Hay algo que nunca he sabido hacer bien en esta vida.
Pedir ayuda.
No porque no la
necesite, sino porque siempre he sentido que no debía hacerlo. Como si lo que
me estaba pasando fuese algo que tenía que gestionar yo solo, sin salpicar a
nadie más. Como si compartirlo fuese, de alguna forma, injusto para los demás.
Desde que empezó
la enfermedad, la he llevado en silencio.
Un silencio
bastante absoluto.
He contado lo
justo, a personas muy concretas, en momentos muy medidos. Pero la mayor parte del tiempo he convivido con esto sin abrirlo del todo, sin dejar que nadie realmente viera hasta dónde llegaba. Siempre he pensado que ya bastante me ha
marcado a mí como para afectar también a la gente que quiero. Que ellos no
tienen culpa de nada de esto. Que no tienen por qué cargar con algo que no
eligieron.
Y así he ido
tirando.
Apoyándome en
bastones.
Algunos más
firmes, otros más frágiles. Personas, momentos, rutinas, pequeñas cosas que me
ayudaban a mantenerme a flote cuando todo se movía por dentro. Pero con el
tiempo esos bastones se han ido rompiendo. Algunos de golpe. Otros poco a poco,
hasta que un día te das cuenta de que ya no están.
Y el último… el
último también ha empezado a resquebrajarse.
Todo ha cambiado
en los últimos meses.
No sabría
señalar un momento exacto, pero sí sé que algo se ha ido desplazando por
dentro. Algo que antes sostenía todo esto ya no lo hace. Y ahora, por primera
vez en mucho tiempo, me siento más solo que nunca.
Y lo más duro es
que creo que es culpa mía.
Porque he sido
yo quien ha elegido este camino. Yo quien ha decidido no compartir, no cargar a
los demás, no abrir ciertas partes. Y ahora me toca enfrentar lo que queda
desde ese mismo lugar.
Siempre he
llevado una máscara.
La sonrisa.
Esa que siempre
me ha caracterizado. Esa que la gente asocia conmigo casi de forma automática.
Durante mucho tiempo fue real. No era un esfuerzo. Era simplemente como era.
Pero ahora ha cambiado.
Ahora es una
herramienta.
Una forma de
proteger a los demás de lo que hay detrás.
Sonrío para que
todo parezca normal. Para que nadie tenga que preocuparse más de la cuenta.
Para que la conversación siga siendo ligera, para que el ambiente no se rompa y
nadie tenga que enfrentarse a algo que no sabe cómo gestionar.
Y lo hago casi
sin darme cuenta.
Pero esa máscara
tiene un precio.
Porque cuanto
más tiempo la llevas, más difícil es quitársela. Y llega un punto en el que ya
no sabes muy bien qué queda debajo. O si alguien realmente quiere ver lo que
hay debajo.
Todo esto me ha
llevado a una sensación cada vez más persistente.
No encajo.
No encajo en
ningún sitio.
Estoy,
participo, escucho, hablo… pero hay algo que no termina de conectar. Como si
estuviera ligeramente desplazado de todo lo que ocurre a mi alrededor. Como si
la vida siguiera un ritmo al que ya no puedo adaptarme.
Y eso me ha
hecho pensar en algo que duele reconocer.
Que quizá ya no
puedo aportar nada más a la vida de la gente.
Que lo que fui,
lo que di, lo que compartí… ya está hecho. Y que ahora solo queda una versión
más limitada, más cansada, más desconectada.
Siento que he
fallado.
A mi gente más
cercana.
A mi familia.
A mi ancla.
Después de todo,
después de haber aguantado tanto tiempo, de haber intentado mantener todo en
pie… siento que al final he fallado.
El monstruo me
ha ganado la batalla.
Y no ha sido de
golpe.
Ha sido poco a
poco.
Quitándome
cosas.
Espacios.
Energía.
Confianza.
Hasta que un día
miras alrededor y te das cuenta de que todo sigue ahí… pero tú ya no estás
igual por dentro.
Me siento raro.
Forzando
conversaciones.
Buscando temas,
respuestas, reacciones que antes salían solas. Y, al mismo tiempo, sintiendo
que la gente a la que más quiero está cada vez más lejos. No porque ellos se
hayan ido, sino porque yo ya no llego igual. Siento que las conversaciones no
fluyen como antes, quizás porque ya no tengo mucho más que aportar y los
intereses no son los mismos.
Y es normal.
La vida avanza.
Y yo me he
quedado atrás.
Estas últimas
semanas que quedan… me hubiera gustado que fueran diferentes.
Más parecidas a
antes.
Pasar más tiempo
con la gente que quiero. Recuperar esas conversaciones largas, sin prisas ni
filtros. Volver a sentir esa cercanía que durante años fue tan natural.
Pero no creo que
pueda ser así.
En lugar de eso,
estoy conociendo gente nueva todos los días.
Personas con las
que prácticamente no tengo nada en común. Con las que comparto unas horas
haciendo cosas que no implican demasiado, que no requieren abrirse, que no
exigen profundidad. Simplemente estar. Ocupar el tiempo.
Y luego no
vuelvo a verlas.
Es una forma de
desconectar.
De no pensar.
De llenar ese
hueco con ruido.
Y funciona…
durante un rato.
Pero luego
vuelvo a casa y la sensación es peor.
Porque, en el
fondo, sé lo que realmente necesito.
Un abrazo.
Una conversación
de las de antes.
Una de esas en
las que no hace falta explicar demasiado porque la otra persona ya sabe por
dónde vas. En las que puedes quedarte en silencio sin que te incomode. En las
que sientes que, pase lo que pase, hay algo que no cambia.
Y eso es lo que
echo de menos.
Supongo que el
mundo ha cambiado.
O quizá el que
ha cambiado soy yo.
Pero ya no me
gusta como antes.
Ya no siento que
forme parte de él de la misma manera.
Y mientras
tanto, sigo.
En este nuevo
ciclo de gente cambiante, de momentos pasajeros, de días que se parecen
demasiado entre sí.
Hasta que llegue
ese día.
El día del
tribunal.
Ese día en el que
llevo tanto tiempo esperando.
Ese día en el
que todo esto tendrá un sentido claro, aunque sea por un momento. En el que
podré cerrar todo sabiendo que, a pesar de todo, llegué.
Y tengo muchas
ganas de que llegue.
Porque, de
alguna forma, será un descanso por fin.
Con el logro de
mi vida conseguido.
Y mientras
escribo todo esto, no puedo evitar pensar en "I Know It's Over". Siempre me pareció una canción demasiado dura, casi incómoda de escuchar por completo, pero ahora entiendo por qué. No es solo tristeza, es esa sensación de
haber llegado a un punto en el que ya no queda mucho más que añadir, de mirar
alrededor y asumir que algo se ha terminado, aunque el mundo siga igual. Hay
algo muy honesto en aceptar que uno no encaja, que las cosas ya no son como
antes y que, por mucho que se intente, no todo se puede sostener para siempre.
Y quizá por eso me acompaña ahora, porque hay momentos en los que no hace falta
adornar lo que sientes, solo reconocerlo tal y como es, aunque sea en este blog
que ya nadie cercano conoce.
Comentarios
Publicar un comentario