Ir al contenido principal

Despedidas

Pensé que no volvería a escribir aquí. Lo dije convencido. Cerré el blog con la idea de que ya había dicho todo lo que necesitaba decir, de que era momento de seguir hacia delante en silencio, sin dejar que las palabras me expusieran más de la cuenta. Creí que ese capítulo estaba cerrado.

Pero hay cosas que no se pueden prever. O quizá sí, pero no quieres mirarlas de frente hasta que empiezan a hacerse demasiado evidentes.

Mis pérdidas de memoria cada vez van a más. No son despistes pequeños. No son olvidos normales. Son huecos. Son momentos en los que algo desaparece sin avisar y luego vuelve, si vuelve, como si nunca hubiera sido mío del todo. Y cada vez que ocurre siento que algo de mí se va desgastando, como si mi identidad dependiera de un hilo demasiado fino.

Siempre he tenido miedo a perder el cuerpo. A que deje de responder. A que los brotes me quiten movilidad, independencia, rutina. Pero hay algo que me asusta más: perder mis recuerdos. Perder las historias que me construyen. Perder las personas tal y como las siento. Perder lo que he sido.

Hay una diferencia enorme entre estar y recordar que estuviste.

Y últimamente empiezo a sospechar que algún día puede que mis pérdidas de memoria no regresen. Que no haya “Google Fotos” que me devuelva lo que se fue. Que no haya golpe de realidad que me coloque de nuevo en el presente. Que simplemente se borre. Que yo me borre.

Por eso vuelvo a escribir.

No para contar lo que me pasa. No para desahogarme. No para pedir ayuda. Vuelvo a escribir porque necesito dejar algo firme antes de que mi mente se vuelva definitivamente frágil. Porque si mis recuerdos se apagan, quiero que al menos exista una versión escrita de lo que sentí.

He decidido empezar a escribir cartas, una cada día, y las iré subiendo aqui.

Cartas dedicadas a las personas que considero más importantes en mi vida. A quienes estuvieron cuando todo era ruido. A quienes me sostuvieron incluso cuando yo no sabía cómo hacerlo conmigo mismo. A quienes quiero, aunque a veces no lo diga suficiente.

Quiero que, cuando ya no esté, o cuando esté pero no recuerde. puedan leerlas. Que encuentren ahí algo que no se borre. Que entiendan lo que significaron para mí. Que sepan que hubo un momento en el que fui plenamente consciente de lo que sentía y que lo dejé escrito con claridad.

No quiero que mi memoria sea el único archivo de mi vida. Porque mi memoria está empezando a fallar.

Escribir estas cartas será también una forma de cerrar este blog de verdad. Pero no desde el silencio, sino desde la apertura total. Si voy a despedirme, quiero hacerlo soltando todo lo que me queda. Sin protegerme. Sin esconder lo que siento. Dejando constancia de lo que fui, de lo que quise, de lo que agradecí.

Cada día escribiré una. Una persona. Una historia. Un vínculo. No sé cuántas serán. No sé cuánto tiempo tendré antes de que el miedo se convierta en realidad. Pero mientras pueda ordenar mis pensamientos, quiero utilizarlos para eso.

No es un gesto trágico. Es un gesto consciente.

Escribo porque me he rendido después de luchar mil batallas, porque sé que la memoria es frágil y quiero anticiparme a su traición. Escribo porque quiero que, cuando mis recuerdos ya no me pertenezcan, al menos alguien pueda sostenerlos por mí.

Este blog fue durante mucho tiempo un refugio para el dolor. Quizá ahora pueda convertirse en un archivo de amor.

Y si algún día yo no recuerdo quién fui, espero que estas palabras lo hagan por mí.



Comentarios

Entradas populares de este blog

La fuerza del destino

Han transcurrido cinco meses desde la última vez que vertí mis pensamientos en este rincón digital, y hoy retorno a él impulsado por dos motivos fundamentales. El primero nace de la recomendación de mi psicólogo, con quien he estado trabajando diligentemente para comprenderme mejor y enfrentar los desafíos que la vida ha arrojado a mi camino. Pero no es únicamente esta sugerencia profesional la que me trae de vuelta a estas líneas. Siento una necesidad profunda de desahogarme aquí, aunque sea solo por esta vez, sin prometer continuidad. Este escrito servirá, al menos, para aligerar algunos de los pesares que me han estado abrumando últimamente. Para dar algo de contexto, he atravesado una depresión que casi me consume por completo. Aunque he recorrido un largo camino hacia la mejoría, la oscuridad aún no ha abandonado del todo mi horizonte. A esto se suma la angustia por la grave situación de salud de mi padre, una realidad que me ha forzado a replantear muchas cosas en mi vida, temas ...

Lo que aún soy capaz de decir

Hoy me ha pasado algo que todavía estoy procesando, algo que hace unos meses me habría dejado temblando. He coincidido en el metro con el chico con el que estuve quedando hace un tiempo, ese mismo que un día me dijo, sin que le temblara la voz, que con mi esclerosis nadie querría nada conmigo más que encuentros puntuales, que nadie “hipotecaría su vida” por alguien destinado, según él, a terminar postrado en una silla. Aquel comentario me atravesó y me hundió; me hizo sentir pequeño, insignificante, una carga incluso antes de serlo. Durante mucho tiempo creí que llevaba razón, que quizá yo no era más que una vida en pausa que nadie querría compartir. Hoy, en ese vagón lleno donde casi no cabía un alma más, me lo he encontrado. Ni siquiera me saludó: simplemente empezó a rozarse contra mí, como si nada hubiera pasado, como si tuviera algún derecho sobre mí. Le pedí que parara, pero siguió, así que me bajé en la siguiente estación solo para quitármelo de encima. En el andén vino detrás y...

Una cicatriz más

  El brote ha pasado. Hoy, después de días de parálisis, he podido volver a ponerme de pie. He vuelto a andar, a mover el brazo, a sentir que mi cuerpo me obedece, aunque sea a medias, aunque sea con torpeza. No puedo negar que estoy feliz: volver a caminar después de haber estado atrapado en la cama se siente como un milagro pequeño. Algo que antes era tan natural, dar un paso, levantar un vaso, abrocharme una chaqueta, hoy me sabe a regalo. Podría decir que me siento libre, pero no sería del todo cierto. Lo que siento es una mezcla extraña: alivio por recuperar algo tan básico como moverme y, al mismo tiempo, miedo de saber que volveré a perderlo. Es como recibir un préstamo con fecha de caducidad. Y esa certeza empaña incluso la alegría. Porque este brote, como todos, ha dejado su marca. Ha dejado una cicatriz sobre una herida grande que ya tenía desde hace tiempo. La herida de saber que la enfermedad no perdona, que siempre vuelve, que cada mejoría es solo un paréntesis. La...