Ir al contenido principal

La distancia que no se dice


Hoy me apetecía escribir aquí. No para cerrar nada, ni para continuar con las cartas, ni para darle un sentido especial a lo que está pasando, sino simplemente porque necesitaba contar cómo estoy. Me he dado cuenta de que ahora mismo este es el único lugar donde realmente me siento a gusto para hacerlo. No es algo que haya decidido conscientemente, simplemente ha ido pasando poco a poco, casi sin darme cuenta, hasta que un día te paras y ves que este espacio se ha convertido en eso que antes encontrabas en otros lugares. Desde que dejé de ir al psicólogo, algo me hace falta. No es solo la sesión en sí, no es solo sentarse y hablar durante un rato; es todo lo que había alrededor de eso: la sensación de poder decir lo que fuera sin medirlo, sin tener que pensar en cómo iba a afectar, sin tener que filtrar lo que sentía. Era un espacio donde podía ser completamente honesto, incluso cuando lo que tenía que decir no tenía sentido o era contradictorio. Y ahora que ya no está, noto ese vacío.

Pero no es solo eso. Con la gente que quiero también han cambiado las cosas. No sé exactamente en qué momento empezó a pasar ni si ha sido algo progresivo o si simplemente lo he percibido de golpe, pero las conversaciones ya no son como antes. Hay algo distinto, una especie de distancia que no sé explicar del todo. Antes, todo fluía sin esfuerzo; no hacía falta pensar qué decir ni cómo decirlo: todo salía por sí solo. Ahora, en cambio, muchas veces tengo la sensación de estar forzando las cosas, de empujar conversaciones que antes nacían solas. Y eso pesa más de lo que parece. Porque cuando eso cambia con la gente que más te importa, te hace replantearte muchas cosas. En medio de todo eso, este blog se ha quedado como el único lugar donde puedo decir las cosas tal y como las siento, sin medirlas, sin pensar demasiado en cómo van a caer, sin esa sensación constante de cargar a alguien con algo que no ha pedido.

Hoy he ido a mi sesión semanal de rehabilitación cognitiva y ha sido uno de esos días en los que algo parece mejorar. No ha sido algo espectacular ni un cambio radical, pero sí pequeños avances que se notan. Estoy empezando a recordar cosas que había olvidado, detalles pequeños, nombres, conexiones que hace unas semanas no aparecían por ningún lado. Y eso, aunque desde fuera pueda parecer poco, para mí es mucho. Es volver a recuperar pequeñas partes que pensaba que se habían perdido. Hay algo que me ha llamado especialmente la atención: llevo como dos semanas sin ser consciente de haber olvidado nada. No sé si realmente no ha pasado o si simplemente no me he dado cuenta, pero la sensación es distinta, más estable, más tranquila. Es como si, por un momento, todo se hubiera calmado un poco en mi cabeza.

Y, aun así, esa mejoría me da miedo. Me da miedo porque me hace ilusionarme, porque me hace pensar que quizá esto se puede frenar, que quizá estas pérdidas de memoria van a parar, que quizá no voy a seguir olvidando cosas importantes. Y no quiero hacerme esas ilusiones. No quiero confiarme; no quiero permitirme pensar que esto puede cambiar de verdad, porque sé cómo funciona esta enfermedad. Sé que cuando te relajas, cuando bajas la guardia, es cuando llega el golpe. Aunque intento mantener esa distancia, hoy me siento bien. Después de la sesión, aunque solo haya sido por un rato, he tenido esa sensación de normalidad que hacía tiempo que no aparecía. Como si algo dentro de mí hubiera vuelto a encajar, aunque solo fuera un poco, y eso se agradece más de lo que puedo explicar.

Y en medio de todo esto, hay algo más que también está pasando estos días y que creo que tengo que escribir aquí, aunque no me guste reconocerlo del todo. Llevo una semana quedando con muchos chicos, sin conocerlos apenas, simplemente para tener algo momentáneo, algo físico, algo que me saque de todo esto por un rato. No hay mucho más detrás; no hay intención de conocer a nadie de verdad ni de construir nada; es solo una forma de evadirme, de apagar la cabeza por un momento, de no pensar en todo lo demás. Y en el momento funciona. Durante ese rato me siento bien, distraído, como si todo lo demás se detuviera. Pero después no. Después, vuelvo a casa y la sensación es otra: más vacía, más pesada. Porque, en el fondo, sé que no es eso lo que necesito. Creo que lo que realmente me gustaría es poder sentarme a hablar con alguien, tener una conversación de verdad, sentir conexión con alguien sin tener que fingir. Pero también me da miedo. Miedo a volver a abrirme, a volver a confiar en algo así después de lo que han sido mis últimas experiencias. Y entonces vuelvo a lo mismo, a lo fácil, a lo inmediato, aunque sepa que no me llena.

Pero, como siempre pasa con todo esto, cuando parece que algún engranaje se engrasa y vuelve a rodar, otra parte se rompe. Y esta vez han sido las manos. Llevo una semana notando que me fallan mucho en las cosas simples del día a día. Agarrar algo y que se me caiga; notar que no tengo la misma coordinación, que los movimientos no son tan precisos como antes. Son pequeños fallos, pero constantes, y eso es lo que más me preocupa. Porque no es algo puntual: se repite y empieza a meterse en tu cabeza.

Tengo que hacer unos análisis en el laboratorio: unas muestras de mi mejor amigo. Algo que antes hacía casi de forma automática, sin pensar, con seguridad. Era una de esas cosas que no dudabas en hacer. Y ahora me cuesta solo imaginarme haciéndolo. He intentado coger algunos de los instrumentos que uso normalmente y la sensación no ha sido buena. Me noto inseguro, torpe, con miedo a fallar en algo que antes formaba parte de mí sin esfuerzo. Me da miedo no usarlos bien; me da miedo que se me caiga algo; me da miedo no estar a la altura en algo que siempre ha sido una de mis fortalezas.

Y no es solo por el trabajo en sí; es por lo que representa. Porque últimamente siento que con él solo hablamos de trabajo y no quiero fallarle ahí tampoco. Ya no es como antes. Supongo que todo esto también le ha agotado a él y lo entiendo; no es fácil estar al otro lado de algo así durante tanto tiempo. Pero, aun así, noto que las conversaciones son diferentes: más cortas, más funcionales, más centradas en lo que hay que hacer. Como si nos hubiéramos quedado en eso. También noto que ya no me cuenta sus cosas como antes. Hay veces que quedamos con otros amigos y me entero de cosas de las que no tenía ni idea: detalles de su vida, decisiones o momentos que antes me habría contado a mí primero, sin pensarlo. Y ahí es cuando me doy cuenta de que algo ha cambiado de verdad. No es solo una sensación mía. Pero lo entiendo. Al final, es muy complicado mantener una amistad con alguien que ya no puede seguir el ritmo, que se queda atrás y cuyo cerebro va rompiéndose en pequeños trozos. No es algo que se haga con mala intención; es simplemente la vida avanzando por un lado mientras yo me voy quedando en otro.

Y, dentro de todo lo que siento que estoy perdiendo, tampoco quiero perder ese espacio. Por eso me agarro a lo que queda. A poder seguir estando ahí cuando me necesita, a poder responder en lo único que parece que todavía funciona entre nosotros. Aunque sea desde ahí, aunque no sea como antes. Porque perder eso sería reconocer que ya no queda nada de lo que fuimos y todavía no estoy preparado para asumirlo.

Espero que esta sensación en las manos se pase pronto. No por mí, sino porque necesito seguir siendo útil en algo. Porque, tal y como están las cosas ahora, eso se ha vuelto importante, más de lo que me gustaría reconocer. Porque cuando todo lo demás empieza a tambalearse, uno se agarra a lo poco que queda firme, aunque sea solo para no quedarse completamente vacío.



Comentarios

Entradas populares de este blog

La fuerza del destino

Han transcurrido cinco meses desde la última vez que vertí mis pensamientos en este rincón digital, y hoy retorno a él impulsado por dos motivos fundamentales. El primero nace de la recomendación de mi psicólogo, con quien he estado trabajando diligentemente para comprenderme mejor y enfrentar los desafíos que la vida ha arrojado a mi camino. Pero no es únicamente esta sugerencia profesional la que me trae de vuelta a estas líneas. Siento una necesidad profunda de desahogarme aquí, aunque sea solo por esta vez, sin prometer continuidad. Este escrito servirá, al menos, para aligerar algunos de los pesares que me han estado abrumando últimamente. Para dar algo de contexto, he atravesado una depresión que casi me consume por completo. Aunque he recorrido un largo camino hacia la mejoría, la oscuridad aún no ha abandonado del todo mi horizonte. A esto se suma la angustia por la grave situación de salud de mi padre, una realidad que me ha forzado a replantear muchas cosas en mi vida, temas ...

Lo que aún soy capaz de decir

Hoy me ha pasado algo que todavía estoy procesando, algo que hace unos meses me habría dejado temblando. He coincidido en el metro con el chico con el que estuve quedando hace un tiempo, ese mismo que un día me dijo, sin que le temblara la voz, que con mi esclerosis nadie querría nada conmigo más que encuentros puntuales, que nadie “hipotecaría su vida” por alguien destinado, según él, a terminar postrado en una silla. Aquel comentario me atravesó y me hundió; me hizo sentir pequeño, insignificante, una carga incluso antes de serlo. Durante mucho tiempo creí que llevaba razón, que quizá yo no era más que una vida en pausa que nadie querría compartir. Hoy, en ese vagón lleno donde casi no cabía un alma más, me lo he encontrado. Ni siquiera me saludó: simplemente empezó a rozarse contra mí, como si nada hubiera pasado, como si tuviera algún derecho sobre mí. Le pedí que parara, pero siguió, así que me bajé en la siguiente estación solo para quitármelo de encima. En el andén vino detrás y...

Cien latidos

Cien textos. Cien momentos en los que escribir fue lo único que pude hacer cuando todo lo demás me sobrepasaba. No siempre tuve fuerzas, y muchas veces no encontraba sentido alguno, pero incluso en los días más rotos, o precisamente en ellos, algo dentro de mí necesitaba salir, ser dicho, narrarse, aunque fuera al vacío. Como si poner palabras fuera, todavía, la única forma posible de seguir existiendo sin romperme del todo. No hay victoria aquí, ni redención. No hay moraleja de superación ni aplausos por haber llegado tan lejos. Lo único que puedo afirmar con certeza es que sigo, más cansado, con un cuerpo que se desmorona por dentro y una mente que hace tiempo que dejó de estar del todo entera, pero sigo. Y eso, con esta enfermedad, ya es mucho más de lo que parece. No recuerdo el momento exacto en el que decidí empezar este blog, solo sé que necesitaba un sitio donde volcar todo lo que no podía decir en voz alta. No buscaba consuelo, ni comprensión, ni siquiera compañía. Solo necesi...