Hay cartas que se escriben con la cabeza y otras que salen directamente del corazón. Esta pertenece claramente al segundo grupo. Sabía que tarde o temprano tendría que escribirte dentro de esta serie de cartas, pero también sabía que iba a ser la más difícil de todas. Porque hablar de ti es hablar de una parte enorme de mi vida. Y cuando algo ha ocupado tanto espacio dentro de uno, cuesta encontrar palabras que estén a la altura de lo que realmente ha significado.
Hace mucho tiempo, cuando empecé este blog, ya hablé de ti. Te llamé mi ancla. Recuerdo perfectamente aquella conversación con el psicólogo en la que me explicó que, cuando uno se encuentra perdido, cuando todo parece hundirse y no sabes hacia dónde remar, necesitas algo que te ayude a orientarte. Algo fijo, algo que permanezca incluso cuando todo lo demás se mueve. Una brújula que te devuelva al rumbo. Y eso es un ancla. Algo que te sujeta cuando el mar está revuelto y evita que el barco se vaya a la deriva.
En aquel momento entendí inmediatamente quién era la mía.
Tú.
Nos conocimos tarde, en una etapa de la vida en la que uno ya cree que tiene más o menos claro quién será su círculo cercano. Yo había terminado la carrera y decidí hacer un máster para poder acceder al doctorado. Fue allí donde coincidimos. Y lo cierto es que al principio no conecté nada contigo. Recuerdo perfectamente mi primera impresión: pensé que eras un tipo poco interesante con el que probablemente jamás tendría una amistad real. Eras reservado, serio, parecías vivir en tu propio mundo y yo estaba convencido de que entre nosotros no habría mucho que compartir.
No podría haber estado más equivocado.
El destino, o lo que sea que mueva estas cosas invisibles que cruzan a las personas en el momento exacto, decidió que termináramos trabajando en el mismo sitio. De repente pasábamos muchas horas juntos, compartiendo laboratorio, cafés demasiado largos, discusiones sobre artículos, frustraciones cuando los experimentos no salían, momentos de euforia cuando algo funcionaba y, sobre todo, un objetivo común que parecía enorme en aquel momento: terminar la tesis doctoral y convertirnos en doctores.
Ese camino no se recorre en soledad. Y sin darnos cuenta, empezamos a recorrerlo juntos.
Fue en ese tiempo cuando empezamos a conocernos de verdad. No las versiones superficiales que uno muestra al principio, sino las capas más profundas que normalmente tardan años en aparecer. Descubrí que detrás de esa aparente frialdad había una persona increíblemente leal, profundamente honesta y con una forma de querer a la gente muy silenciosa, pero muy firme.
Fuiste la primera persona a la que le conté que me habían diagnosticado esclerosis múltiple. Antes incluso que a mi propia familia. Recuerdo perfectamente ese momento. Recuerdo el miedo que tenía, la sensación de que decirlo en voz alta lo convertiría en algo todavía más real. No sabía cómo ibas a reaccionar, ni siquiera sabía si era buena idea compartir algo así contigo. Pero algo dentro de mí me decía que podía confiar.
Y no me equivoqué.
Desde ese momento nunca soltaste mi mano.
Cada vez que he tenido un brote, has estado ahí. No de una forma espectacular ni dramática, sino de la forma más importante que existe: estando. Yo siempre he sido una persona que oculta lo que siente, que intenta no mostrar debilidad delante de los demás, que se protege detrás de una fachada de normalidad incluso cuando por dentro todo se está desmoronando. Pero contigo nunca tuve que fingir. Contigo podía ser yo, sin filtros, sin miedo a parecer débil.
He llorado mil veces a tu lado. Y tu hombro nunca faltó.
He vivido incluso el dolor físico de algunos brotes contigo. Ese dolor que no se puede explicar bien, que parece atravesarte por dentro, que te hace pensar que el cuerpo se ha convertido en algo que ya no controlas. Muchas veces no sabías qué hacer para ayudarme, y tampoco era necesario. Bastaba con que estuvieras ahí. Recuerdo tu mano apoyada en mi brazo intentando tranquilizarme, intentando hacerme respirar cuando el cuerpo parecía romperse por dentro.
Y en esos momentos entendí algo muy importante: que a veces ayudar a alguien no consiste en tener respuestas, sino en no marcharte.
Siempre he pensado que soy una persona con poca suerte en la vida. Pero si lo pienso bien, creo que toda esa suerte la gasté el día que te conocí.
Mi ancla.
Eres una persona curiosa. Desde fuera pareces frío, distante, incluso algo inaccesible. Mucha gente se queda con esa primera capa y nunca llega a ver lo que hay debajo. Pero cuando uno consigue atravesar esa barrera que siempre has tenido levantada, aparece alguien increíblemente bueno. Y tuve la suerte de conocer a ese alguien.
Cuando te conocí, había una parte importante de ti que no acababas de aceptar. Una parte que mantenías escondida, protegida detrás de esa barrera. Creo que en aquel momento yo también fui importante para ti. De alguna forma estuve ahí cuando empezaste a enfrentarte a eso, cuando empezaste a romper esa coraza que habías construido durante tantos años.
Y cuando por fin la rompiste, cuando te permitiste ser plenamente tú, me sentí profundamente orgulloso de haberte acompañado en ese proceso. Igual que tú me has acompañado en el mío.
Desde que empezamos juntos el camino de la tesis doctoral hemos vivido absolutamente de todo. Frustraciones académicas, pequeños triunfos, noches interminables preparando presentaciones, celebraciones improvisadas cuando algo salía bien y momentos de agotamiento en los que parecía que nunca íbamos a llegar al final. Nos hemos apoyado mutuamente, nos hemos empujado cuando uno flaqueaba y hemos sido pilares el uno para el otro durante muchos años.
Si he podido llegar profesionalmente hasta donde he llegado, incluso con la esclerosis atravesándolo todo, ha sido en gran parte por ti. Porque siempre te he admirado. Porque verte trabajar, verte luchar por lo que querías, verte no rendirte cuando las cosas se complicaban, me hizo creer que yo también podía seguir ese camino.
Sólo tú sabes lo que me ha costado llegar hasta aquí.
El resto de la gente no tiene ni idea. No han visto los días en los que el cuerpo no respondía. No han visto los momentos en los que dudé de si podría continuar. No han visto el miedo que he tenido tantas veces. Pero tú sí.
Y además me enseñaste algo que nadie más me había enseñado antes.
Me enseñaste lo que es el amor de verdad.
Y no hablo del amor de una relación o de una pareja. Hablo de algo mucho más profundo y mucho más difícil de encontrar. Me enseñaste lo que es querer de verdad a otra persona. Quererla sin condiciones, sin expectativas, sin necesidad de recibir nada a cambio. Estar ahí porque sí. Porque el vínculo existe y no necesita explicaciones.
Ese tipo de amor es raro.
Y tú me lo enseñaste sin darte cuenta.
Te has convertido en mi hermano en esta vida que no ha sido nada fácil. Un hermano que no comparte mi sangre, pero sí una parte enorme de mi historia. Y a veces pienso que los hermanos que uno elige en la vida son incluso más importantes que los que vienen dados.
Me acuerdo muchas veces de algo que me decía la yaya. Nunca te llegó a conocer en persona, pero escuchaba hablar tanto de ti que parecía que te conocía. Y un día me dijo algo que se me quedó grabado para siempre: cuida a este amigo, porque vale oro, y personas así las encuentras una o ninguna vez en la vida.
Qué sabia era.
El tiempo ha pasado. La vida cambia, inevitablemente. Y hoy tengo que ser honesto también con algo que me cuesta decir: ya no siento que esté igual de cerca de ti que antes. Quizá es una percepción mía. Quizá es sólo el resultado natural de que nuestras vidas han tomado ritmos distintos. Pero siento que ya no encajo en tu vida de la misma forma.
Y me da pena.
Ya no puedo seguirte el ritmo. Ya no puedo compartir contigo ciertas experiencias que antes sí podía. La enfermedad ha ido poniendo límites que cada vez son más visibles. Y hay cosas pequeñas que antes eran normales y que ahora se han vuelto complicadas. Me da rabia, por ejemplo, no poder salir de fiesta contigo como antes. No por mí, sino por el miedo constante a que me dé uno de esos brotes de pérdida de memoria en mitad de la noche. No quiero ser el motivo por el que tengas que estar pendiente de mí en lugar de disfrutar. No quiero que tengas que estar mirando si estoy bien, si me he perdido, si tengo que volver a casa antes de tiempo.
No quiero chafarte la noche.
Y al final esas cosas se van acumulando. Son pequeños momentos que antes compartíamos sin pensar y que ahora siento que ya no puedo ofrecer. Y cuando esas experiencias desaparecen, también cambia la forma en que dos personas comparten la vida.
A veces hay días en los que siento que molesto. Que soy una carga incómoda, alguien al que hay que saludar, con quien hay que hablar un rato porque forma parte de tu historia, pero cuya ausencia tampoco cambiaría demasiado las cosas. Es un pensamiento que intento apartar, pero aparece a veces, sobre todo cuando siento que ya no puedo acompañarte en la vida como antes.
Y eso me da miedo.
Porque no quiero que nuestra amistad se rompa. No quiero que lo nuestro se diluya hasta convertirse en una relación más, en esas amistades que fueron muy importantes en un momento de la vida pero que poco a poco se vuelven lejanas. Me duele pensar que el ritmo distinto al que ahora vivimos pueda alejarnos sin que ninguno de los dos lo quiera realmente.
Pero también sé que la vida es así.
He pasado miedo muchas veces en mi vida. Pero el momento de miedo más grande de todos fue uno que nunca te conté del todo bien.
El día que mis problemas de memoria te borraron de mi mente durante unas horas.
Fue una sensación imposible de describir. Algo no encajaba. Sabía que había un vacío donde debería haber alguien importante. Sentía que faltaba una pieza fundamental en mi historia reciente, pero no lograba identificar cuál. Y cuando finalmente te recordé, cuando tu imagen volvió a aparecer en mi cabeza como si alguien hubiera encendido una luz en una habitación oscura, entendí algo con una claridad brutal: no quiero irme de este mundo habiéndote olvidado.
Prefiero irme antes.
Porque olvidar que has sido mi ancla sería como perder una parte fundamental de mí mismo.
No sé si algún día volverás a leer este blog y encontrarás esta carta. Sé que no te gustan nada este tipo de textos tan emocionales y que probablemente nunca te hayas detenido demasiado en estas páginas. Pero ojalá algún día, cuando yo ya no esté, vuelvas por aquí y te encuentres con estas palabras.
Cuando leas esto ya no estaré.
Voy a conseguir esa plaza indefinida. No para demostrar nada a nadie, sino para demostrarme a mí mismo que aun con todo en contra lo conseguí. Que la enfermedad no pudo conmigo. Que llegué hasta el final del camino que me había propuesto.
Pero después voy a descansar.
Sé que al principio no lo entenderás. Sé que probablemente te enfadarás conmigo y pensarás que podría haber seguido luchando. Pero con el tiempo, estoy seguro de que serás el primero en entender por qué tiré la toalla.
Porque si alguien ha visto de verdad todo lo que ha supuesto este camino… ese has sido tú.
Y cuando yo ya no esté, quiero pedirte algo. Sigue peleando por tu vida como siempre lo has hecho. Sigue persiguiendo lo que quieres, con esa mezcla de talento, determinación y cabezonería que siempre te ha caracterizado. No he conocido a nadie más válido que tú para el trabajo que haces. A veces eres impetuoso, a veces demasiado cabezota, a veces te dejas llevar por el enfado cuando algo te parece injusto… pero también sé que esa misma intensidad es parte de lo que te hace tan bueno.
Busca a alguien que te frene cuando te ciegue el enfado, como hacía yo tantas veces cuando te veía entrar en esas discusiones imposibles. Aunque, siendo sincero, creo que ya no lo necesitas tanto. Creo que ya estás preparado para volar solo.
Yo fui importante en un momento de tu vida. Pero ya no me necesitas para seguir adelante.
Y eso, aunque me duela un poco admitirlo, también me hace sentir tranquilo.
Me siento un poco egoísta al decir esto, pero hay algo que sí espero: que de vez en cuando te acuerdes un poco de mí. No con tristeza, ni con culpa, ni con nostalgia pesada. Simplemente con ese tipo de recuerdo que aparece de vez en cuando en mitad de la vida.
Para que algo de mí siga existiendo en este mundo.
Aunque sea solo en tu memoria.
Porque aunque el tiempo y la vida nos lleven por caminos distintos, aunque las circunstancias cambien y la distancia crezca, siempre serás lo que fuiste desde el principio para mí.
Mi ancla.
Y si tengo que cerrar esta carta contigo, no podía hacerlo con otra canción que no fuera Mambo No. 5. Jamás pensé que una canción así aparecería en este blog, entre tantas páginas cargadas de recuerdos, despedidas y emociones. Pero es tu canción favorita, y eso ya es razón suficiente. Siempre me ha hecho gracia lo diferente que era tu forma de vivir la música comparada con la mía: yo buscando significado en cada letra y tú disfrutando simplemente del momento, del ritmo, de lo que provoca. Quizá por eso también encaja aquí al final. Porque, de alguna manera, esa canción siempre me recordará a ti, a las risas, a los momentos absurdos que también forman parte de una amistad tan larga como la nuestra. Y si algún día vuelve a sonar en algún sitio, espero que por un instante pienses en mí y sonrías un poco, aunque sea solo por lo raro que resulta que una despedida tan seria termine acompañada de algo tan inesperado como un mambo.
Comentarios
Publicar un comentario