Este fin de semana me ha dejado
agotado. Hay veces que la vida no necesita grandes tragedias para recordarte lo
frágil que es todo. Basta con una llamada, una noticia o un instante que aparece de
repente para ponerlo todo patas arriba. El viernes por la noche me tocó vivir
uno de esos momentos. Acababa de subir a casa después de pasear a mi perro
cuando ocurrió. Todo fue muy rápido. Le dio un síncope y, durante unos
segundos, me quedé completamente paralizado. No entendía qué estaba pasando.
Solo recuerdo la sensación de miedo al entrar de golpe, como si alguien hubiera
apagado todas las luces de la habitación. Estaba solo en casa. Me puse lo
primero que encontré, cogí las llaves y salí corriendo hacia la clínica
veterinaria. Durante el trayecto intentaba convencerme de que no sería nada
grave, que quizá era solo un susto, que al llegar le pondrían algún tratamiento
y volveríamos a casa. Pero cuando llegué allí y comenzaron a hacerle pruebas,
me di cuenta de que la situación era mucho más seria de lo que quería admitir.
Después de varias horas me
dijeron que tenían que dejarlo hospitalizado. Recuerdo perfectamente aquella
conversación. Me explicaron que estaba bastante grave y que no podían darme un
pronóstico favorable. Todo dependía de cómo pasara la noche. Incluso me dijeron
que quizá al día siguiente habría que tomar una decisión difícil. Hay frases
que uno escucha sin llegar a procesarlas del todo en el momento, y aquella fue
una de ellas. Mi perro lleva trece años conmigo. Trece años. Es difícil
explicar lo que significa eso para alguien que no ha compartido su vida con un
animal durante tanto tiempo. Ha estado presente en etapas completamente
distintas de mi vida. Me ha acompañado cuando las cosas iban bien y cuando iban
mal. Ha vivido conmigo cambios de trabajo, mudanzas, relaciones, pérdidas,
alegrías y enfermedades. Y mientras muchas cosas han ido cambiando con los
años, él siempre ha seguido ahí. Quizá por eso, cuando salí de la clínica
aquella noche, me quedé bloqueado. No fui capaz de volver a casa ni de pensar con
claridad. Simplemente me senté en un banco frente a la puerta y me quedé
mirando al vacío, porque en ese momento sentí que podía perder algo mucho más
importante de lo que la mayoría de la gente imaginaría.
Mi perro es probablemente la
única constante que queda en mi vida. Lo único que nunca ha cambiado. Lo único
que siempre ha estado ahí. Y pensé que no podía gestionar aquello solo.
Necesitaba a alguien. No alguien que me resolviera nada ni alguien que me dijera
que todo iba a salir bien. Simplemente alguien que se sentara a mi lado y
compartiera conmigo ese miedo. Así que escribí a las personas más cercanas de
mi vida. Pero era tarde. Algunos estaban ocupados, otros dormían y otros
simplemente no vieron el mensaje hasta horas después. Al final recibí respuesta
de la persona de la que menos lo esperaba. La misma persona que hace unos meses
me hizo pensar que todavía podía enamorarme. La misma persona que removió cosas
que creía apagadas. La misma persona con la que todo terminó saliendo mal. Sin
embargo, aquella noche respondió y no dudó en venir.
Cuando llegó consiguió calmarme.
Hablamos, me escuchó y me ayudó a salir de aquel bloqueo en el que me había
quedado atrapado. Durante un rato sentí alivio. Después de todo lo ocurrido,
alguien había aparecido cuando lo necesitaba. Acabamos en su casa y allí,
cuando por fin me había calmado un poco, cuando el miedo había bajado y
simplemente necesitaba descansar después de horas de tensión, me di cuenta de
que no estábamos buscando lo mismo. Mientras yo necesitaba compañía, él buscaba
algo diferente. Y sentí un rechazo inmediato. No porque hubiera hecho nada malo
ni porque hubiera ninguna mala intención detrás. Simplemente porque yo no
estaba allí para eso. No necesitaba sexo. No necesitaba distraerme. No
necesitaba llenar ningún vacío de esa manera. Lo que necesitaba era un amigo.
Nada más. Así que cogí mis cosas y me fui. Y durante el camino de vuelta me
sentí profundamente triste. No por él, ni siquiera por lo que había ocurrido.
Me sentí triste porque me di cuenta de hasta qué punto necesitaba apoyo aquella
noche y porque durante unas horas había creído haberlo encontrado. Quizá fui
ingenuo. Quizá interpreté las cosas de otra manera. No lo sé. Lo único que sé
es que volví a casa sintiéndome más solo de lo que me había sentido al salir de
la clínica.
Por suerte, al día siguiente
llegaron buenas noticias. Mi perro respondió bien al tratamiento. Las pruebas
fueron mejores de lo esperado y finalmente pude traerlo de vuelta a casa. Ahora
mismo sigue aquí, dormido a mi lado mientras escribo estas líneas. Sé que es
mayor. Sé que el tiempo ya no juega a nuestro favor. Sé que algún día llegará
ese momento que llevo años intentando no pensar. Pero no ha sido todavía. Y por
eso me siento agradecido. Porque voy a poder seguir disfrutando un poco más de
él. Un paseo más. Una tarde más. Un día más. A veces, cuando sientes que has
perdido tantas cosas por el camino, aprendes a valorar de una forma distinta
aquello que todavía permanece contigo.
Todo esto me ha hecho pensar
mucho durante el fin de semana. Sobre las personas, sobre las expectativas,
sobre la soledad y sobre cómo afrontamos los momentos difíciles. Hay veces que
uno cree que tiene muy claro quién estará ahí cuando las cosas se compliquen, y
la vida termina demostrando que no siempre funciona como imaginamos. Y, aun
así, también hay algo que he aprendido estos días: que el miedo hace que todo
parezca más definitivo de lo que realmente es. Aquella noche, sentado frente a
la clínica, sentí que estaba perdiéndolo todo al mismo tiempo. Hoy, con mi
perro de nuevo en casa, veo las cosas de otra manera. Sigo teniendo dudas. Sigo
sintiéndome cansado muchas veces. Sigo intentando encontrar mi sitio entre todo
lo que ha cambiado en los últimos años.
Y como si todo esto no hubiera
sido suficiente para removerme por dentro, estas últimas semanas también ha
reaparecido algo que creía enterrado. Hace tiempo tuve problemas con un
psicólogo con el que terminé muy mal. Fue una de esas experiencias que te hacen
perder la confianza en alguien que, en teoría, estaba ahí para ayudarte. Con el
paso de los años había conseguido dejar aquello atrás. Había dejado de pensar
en él, había conseguido que dejara de ocupar espacio en mi cabeza y había
aceptado que algunas heridas no merecen seguir abiertas para siempre. Sin
embargo, hace unas semanas volvió a aparecer. Empecé a recibir correos suyos de
nuevo. No sé muy bien por qué. No sé qué pretende ni qué busca exactamente. Lo
único que sé es que cada vez que veo uno de esos mensajes siento cómo vuelven
sensaciones que creía superadas.
Lo que más me inquieta no es que
me escriba. Lo que realmente me duele es la forma en la que lo hace. Conoce
demasiadas cosas de mí. Conoce miedos, inseguridades, momentos muy concretos de
mi vida y sabe perfectamente qué palabras utilizar para hacer daño. Hay frases
que, vistas desde fuera, podrían parecer insignificantes, pero que cuando
vienen de alguien que conoce ciertas partes de tu historia se convierten en
auténticos golpes. Intento convencerme de que su opinión no debería importarme,
de que hace años que dejó de formar parte de mi vida y de que nada de lo que
diga puede cambiar quién soy o lo que he vivido. Pero mentiría si dijera que no
me afecta. Hay cosas que leo y que consiguen quedarse conmigo durante días.
Cosas que me hacen dudar, que me obligan a volver sobre heridas que llevaba
mucho tiempo intentando cerrar.
Además, hay algo que me
desconcierta especialmente. Hay detalles que aparecen en esos correos que no
entiendo cómo puede conocer. Hace años que no hablo con él. Años. Y la única
persona que en algún momento también tuvo contacto con él es alguien por quien
pondría la mano en el fuego. No porque quiera creerlo, sino porque le conozco.
Porque sé que jamás me traicionaría ni me haría daño de forma consciente. Por
eso cada vez que aparece alguna referencia que parece demasiado específica, me
quedo dándole vueltas sin encontrar una explicación lógica. Y esa incertidumbre
es casi tan desagradable como los propios mensajes.
Quizá por eso he pensado mucho en
este blog durante estos días. Hubo un momento en el que decidí cambiarlo todo,
incluso el dominio, precisamente para proteger este espacio. Necesitaba sentir
que seguía teniendo un lugar donde poder escribir sin miedo, un rincón donde
poder ser completamente honesto sin tener que mirar constantemente por encima
del hombro. Siempre he hablado de este blog como mi lugar seguro. El sitio al
que vuelvo cuando no sé dónde colocar lo que siento. Pero ahora, por primera
vez en mucho tiempo, incluso eso me genera dudas. No porque tenga pruebas de
nada, sino porque cuando alguien consigue hacerte sentir observado durante
tanto tiempo, terminas cuestionando incluso aquellos lugares que siempre
consideraste tuyos.
Y supongo que eso es lo que más
rabia me da de todo. No el contenido de los correos. No las palabras. Sino
permitir que vuelvan a ocupar espacio dentro de mí después de tantos años.
Haber conseguido olvidar aquello y descubrir que todavía tiene la capacidad de
remover cosas que creía resueltas. Intento recordarme que no tiene ningún poder
real sobre mi vida. Que lo que soy hoy no lo define alguien que desapareció
hace años. Pero hay días en los que cuesta más de lo que me gustaría admitir.
Días en los que ciertas palabras encuentran la grieta adecuada y consiguen
hacer daño. Y quizá por eso necesitaba escribirlo aquí. Porque si este sigue
siendo mi lugar seguro, quiero seguir creyendo que las cosas que me hacen daño
pierden parte de su fuerza en el momento en que las saco de mi cabeza y las
dejo escritas sobre estas páginas.
Comentarios
Publicar un comentario