Ir al contenido principal

Carta II: A Dani

 No sabía si escribirte esta carta. Quizá porque todavía duele. Quizá porque hay despedidas que uno no termina de entender y ponerlas por escrito las hace más reales. Pero si he decidido abrirme del todo en estas últimas entradas, no puedo dejarte fuera.

Nos conocimos una noche de verano. De esas coincidencias que parecen pequeñas pero que cambian algo por dentro. Estar en el mismo sitio, a la misma hora, sin buscarlo. Recuerdo que conectamos casi sin esfuerzo. No fue algo forzado, no hubo estrategia. Simplemente pasó. Hablamos, nos reímos, hubo algo en la forma en la que me mirabas que me hizo sentir visto.

Después vino el verano entero. Mensajes. Conversaciones largas. Notas de voz que escuchaba más de una vez. Y poco a poco empecé a notar que algo se despertaba en mí. Algo que llevaba mucho tiempo dormido. No era solo ilusión. Era esa sensación de que alguien se interesa de verdad, de que tu nombre aparece en la pantalla y te cambia el estado de ánimo.

Llegó el otoño y por fin volvimos a vernos. Y ahí empezó todo de verdad. Empezamos a conocernos más allá de la superficie. Descubrí tus miedos, tus heridas, las traiciones que te habían marcado. Entendí que no era fácil para ti volver a confiar. Y aun así, había algo entre nosotros que parecía avanzar con cuidado pero con verdad.

Yo ya notaba que me estaba enamorando.

Y entonces, hace un mes, todo se truncó. Sin una conversación clara. Sin una despedida. Me dejaste de contestar y desapareciste casi de mi vida. De un día para otro pasé de sentirme importante para alguien a preguntarme qué había hecho mal.

Ahora mismo estoy dolido. Estoy triste de haberte perdido y más aún de que haya sido así. No por orgullo, sino por lo que significábamos. Creo que me merecía al menos una conversación. Un cierre. Una explicación. No para discutir, sino para entender.

Sé que no es fácil con todo lo que viviste antes. Sé que cuando alguien ha sido traicionado tantas veces, el miedo a volver a abrirse es enorme. Lo vi en ti. Lo sentí. Y lo respeté. Pero también creo que lo que había entre nosotros merecía algo más que silencio.

Aun así, no quiero quedarme con rencor. Nunca ha ido conmigo el rencor. Me hace daño sostenerlo. Prefiero quedarme con lo que sí fue real.

Supongo que si algún día lees este blog, te sorprenderá todo lo que veas aquí. Te acordarás de aquel día que hablamos y te dije que había algo de mí que me daba miedo descubrirte. Que había una parte que no sabía cómo ibas a recibir. Y tú me dijiste que no pasaba nada, que esperarías a que estuviese preparado.

Ya lo estaba.

Estaba decidido a abrir todo esto para ti. A contarte la enfermedad sin rodeos. A explicarte los miedos, los brotes, las pérdidas de memoria, todo lo que implica. Tenía miedo, sí. Pero estaba dispuesto. Lo que pasa es que al final no me dio tiempo.

Quizá hubieras huido al enterarte. Quizá te habría pesado demasiado. Quizá habría sido el principio del fin igualmente. Pero nunca lo sabremos ya. Y esa es una de las cosas que más duelen: no haber tenido la oportunidad de comprobarlo.

Aun así, te he querido y te quiero mucho. Me has hecho sentir especial para alguien. Y eso, para mí, no es poca cosa. Hacía mucho tiempo que no me sentía así. No solo en el plano amoroso, sino en la vida en general. Sentirme elegido. Sentirme importante. Sentir que alguien esperaba verme.

La vida va muy rápido. Todo corre. Todo exige. Todo pesa. Pero cuando estaba contigo, los dos sentados en el sofá, hablando sin mirar el reloj, yo sentía una pausa. Una pausa tan necesaria. Un lugar donde el ruido se apagaba un poco.

Eso no lo voy a olvidar.

Espero que aprendas a superar lo tuyo. Que sanes las traiciones que te hicieron desconfiar del amor. Que encuentres a alguien con quien tener esa vida que siempre has querido. Esa estabilidad, esa calma, esa historia que mereces.

Tienes que ser feliz.

Y aunque ya no sea conmigo, de verdad espero que lo seas.

Y si tengo que despedirme de ti en esta carta, quiero hacerlo con una sonrisa que también tenga tu nombre. Siempre me hablaste de lo mucho que te gustaba Spice Up Your Life, y cada vez que sonaba se te iluminaba la cara. Yo, que tiendo a moverme en canciones más densas, aprendí contigo que a veces la vida también necesita ritmo, color y un poco de exageración feliz. “Spice up your life”, decías riéndote, como si fuera un lema sencillo pero necesario. Y quizá eso fue lo que hiciste conmigo: darle un poco de chispa a una etapa que estaba demasiado gris. Si algún día escucho esa canción, sé que pensaré en ti. Y aunque lo nuestro no haya terminado como esperaba, me quedo con eso: durante un tiempo, le pusiste música y luz a mi vida.



Comentarios

Entradas populares de este blog

La fuerza del destino

Han transcurrido cinco meses desde la última vez que vertí mis pensamientos en este rincón digital, y hoy retorno a él impulsado por dos motivos fundamentales. El primero nace de la recomendación de mi psicólogo, con quien he estado trabajando diligentemente para comprenderme mejor y enfrentar los desafíos que la vida ha arrojado a mi camino. Pero no es únicamente esta sugerencia profesional la que me trae de vuelta a estas líneas. Siento una necesidad profunda de desahogarme aquí, aunque sea solo por esta vez, sin prometer continuidad. Este escrito servirá, al menos, para aligerar algunos de los pesares que me han estado abrumando últimamente. Para dar algo de contexto, he atravesado una depresión que casi me consume por completo. Aunque he recorrido un largo camino hacia la mejoría, la oscuridad aún no ha abandonado del todo mi horizonte. A esto se suma la angustia por la grave situación de salud de mi padre, una realidad que me ha forzado a replantear muchas cosas en mi vida, temas ...

Lo que aún soy capaz de decir

Hoy me ha pasado algo que todavía estoy procesando, algo que hace unos meses me habría dejado temblando. He coincidido en el metro con el chico con el que estuve quedando hace un tiempo, ese mismo que un día me dijo, sin que le temblara la voz, que con mi esclerosis nadie querría nada conmigo más que encuentros puntuales, que nadie “hipotecaría su vida” por alguien destinado, según él, a terminar postrado en una silla. Aquel comentario me atravesó y me hundió; me hizo sentir pequeño, insignificante, una carga incluso antes de serlo. Durante mucho tiempo creí que llevaba razón, que quizá yo no era más que una vida en pausa que nadie querría compartir. Hoy, en ese vagón lleno donde casi no cabía un alma más, me lo he encontrado. Ni siquiera me saludó: simplemente empezó a rozarse contra mí, como si nada hubiera pasado, como si tuviera algún derecho sobre mí. Le pedí que parara, pero siguió, así que me bajé en la siguiente estación solo para quitármelo de encima. En el andén vino detrás y...

Caer y seguir respirando

  Hoy necesitaba escribir aquí, aunque ya hace tiempo que no lo hago. Quizás porque sentí que ya no podía hablar con sinceridad en estas páginas digitales, pero creo que ha pasado el suficiente tiempo para volver a ser un lugar más invisible donde poder abrirme y desahogarme un poco. No sé ni por qué escribo esto. O mejor dicho: sí lo sé, pero me cuesta admitirlo. Escribo porque no tengo otro lugar donde dejar todo esto que me está aplastando. Porque si no lo escribo, se me enquista adentro. Y ya tengo suficientes cosas pudriéndose en el pecho. Hace unos días volví a intentarlo. Sí. Una vez más. Y sí, sigo aquí. No lo cuento para que nadie me tenga lástima. No lo cuento para llamar la atención. Lo cuento porque me estoy cayendo, hondo, lento, sin freno, y necesito decirlo en algún lado, aunque sea en este rincón casi invisible que es mi blog. Me siento como un cuerpo que sobrevive por pura inercia. Me levanto cada día sin ilusión. No porque haya una meta, o un motivo, o un sueño al...