Creo que ya he tomado una decisión. Llevo semanas dándole vueltas, intentando convencerme de que quizá solo era una mala época, que necesitaba descansar un poco o dejar pasar el tiempo antes de hacer nada importante. Pero cuanto más pasan los días, más claro tengo que no es algo impulsivo. Es una decisión que ha ido creciendo muy despacio, casi sin que me diera cuenta, hasta el punto de que ya no puedo seguir ignorándola. El lunes he programado un correo. No es un correo cualquiera. Es el correo con el que voy a dejar mi trabajo. Es extraño escribir esa frase después de todo lo que ha significado para mí llegar hasta aquí. Durante años viví con un único objetivo: conseguir mi plaza en la universidad. Todo giraba alrededor de eso. Cada brote, cada noche sin dormir, cada vez que pensaba que la enfermedad me estaba quitando demasiado, encontraba fuerzas diciéndome que tenía que aguantar un poco más, que todavía quedaba una meta por alcanzar. Y la alcancé. Por eso entiendo perfectamente que, visto desde fuera, esto pueda parecer una locura. Hay personas que darían cualquier cosa por estar en mi lugar. Yo mismo habría dado cualquier cosa hace unos años por poder escribir que había conseguido una plaza indefinida. Pero el tiempo también me ha enseñado que alcanzar un objetivo no siempre significa encontrar el lugar al que perteneces.
Mi vida, por la enfermedad, probablemente no vaya a ser tan larga como un día imaginé. Esa realidad ya no me asusta tanto como antes; simplemente forma parte de mí. Precisamente por eso siento que no quiero invertir el tiempo que tengo viviendo en un sitio donde hace mucho que dejé de reconocerme. No quiero quedarme solo porque desde fuera parezca la decisión más lógica. Si algo me ha enseñado todo este camino es que el tiempo es demasiado valioso para vivir una vida que ya no sientes como propia. Lo que tenía aquí ya no existe. Y no hablo del trabajo. Hablo de la vida que había construido alrededor de él. Durante mucho tiempo sentí que ocupaba un lugar importante en la vida de las personas que quería. Sentía que formaba parte de sus días, de sus planes y de sus conversaciones. No porque todo girara alrededor de mí, sino porque había una cercanía que nacía de forma natural. Con el paso del tiempo esa sensación ha ido cambiando. La vida de todos ha seguido avanzando, como es normal, y yo he tenido la impresión de ir quedándome poco a poco al margen. No creo que nadie me haya apartado deliberadamente. Simplemente las personas cambian, aparecen nuevas prioridades y los caminos dejan de cruzarse con la misma frecuencia. Pero esa sensación pesa. Porque llega un momento en el que empiezas a preguntarte si sigues ocupando un lugar o si simplemente permaneces por costumbre. Hace unos años me habría costado muchísimo escribir esto. Hoy creo que necesito ser honesto conmigo mismo. No me siento bien aquí y no quiero seguir intentando convencerme de lo contrario solo porque, objetivamente, tenga una buena vida.
Y quizá donde más noto ese cambio es en mi ancla. Hace ya mucho tiempo escribí una entrada entera sobre lo que significaba esa palabra para mí. Era la persona que me mantenía a flote cuando todo alrededor parecía hundirse, la que conseguía orientarme cuando la enfermedad me hacía perder el norte. Siempre pensé que un ancla era algo indestructible, algo que permanecía ahí pasara lo que pasara. Pero con los años me he dado cuenta de que incluso un ancla puede desgastarse si uno se apoya demasiado en ella. Y creo que eso es exactamente lo que ha ocurrido. De tanto necesitar refugiarme en él, de tantos años compartiendo el peso de esta enfermedad y de todas las dudas que han venido con ella, siento que he terminado resquebrajando aquello que precisamente me mantenía a flote.
Ya no hablamos como antes. Aquellas conversaciones interminables que podían ocupar una tarde entera se han ido convirtiendo en mensajes cada vez más breves, en respuestas que llegan cuando ambos podemos y en silencios que antes no existían. Muchas veces las conversaciones más largas que tenemos ahora son porque necesita algo de mí relacionado con el trabajo o porque hay algún tema práctico que resolver. Hace mucho que no hablamos simplemente por el placer de hablar. También nos vemos muchísimo menos. Antes no hacía falta buscar un momento para coincidir; simplemente ocurría. Ahora parece que siempre hay algo que lo dificulta y cada vez cuesta más encontrar un hueco para compartir un rato juntos. Sé que la vida cambia para todos y que es normal que las amistades evolucionen, pero no puedo evitar echar de menos aquella cercanía que durante tantos años fue una de las cosas más importantes que tuve.
Y si soy sincero, creo que la culpa ha sido en gran parte mía. No he sabido cuidar esta amistad como merecía. He puesto demasiado peso sobre sus hombros durante demasiado tiempo y entiendo que eso también termina agotando a cualquiera. He intentado mantenerla a flote de todas las maneras que se me ocurrían, intentando seguir estando para él siempre que me necesitara, intentando que al menos pudiera seguir encontrando en mí al amigo que siempre quise ser. Pero tengo la sensación de que ya nada es igual. No porque haya dejado de quererle ni porque dude del cariño que nos hemos tenido durante todos estos años, sino porque siento que ya no le aporto nada bueno. Y esa es una de las cosas que más me duelen de todo este camino. Porque, si hay alguien con quien jamás quise convertirme en una carga, fue precisamente con la persona que durante tanto tiempo consiguió sostenerme cuando yo ya no era capaz de hacerlo solo.
La enfermedad ha cambiado muchas cosas de mí. Ha cambiado mi cuerpo, ha cambiado mi forma de entender el tiempo, ha cambiado mis prioridades y también ha cambiado a la persona que era. Durante mucho tiempo luché por conservar exactamente la misma versión de mí que existía antes del diagnóstico. Quería seguir siendo el mismo amigo, el mismo compañero, la misma persona que siempre estaba disponible para todo el mundo. Pero llega un momento en el que uno tiene que aceptar que algunas cosas no vuelven a ser iguales. Quizá parte del sufrimiento ha venido precisamente de intentar seguir viviendo una vida que pertenecía a alguien que ya no existe del todo. No quiero pasar el tiempo que me queda intentando recuperar una versión de mí que desapareció hace años. Prefiero descubrir quién soy ahora, aunque eso signifique empezar desde cero. Y quizá para hacerlo necesito marcharme. No porque espere encontrar una vida perfecta al otro lado, ni porque piense que cambiar de ciudad vaya a resolver todos mis problemas. Soy consciente de que la enfermedad viajará conmigo y de que muchas de las dudas que tengo hoy seguirán estando allí. Pero también sé que necesito dejar de comparar constantemente mi presente con el pasado. Necesito un lugar donde construir recuerdos nuevos en lugar de vivir rodeado de los antiguos, donde nadie espere de mí la persona que fui hace diez años y donde yo mismo pueda dejar de perseguir esa versión imposible de recuperar.
Hay una parte de mí que, sin embargo, sigue exactamente igual que siempre. La necesidad de cuidar a los demás. De escuchar. De intentar hacer la vida un poco más fácil a quien se cruza conmigo. Esa parte no ha desaparecido. Quizá sea lo único que la enfermedad no ha conseguido romper. Durante mucho tiempo pensé que mi sitio estaba aquí porque aquí estaban las personas a las que quería. Pero últimamente tengo la sensación de que ese lugar se ha ido desdibujando. No porque haya dejado de quererlas ni porque ellas sean peores personas que antes, sino porque la vida cambia para todos. Cada uno encuentra nuevos caminos, nuevas responsabilidades, nuevas ilusiones. Y yo siento que llevo demasiado tiempo intentando encajar en una vida que ya no termina de reconocerme. Quizá por eso necesito empezar de nuevo. No para escapar de nadie, sino para darme la oportunidad de descubrir si todavía existe un lugar donde pueda volver a sentir que pertenezco y donde esa forma de ser, esa necesidad de ayudar y acompañar a los demás, siga teniendo sentido.
No sé si esta decisión será la correcta. Puede que dentro de unos años descubra que me equivoqué. O puede que sea exactamente el cambio que llevaba demasiado tiempo necesitando. No tengo esa respuesta. Lo único que sé es que hacía mucho tiempo que no tomaba una decisión pensando realmente en mí y no en lo que los demás esperaban de mí. Y, aunque me dé miedo todo lo que viene por delante, también siento una pequeña ilusión que hacía mucho tiempo que no aparecía. Quizá porque, por primera vez en muchos años, no estoy intentando volver a quien fui, sino descubrir quién puedo llegar a ser a partir de ahora.
Comentarios
Publicar un comentario