Ir al contenido principal

Otra puerta cerrada

Hay días en los que uno ya sabe cuál va a ser la respuesta antes incluso de escucharla. Ayer iba camino del hospital con esa sensación. Intentaba convencerme de que no me hiciera ilusiones, de que era mejor ir preparado para otro "no", porque así dolería menos. Pero, por mucho que uno se repita eso una y otra vez, siempre queda una pequeña parte que sigue esperando que esta vez sea diferente. Una parte muy pequeña, casi escondida, pero suficiente para que, cuando la puerta vuelve a cerrarse, el golpe siga siendo igual de fuerte.

Ayer recibí la tercera negativa para entrar en un ensayo clínico.

Otra vez.

Otra vez las pruebas.

Otra vez las analíticas, las revisiones, las llamadas, la espera.

Otra vez permitirme imaginar, aunque solo fuera durante unos días, que quizá esta vez habría una oportunidad para cambiar el rumbo de la enfermedad.

Y otra vez volver a casa exactamente igual que salí, pero con un poco menos de esperanza.

No culpo a nadie. Sé que estas decisiones dependen de criterios médicos y que no hay nadie sentado al otro lado queriendo hacerme daño. Lo entiendo perfectamente. Pero entenderlo no hace que duela menos. Cada vez que aparece un ensayo clínico siento que se abre una pequeña ventana y, durante unos días, me permito pensar que quizá todavía queda una posibilidad. Que quizá aún existe un camino que no hemos recorrido. Y cada vez que esa ventana vuelve a cerrarse, tengo la sensación de volver exactamente al mismo sitio del que intentaba salir.

Empiezo a sorprenderme teniendo pensamientos que no me gustan. Hay momentos en los que me pregunto si todo esto tiene algún sentido. Si existe algún motivo para que tantas cosas salgan mal una detrás de otra. A veces incluso aparece esa idea tan injusta de que quizá me lo merezco, de que no puede ser casualidad que tantas puertas se cierren delante de mí. Después intento verlo con un poco más de calma y me doy cuenta de que probablemente no sea más que el dolor hablando. Cuando uno recibe golpe tras golpe, la cabeza termina buscando explicaciones donde quizá no las hay. Pero eso no evita que, durante unos minutos, esa pregunta se instale dentro de mí y cueste mucho hacerla desaparecer.

Como si eso no fuera suficiente, estos días también he conseguido sacar a la luz algo de mi pasado que llevaba demasiado tiempo guardado. Me ha costado años ser capaz de ponerle palabras. No voy a entrar en detalles aquí. Algunos ya intuís de qué hablo porque lo he mencionado de pasada en otras entradas, pero hay historias que prefiero que no queden escritas para siempre en este blog. No porque no formen parte de mí, sino porque hay heridas que pertenecen únicamente a quien las ha vivido.

Pensé que verbalizarlo me haría sentir un poco más ligero. Que compartir ese peso, aunque solo fuera con una persona, me permitiría respirar mejor. Sin embargo, ahora mismo siento justo lo contrario. Tengo la sensación de haber abierto una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada y no sé si estaba preparado para enfrentarme a todo lo que había detrás. Incluso me descubro pensando que quizá habría sido mejor seguir callándolo. Que, cada vez que intento contar lo que realmente me duele, las cosas terminan complicándose todavía más.

Es curioso. Llevo mucho tiempo diciendo que necesito hablar, que necesito dejar de cargar con todo yo solo. Y cuando por fin consigo hacerlo, abrirme para contar algo que me cambió, peor incluso que la esclerosis, no recibí la respuesta cálida que esperaba. Aparece inmediatamente otra voz dentro de mí diciéndome que ha sido un error. Que tendría que habérmelo guardado. Que quizá algunas cosas es mejor no removerlas nunca. Supongo que el miedo también funciona así. Durante tanto tiempo protegí ciertas partes de mi historia que ahora me cuesta creer que puedan salir a la luz sin romper algo por el camino.

Ahora mismo me siento solo. Muy solo. No porque no haya personas alrededor, sino porque ninguna ocupa el lugar que desearía que ocupara. Sigo hablando con mi psicólogo porque, sinceramente, es la única persona con la que siento que puedo decir ciertas cosas sin necesidad de traducirlas antes. Y aun así, si soy completamente honesto, tampoco es con él con quien desearía tener esta conversación. Hay otras personas con las que me gustaría poder sentarme, hablar durante horas y decirles simplemente: "hoy no puedo más". Pero las cosas ya no son como antes y quizá esa sea una de las partes que más me cuesta aceptar.

Estoy agotado. Física y emocionalmente. Hay días en los que la enfermedad pesa, otros en los que pesan los recuerdos y otros en los que pesa simplemente levantarse por la mañana sin saber muy bien hacia dónde caminar. Hoy siento que pesa todo al mismo tiempo. Me gustaría decir que sé cómo seguir, pero la verdad es que ahora mismo no lo sé. Solo sé que necesitaba volver aquí, a este rincón que tantas veces me ha servido para ordenar el ruido que llevo dentro. Porque, aunque hoy no haya encontrado respuestas, escribir sigue siendo la única forma que conozco de impedir que todo este vacío se quede únicamente dentro de mí.

Normalmente termino cada entrada de este blog con una canción. Siempre he intentado encontrar alguna que resumiera mejor que yo lo que sentía al escribir estas líneas, como si la música pudiera completar aquello a lo que las palabras no llegaban. Hoy no va a ser así. No porque no existan canciones para un día como este, sino porque estoy demasiado cansado para seguir buscándolas. Supongo que hay momentos en los que el silencio también dice cosas. Así que, por primera vez desde que empecé este blog, esta entrada se queda sin banda sonora. Quizá porque hoy no la necesito. O quizá porque, sencillamente, ya no me quedan fuerzas para seguir buscándola.

Comentarios

Entradas populares de este blog

La fuerza del destino

Han transcurrido cinco meses desde la última vez que vertí mis pensamientos en este rincón digital, y hoy retorno a él impulsado por dos motivos fundamentales. El primero nace de la recomendación de mi psicólogo, con quien he estado trabajando diligentemente para comprenderme mejor y enfrentar los desafíos que la vida ha arrojado a mi camino. Pero no es únicamente esta sugerencia profesional la que me trae de vuelta a estas líneas. Siento una necesidad profunda de desahogarme aquí, aunque sea solo por esta vez, sin prometer continuidad. Este escrito servirá, al menos, para aligerar algunos de los pesares que me han estado abrumando últimamente. Para dar algo de contexto, he atravesado una depresión que casi me consume por completo. Aunque he recorrido un largo camino hacia la mejoría, la oscuridad aún no ha abandonado del todo mi horizonte. A esto se suma la angustia por la grave situación de salud de mi padre, una realidad que me ha forzado a replantear muchas cosas en mi vida, temas ...

Lo que aún soy capaz de decir

Hoy me ha pasado algo que todavía estoy procesando, algo que hace unos meses me habría dejado temblando. He coincidido en el metro con el chico con el que estuve quedando hace un tiempo, ese mismo que un día me dijo, sin que le temblara la voz, que con mi esclerosis nadie querría nada conmigo más que encuentros puntuales, que nadie “hipotecaría su vida” por alguien destinado, según él, a terminar postrado en una silla. Aquel comentario me atravesó y me hundió; me hizo sentir pequeño, insignificante, una carga incluso antes de serlo. Durante mucho tiempo creí que llevaba razón, que quizá yo no era más que una vida en pausa que nadie querría compartir. Hoy, en ese vagón lleno donde casi no cabía un alma más, me lo he encontrado. Ni siquiera me saludó: simplemente empezó a rozarse contra mí, como si nada hubiera pasado, como si tuviera algún derecho sobre mí. Le pedí que parara, pero siguió, así que me bajé en la siguiente estación solo para quitármelo de encima. En el andén vino detrás y...

Una cicatriz más

  El brote ha pasado. Hoy, después de días de parálisis, he podido volver a ponerme de pie. He vuelto a andar, a mover el brazo, a sentir que mi cuerpo me obedece, aunque sea a medias, aunque sea con torpeza. No puedo negar que estoy feliz: volver a caminar después de haber estado atrapado en la cama se siente como un milagro pequeño. Algo que antes era tan natural, dar un paso, levantar un vaso, abrocharme una chaqueta, hoy me sabe a regalo. Podría decir que me siento libre, pero no sería del todo cierto. Lo que siento es una mezcla extraña: alivio por recuperar algo tan básico como moverme y, al mismo tiempo, miedo de saber que volveré a perderlo. Es como recibir un préstamo con fecha de caducidad. Y esa certeza empaña incluso la alegría. Porque este brote, como todos, ha dejado su marca. Ha dejado una cicatriz sobre una herida grande que ya tenía desde hace tiempo. La herida de saber que la enfermedad no perdona, que siempre vuelve, que cada mejoría es solo un paréntesis. La...