Quedan cuatro días.
Es raro escribir eso y darme cuenta de
que ya no suena lejano. Durante tanto tiempo ese momento ha sido solo una idea
en mi cabeza, algo que estaba al final de un camino larguísimo y agotador, algo
que parecía imposible de alcanzar cuando todo empezó a complicarse de verdad. Y
ahora está aquí. Cuatro días solamente para ese día que llevo tanto tiempo
esperando, el día en el que por fin consiga mi plaza después de todos estos
años y pueda cerrar una etapa enorme de mi vida.
Y no sé muy bien cómo me siento.
O quizá sí, pero son demasiadas cosas a
la vez.
Estos días están siendo muy raros. Hay
momentos en los que estoy triste, profundamente triste, sin una razón concreta
más allá de todo el peso acumulado de estos años. En otros momentos tengo
miedo. Miedo a lo que venga después, miedo a enfrentarme a algo tan grande
después de haber sostenido durante tanto tiempo la tensión de llegar hasta
aquí. Pero, al mismo tiempo, también estoy tranquilo.
Y esa es la sensación más extraña de
todas.
Porque después de tantos años viviendo
en guerra constante conmigo mismo, con la enfermedad, con el miedo a perder
cosas por el camino, hay una parte de mí que siente calma por haber llegado
hasta aquí. Como si algo dentro hubiese dejado de luchar durante un rato y
simplemente estuviera observando el final del camino desde lejos.
Esta semana también me estoy dando
cuenta de algo que no esperaba.
Hay personas que estaban más cerca de mí
de lo que pensaba.
Y eso me ha sorprendido mucho.
Especialmente una persona que apareció
hace ya tiempo en mi vida, alguien que quizá nunca había ocupado el espacio
principal de mis apoyos, pero que estos últimos días me ha demostrado que puedo
contar con él más de lo que imaginaba. Me he abierto muchísimo con esa persona,
probablemente más de lo que pensaba que iba a volver a abrirme con nadie. Y me
ha escuchado. De verdad.
A veces la vida te da esas sorpresas
pequeñas que no esperabas cuando ya dabas ciertas cosas por perdidas.
Y eso me ha hecho bien.
También estoy contento en el trabajo.
Dentro de todo, siento que estoy cerrando cosas de la mejor forma que puedo.
Intentando dejarlo todo lo más ordenado posible, terminando tareas, dejando
encaminado lo que todavía está empezando. Sé que habrá cosas que se quedarán
sin hacer, porque siempre las hay, pero también sé que la gente con la que he
convivido allí todos estos años va a seguir adelante con todo lo que empezamos.
Y eso me tranquiliza.
Porque, de alguna manera, siento que
algo de mí se queda allí también. En el trabajo compartido, en los proyectos,
en las conversaciones infinitas del laboratorio, en los días buenos y en los
malos.
Y quizá eso es lo único que uno puede
pedir al final: haber formado parte de algo.
Aunque no todo está siendo tan sencillo
estos días.
He seguido quedando con muchos chicos
intentando llenar un poco el tiempo. Supongo que, buscando distracción, ruido y
momentos que me saquen de mi cabeza, aunque solo sea durante unas horas. Pero
me estoy dando cuenta de que probablemente ha sido un error. Porque al final,
incluso estando con otras personas, mi cabeza siempre termina volviendo al
mismo sitio.
A aquello que no pudo ser.
Y eso hace que después todo se sienta
más vacío todavía.
Creo que en el fondo no estoy buscando
realmente a nadie nuevo. Solo estoy intentando escapar de ciertas emociones que
siguen ahí aunque intente enterrarlas bajo conversaciones rápidas, cuerpos
desconocidos o noches que desaparecen al día siguiente.
Y cuando vuelvo a casa, todo sigue
exactamente igual.
Supongo que estos días son un poco eso:
un resumen de lo que ha sido mi vida.
Altibajos constantes.
Momentos de calma mezclados con miedo.
Instantes de felicidad atravesados por
una tristeza que nunca termina de irse del todo.
Pero hay algo que sí me está doliendo
especialmente estos días.
Echo muchísimo de menos a mi amigo.
A mi ancla.
Y creo que esa es una de las cosas que
más pena me dan de todo esto. Porque ya casi no hablamos. Apenas sé de su vida
y él tampoco sabe demasiado de la mía más allá de lo superficial. Y aunque
durante mucho tiempo intenté convencerme de que era simplemente la vida
avanzando, la realidad es que me duele muchísimo haber terminado así.
Porque si hay alguien que fue importante
de verdad en este camino, fue él.
Si de algo me arrepiento, es de que
nuestra relación acabara convirtiéndose en esto, en una distancia rara que
ninguno de los dos supo muy bien cómo cerrar. Pero supongo que aquel psicólogo
tenía razón cuando me dijo una vez que todo esto acababa quemando a la gente de
alrededor.
Y me da mucha rabia admitirlo, pero creo
que tenía razón.
No porque nadie tenga culpa, ni porque
él haya hecho nada mal, sino porque convivir tanto tiempo con alguien roto
también termina desgastando.
No sé si algún día leerá este blog o
aquella carta que le escribí aquí. Ojalá sí. Porque, aunque ahora todo sea
diferente, yo quiero quedarme con lo bueno. Con aquellos años en los que fue
fundamental para mí, con todas las veces que me sostuvo cuando no podía más,
con todo lo que construimos juntos.
Porque durante mucho tiempo fue parte de
mi familia elegida.
Y eso no desaparece del todo, aunque la
vida cambie.
No voy a escribir más estos días.
Creo que necesito silencio hasta
entonces.
Volveré el domingo, el día antes de ese
día, porque siento que todavía me queda una última cosa que decir aquí. Una
última entrada para cerrar este blog como se merece después de todo lo que ha
significado para mí.
Porque, al final, este lugar también ha
sido parte del camino
Comentarios
Publicar un comentario