosotros merecía algo más que silencio.
Aun así, no quiero quedarme con rencor. Nunca ha ido conmigo el rencor. Me hace daño sostenerlo. Prefiero quedarme con lo que sí fue real.
Supongo que si algún día lees este blog, te sorprenderá todo lo que veas aquí. Te acordarás de aquel día que hablamos y te dije que había algo de mí que me daba miedo descubrirte. Que había una parte que no sabía cómo ibas a recibir. Y tú me dijiste que no pasaba nada, que esperarías a que estuviese preparado.
Ya lo estaba.
Estaba decidido a abrir todo esto para ti. A contarte la enfermedad sin rodeos. A explicarte los miedos, los brotes, las pérdidas de memoria, todo lo que implica. Tenía miedo, sí. Pero estaba dispuesto. Lo que pasa es que al final no me dio tiempo.
Quizá hubieras huido al enterarte. Quizá te habría pesado demasiado. Quizá habría sido el principio del fin igualmente. Pero nunca lo sabremos ya. Y esa es una de las cosas que más duelen: no haber tenido la oportunidad de comprobarlo.
Aun así, te he querido y te quiero mucho. Me has hecho sentir especial para alguien. Y eso, para mí, no es poca cosa. Hacía mucho tiempo que no me sentía así. No solo en el plano amoroso, sino en la vida en general. Sentirme elegido. Sentirme importante. Sentir que alguien esperaba verme.
La vida va muy rápido. Todo corre. Todo exige. Todo pesa. Pero cuando estaba contigo, los dos sentados en el sofá, hablando sin mirar el reloj, yo sentía una pausa. Una pausa tan necesaria. Un lugar donde el ruido se apagaba un poco.
Eso no lo voy a olvidar.
Espero que aprendas a superar lo tuyo. Que sanes las traiciones que te hicieron desconfiar del amor. Que encuentres a alguien con quien tener esa vida que siempre has querido. Esa estabilidad, esa calma, esa historia que mereces.
Tienes que ser feliz.
Y aunque ya no sea conmigo, de verdad espero que lo seas.
Comentarios
Publicar un comentario