Hace tiempo que no escribo por aquí. La
verdad es que necesitaba tomar distancia durante un tiempo. Después de tantos
meses escribiendo sobre la enfermedad, sobre el miedo, sobre la pérdida de
memoria, sobre las personas que han ido pasando por mi vida y sobre todo lo que
me removía por dentro, sentí la necesidad de guardar silencio y simplemente
vivir lo que estaba ocurriendo. Y han pasado muchas cosas desde entonces. La
más importante fue aquel día, el día en que conseguí mi plaza indefinida como
profesor en la universidad. Todavía me cuesta escribirlo sin emocionarme un
poco. Durante años esa plaza se convirtió en una especie de horizonte, en algo
que estaba siempre delante de mí, empujándome a seguir incluso cuando no tenía
fuerzas. Mucha gente lo veía simplemente como un trabajo, un paso lógico dentro
de una carrera profesional, algo que tarde o temprano acabaría llegando. Pero
para mí nunca fue solo eso. Para mí representaba todas las veces que seguí
adelante cuando mi cuerpo me pedía parar, todas las noches en las que estudié o
trabajé sin saber si al día siguiente sería capaz de rendir igual, todos los
brotes, todas las revisiones y todos los momentos en los que pensé que no iba a
llegar. Ese día, cuando por fin lo conseguí, sentí algo muy difícil de
explicar. Fue felicidad, pero también alivio. Durante unas horas tuve la
sensación de que todo lo que había pasado tenía sentido, como si todos aquellos
años de lucha, de esfuerzo y de miedo hubieran desembocado en ese instante
concreto. Aquel día había pensado que todo terminaba ahí y, sin embargo,
ocurrió algo que no esperaba. Por primera vez en mucho tiempo me pregunté si
quizá las cosas podían mejorar, si tal vez el hecho de haber llegado podía
cambiar algo dentro de mí, si era posible volver a construir algo después de
alcanzar aquello que llevaba tanto tiempo persiguiendo.
Desde entonces han llegado días
extraños, llenos de altibajos. Porque algunas cosas han mejorado y otras no.
Quizá la noticia más positiva es que mis problemas de memoria parecen haberse
calmado. Hace casi dos meses que no soy consciente de haber olvidado nada
importante. Dos meses. Es una cifra que me habría parecido imposible no hace mucho.
Durante tanto tiempo viví con el miedo constante a olvidar personas,
conversaciones, recuerdos o incluso momentos fundamentales de mi vida, que
ahora me resulta extraño levantarme sin esa preocupación. En rehabilitación
cognitiva incluso me dieron el alta. Todavía me cuesta creerlo. Durante meses
aprendí a convivir con la idea de que mi cabeza podía fallarme en cualquier
momento. Aprendí a dejar notas por todas partes, a revisar fotografías para
reconstruir recuerdos y a dudar constantemente de si algo había ocurrido
realmente o si simplemente lo estaba confundiendo. Ahora, por primera vez en
mucho tiempo, puedo descansar un poco respecto a eso. No sé cuánto durará. No
sé si volverá mañana, dentro de un mes o dentro de un año. Pero por ahora puedo
respirar. Y eso ya es mucho más de lo que me habría atrevido a pedir hace unos
meses.
Sin embargo, esta enfermedad siempre
encuentra la forma de recordarte que sigue ahí. Hace unas semanas volví a tener
un pequeño brote. Nada relacionado con la memoria esta vez. Fueron las piernas.
Volvieron esos dolores punzantes que conocía demasiado bien, esas noches en las
que dormir se convierte en una negociación constante con el dolor, esos
momentos en los que recuerdas que por muy bien que hayan ido algunas cosas, el
monstruo sigue viviendo contigo. Y precisamente en mitad de todo eso apareció
algo que no esperaba: una oportunidad. Otro ensayo clínico. Mi neuróloga me
habló de él y ni siquiera necesité pensarlo. Le dije que sí inmediatamente,
porque cuando llevas tantos años conviviendo con algo así, cualquier
posibilidad de frenar el avance de la enfermedad se convierte en una puerta que
necesitas intentar abrir. Y volvieron las pruebas, las resonancias, los
análisis, las revisiones y las entrevistas. Algunas de ellas incómodas, otras
agotadoras, pero no me importaba. Durante todo ese proceso solo tenía una idea
en la cabeza: merecerá la pena. Necesitaba creerlo. Necesitaba pensar que quizá
esta vez sí, que quizá esta vez habría una oportunidad para cambiar algo del
rumbo que parecía marcado desde hacía tanto tiempo.
Pero volvió a salir mal. Por segunda vez
me han rechazado en un ensayo clínico. Recuerdo perfectamente la conversación
con mi neuróloga. Me dijo que si aparecía alguna otra opción me avisaría
inmediatamente, pero también me explicó algo que ya sospechaba: que mi
situación clínica es complicada, que la mayoría de los estudios están enfocados
a fases más tempranas de la enfermedad. Y entonces pronunció una palabra que
todavía sigue resonando en mi cabeza. Terminal. No la dijo con crueldad ni con
dramatismo. Simplemente era una descripción médica. Pero escucharla duele.
Duele mucho más de lo que imaginaba. Porque, aunque uno conviva con la
enfermedad todos los días y sepa perfectamente cuál es su situación, hay
palabras que tienen un peso especial cuando las escuchas en voz alta. Y esa es
una de ellas. Desde que me diagnosticaron, esta enfermedad siempre ha funcionado
igual. Supero un brote, recupero esperanza, empiezo a creer que quizá las cosas
pueden mejorar y entonces vuelve a golpear. Una y otra vez. Como si no quisiera
dejarme olvidar que sigue ahí.
Ahora mismo estoy intentando centrarme
en otra cosa. Estoy poniendo todos mis esfuerzos en volver a estar bien, en
volver a encontrarme y en intentar ser una versión más parecida a la persona
que fui durante tantos años. No solo por mí, también por la gente que quiero.
Porque sé que ellos merecen verme sonreír de verdad. Y lo intento. De verdad
que lo intento. Intento volver a disfrutar de las pequeñas cosas, recuperar
ciertas rutinas y hacer planes sin pensar constantemente en todo lo que puede
salir mal. Pero este último golpe me ha afectado mucho más de lo que aparento.
Muchísimo más. Quizá porque durante unas semanas me permití creer que esta vez
iba a ser diferente. Quizá porque, después de conseguir la plaza, me atreví a
imaginar que todavía quedaban cosas buenas esperándome más adelante. O quizá
simplemente porque cada vez cuesta más levantarse después de ciertas
decepciones.
Hoy, por ejemplo, era el cumpleaños de
mi sobrino. Y ha sido un día bonito. He estado con él, le he visto soplar las
velas, correr, reír y disfrutar con esa felicidad tan sencilla que tienen los
niños. Durante un rato conseguí olvidarme de todo. Conseguí estar presente y
disfrutar simplemente de verle feliz. Pero después tuve que volverme a casa.
Porque sentía que no podía seguir allí. Porque notaba que en cualquier momento
iba a romperme. Y no quería hacerlo delante de ellos. No quería que nadie
tuviera que cargar con eso. No quería que un día bonito terminara teñido por mi
tristeza. Así que me fui. Y ahora estoy aquí, escribiendo otra vez, volviendo a
este lugar que tantas veces me ha servido de refugio. Porque, aunque muchas
cosas hayan cambiado, aunque la vida siga avanzando y aunque yo siga intentando
encontrar mi sitio dentro de todo esto, hay algo que permanece igual. Cuando ya
no sé dónde colocar todo lo que siento, cuando intento mantenerme fuerte para todos
y ya no puedo más, siempre termino regresando aquí. A estas páginas. A este
rincón. A mi lugar seguro.
Hay algo que he descubierto en estos
últimos meses y que antes no habría sabido explicar. Quiero vivir, ahora más
que nunca. Puede sonar extraño después de todo lo que he escrito aquí, después
de tantos años hablando del miedo, del dolor y del cansancio, pero es verdad.
Quiero vivir. Lo que ocurre es que ya no quiero hacerlo de cualquier manera. No
quiero limitarme a ir sobreviviendo entre brotes, decepciones y la sensación
constante de estar perdiendo partes de mí por el camino. Quiero poder encontrar
momentos de paz, sentir que todavía hay algo que merece la pena y dejar de
estar siempre luchando contra todo. Porque estoy cansado. Muy cansado. Hay un
desgaste que se va acumulando con los años y que resulta difícil explicar a
quien no lo ha vivido. A veces siento que llevo demasiado tiempo resistiendo,
demasiado tiempo apretando los dientes para seguir adelante. Y más que
rendirme, lo que deseo es descansar un poco de esa batalla constante que llevo
librando tanto tiempo dentro de mí.
Durante mucho tiempo me dolió sentir que
todo el mundo avanzaba mientras yo me quedaba atrás. Veía a la gente que quiero
construir sus vidas, hacer planes, crecer profesionalmente, formar familias,
encontrar nuevas ilusiones o simplemente seguir adelante con una naturalidad
que yo había perdido. Sentía que cada vez me costaba más seguir ese ritmo, como
si estuviera observando desde una estación a todos los trenes partir mientras
yo seguía sentado en el andén. Y eso me generaba tristeza, frustración e incluso
cierta sensación de fracaso. Pero últimamente empiezo a verlo de otra manera.
Quizá porque me doy cuenta de que la vida no consiste en correr todos la misma
carrera ni en llegar al mismo sitio al mismo tiempo. Las personas que quiero
han seguido construyendo sus caminos, y eso es algo bueno. Me alegra verlos
avanzar, verlos encontrar motivos para seguir adelante. Tal vez yo ya no pueda
acompañarlos como antes ni compartir con ellos todas las etapas de sus vidas,
pero eso no significa que el cariño, los recuerdos o todo lo vivido juntos
desaparezcan. Simplemente significa que los caminos cambian. Y aceptar eso,
aunque duela, también me está enseñando una forma distinta de encontrar algo de
paz, una paz de pensar que puedo irme y nada va a cambiar.
Comentarios
Publicar un comentario