Ir al contenido principal

¿Y ahora qué?

 

Hay una pregunta que lleva unas semanas rondándome la cabeza y de la que no consigo escapar. ¿Y ahora qué? Durante años toda mi vida giró alrededor de un objetivo muy concreto. Aguantar un poco más. Resistir un brote más. Superar un obstáculo más. Llegar a conseguir esa plaza que tantas veces he mencionado aquí y demostrarme a mí mismo que la enfermedad no iba a poder quitarme también eso. Lo conseguí. Después de tantos años de esfuerzo, de incertidumbre y de días en los que pensaba que no llegaría, por fin lo conseguí. Y, sin embargo, desde entonces siento un vacío que no esperaba encontrar. Es como si hubiera estado escalando una montaña durante años, convencido de que al llegar a la cima encontraría todas las respuestas, y al mirar alrededor me hubiera dado cuenta de que la montaña termina ahí, sin indicarte cuál es el siguiente camino.

Es una sensación extraña, porque debería sentirme satisfecho. Y, en parte, lo estoy. Nadie me puede quitar ese logro ni todo lo que he tenido que pasar para conseguirlo. Pero también me he dado cuenta de que ese objetivo era lo que daba estructura a mis días. Siempre había algo por lo que seguir peleando. Siempre podía decirme: "aguanta un poco más, cuando llegue ese momento todo habrá merecido la pena". Ahora ese momento ya ha llegado y me descubro levantándome muchos días sin saber exactamente hacia dónde quiero ir. No es que haya perdido las ganas de vivir. Es que siento que he perdido el rumbo.

Es un tema del que he hablado muchas veces con mi psicólogo. Siempre me decía que tengo una forma muy particular de entender las relaciones con los demás. Tengo la necesidad casi constante de estar ahí para la gente que quiero. Si alguien tiene un problema, intento ayudar. Si necesitan cualquier cosa de mí, hago todo lo posible por estar disponible. Si puedo aliviar aunque sea un poco el peso que llevan encima, siento que tengo que hacerlo. Lo curioso es que eso me sale de forma completamente natural, incluso cuando soy yo quien peor está. La esclerosis ha hecho que necesitara ayuda muchas veces a lo largo de estos años, pero casi siempre he preferido callarme y seguir ocupándome de los demás antes que reconocer que también necesitaba que alguien se ocupara un poco de mí.

Muchas veces me he preguntado por qué soy así y creo que, poco a poco, he encontrado la respuesta. Siempre he querido que la gente me quiera por quien soy y no por la enfermedad que tengo. Nunca he querido sentir que alguien permanece a mi lado por pena, por obligación o porque piensa que tiene que hacerlo. Quiero que estén porque realmente quieren compartir su tiempo conmigo, porque les apetece llamarme, quedar o simplemente sentarse a hablar durante un rato. Quizá por eso me cuesta tanto pedir ayuda. Porque, en el fondo, siempre he tenido miedo de que, si la pido, ya no sepa distinguir si la persona está ahí por cariño o por compasión. Es un pensamiento injusto para quienes me quieren, lo sé, pero es un miedo que llevo arrastrando desde hace mucho tiempo.

Ahora mismo estoy pasando una época complicada. Después de todo lo que ha ocurrido en los últimos meses, siento que no termino de encontrarme. He conseguido todo aquello que me había propuesto y, precisamente por eso, me descubro sin ningún objetivo claro. Los días empiezan a parecerse demasiado unos a otros. Me levanto, trabajo, paseo con mi perro, vuelvo a casa y, cuando termina el día, tengo la sensación de que simplemente ha pasado otra jornada más sin haber encontrado aquello que llevo tanto tiempo buscando. Echo de menos tener ilusión por algo, sentir que estoy construyendo un futuro en lugar de limitarme a atravesar el presente.

Y, aunque me cueste reconocerlo, también necesito compañía. Necesito un abrazo. Necesito que alguien me diga que todo esto acabará encontrando su sitio. Necesito sentir que todavía formo parte de la vida de las personas que quiero. Pero ese también es un problema mío. No soy capaz de decirlo. Me cuesta muchísimo levantar el teléfono para decir simplemente "hoy no estoy bien". Siempre espero que los demás lo adivinen y, cuando no ocurre, me frustro conmigo mismo. La realidad es que nadie puede leer lo que llevo dentro si yo no soy capaz de compartirlo. No puedo exigir que alguien sepa cómo estoy cuando llevo tantos años esforzándome precisamente en ocultarlo.

A veces también me invade otra sensación que no me gusta reconocer. Tengo la impresión de que ya no tengo demasiado que aportar a la vida de la gente. Antes siempre tenía una historia nueva que contar, un viaje, una anécdota, una locura improvisada o alguna risa compartida. Ahora siento que mi mundo se ha ido haciendo más pequeño y que, poco a poco, también se ha ido reduciendo lo que puedo ofrecer. Entiendo que las personas cambian, que sus vidas avanzan, que aparecen nuevas prioridades, nuevas relaciones y nuevos proyectos. La vida sigue para todos. Pero, aun entendiéndolo, hay días en los que me siento un poco fuera de ese movimiento, como si me hubiera quedado observando desde el margen cómo los demás continúan caminando mientras yo sigo intentando descubrir cuál es mi siguiente paso.

Y esa sensación también ha ido apareciendo en las cosas más pequeñas, esas que quizá desde fuera parecen insignificantes, pero que son las que más acaban pesando. Me doy cuenta de que conversaciones que antes eran inmediatas, de esas en las que un mensaje llevaba a otro y podíamos estar horas hablando de cualquier tontería, ahora se han convertido en largas esperas entre respuesta y respuesta. A veces pasa tanto tiempo que cuando vuelve a sonar el teléfono ya casi ni recuerdo de qué estábamos hablando. No puedo evitar sentir que algo ha cambiado. Echo de menos aquella cercanía que hacía que una conversación no necesitara ningún motivo para empezar. Ahora muchas veces percibo una cierta frialdad, como si todo se hubiera vuelto más funcional, más distante. Y hay días en los que tengo la sensación de que las conversaciones vuelven a recuperar aquella espontaneidad de antes únicamente cuando alguien necesita algo de mí. Probablemente sea una percepción condicionada por cómo me encuentro ahora y no una realidad absoluta, pero cuando uno atraviesa una etapa así, incluso los silencios más pequeños terminan haciéndose enormes.

Por eso llevo tiempo dándole vueltas a una idea que, hace solo unos meses, me habría parecido impensable. He pensado en dejarlo todo y empezar de nuevo lejos de aquí. No porque rechace la vida que tengo, sino porque siento que necesito volver a encontrarme en algún sitio donde nadie espere una versión concreta de mí. Incluso he llegado a redactar una carta de renuncia a mi trabajo. No para entregarla mañana ni porque tenga una decisión tomada, sino porque necesitaba comprobar cómo me hacía sentir poner esa posibilidad por escrito. Tengo dinero ahorrado y, siendo realista, podría permitirme marcharme durante una temporada, buscar otro trabajo y empezar de nuevo en algún lugar donde nadie conociera mi historia.

Sé que, desde fuera, mucha gente pensará que es una locura. Que he conseguido una plaza que muchos desearían tener, que tengo estabilidad y que aquí está toda mi vida. Y es verdad. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que uno puede tener todo aquello que siempre soñó y, aun así, sentir que ha dejado de reconocer el lugar en el que vive. No se trata de huir de nadie. Ni siquiera de empezar una vida perfecta en otro sitio. Se trata de intentar descubrir si todavía existe un lugar en el que pueda volver a sentir que pertenezco.

Quizá todo esto no sea más que otra etapa y dentro de unos meses relea estas palabras con una perspectiva completamente distinta. O quizá sea la primera vez en mucho tiempo que estoy siendo completamente sincero conmigo mismo. No lo sé. Lo único que sé es que necesitaba escribirlo. Porque, aunque siga sin tener respuestas, poner todo esto en estas páginas hace que el ruido de mi cabeza sea un poco más soportable. Y, al menos por hoy, eso ya es suficiente.

Estos días no he podido dejar de escuchar Everybody's Changing de Keane. Hay una frase que resume demasiado bien cómo me siento: "Everybody's changing and I don't feel the same." Durante mucho tiempo pensé que el problema era ver cómo todo el mundo cambiaba mientras yo seguía en el mismo sitio. Pero quizá la canción también habla de otra cosa: de aceptar que la vida nunca deja de moverse, aunque a veces uno no sepa muy bien hacia dónde hacerlo. Tal vez no se trate de correr para alcanzar a los demás, sino de encontrar de nuevo un lugar lejos de aquí donde sentir que uno pertenece o que me valoren como soy ahora. Ojalá algún día vuelva a encontrar ese sitio. Mientras tanto, seguiré buscando mi propio ritmo, aunque ahora mismo me cueste reconocer cuál es.




Comentarios

Entradas populares de este blog

La fuerza del destino

Han transcurrido cinco meses desde la última vez que vertí mis pensamientos en este rincón digital, y hoy retorno a él impulsado por dos motivos fundamentales. El primero nace de la recomendación de mi psicólogo, con quien he estado trabajando diligentemente para comprenderme mejor y enfrentar los desafíos que la vida ha arrojado a mi camino. Pero no es únicamente esta sugerencia profesional la que me trae de vuelta a estas líneas. Siento una necesidad profunda de desahogarme aquí, aunque sea solo por esta vez, sin prometer continuidad. Este escrito servirá, al menos, para aligerar algunos de los pesares que me han estado abrumando últimamente. Para dar algo de contexto, he atravesado una depresión que casi me consume por completo. Aunque he recorrido un largo camino hacia la mejoría, la oscuridad aún no ha abandonado del todo mi horizonte. A esto se suma la angustia por la grave situación de salud de mi padre, una realidad que me ha forzado a replantear muchas cosas en mi vida, temas ...

Lo que aún soy capaz de decir

Hoy me ha pasado algo que todavía estoy procesando, algo que hace unos meses me habría dejado temblando. He coincidido en el metro con el chico con el que estuve quedando hace un tiempo, ese mismo que un día me dijo, sin que le temblara la voz, que con mi esclerosis nadie querría nada conmigo más que encuentros puntuales, que nadie “hipotecaría su vida” por alguien destinado, según él, a terminar postrado en una silla. Aquel comentario me atravesó y me hundió; me hizo sentir pequeño, insignificante, una carga incluso antes de serlo. Durante mucho tiempo creí que llevaba razón, que quizá yo no era más que una vida en pausa que nadie querría compartir. Hoy, en ese vagón lleno donde casi no cabía un alma más, me lo he encontrado. Ni siquiera me saludó: simplemente empezó a rozarse contra mí, como si nada hubiera pasado, como si tuviera algún derecho sobre mí. Le pedí que parara, pero siguió, así que me bajé en la siguiente estación solo para quitármelo de encima. En el andén vino detrás y...

Caer y seguir respirando

  Hoy necesitaba escribir aquí, aunque ya hace tiempo que no lo hago. Quizás porque sentí que ya no podía hablar con sinceridad en estas páginas digitales, pero creo que ha pasado el suficiente tiempo para volver a ser un lugar más invisible donde poder abrirme y desahogarme un poco. No sé ni por qué escribo esto. O mejor dicho: sí lo sé, pero me cuesta admitirlo. Escribo porque no tengo otro lugar donde dejar todo esto que me está aplastando. Porque si no lo escribo, se me enquista adentro. Y ya tengo suficientes cosas pudriéndose en el pecho. Hace unos días volví a intentarlo. Sí. Una vez más. Y sí, sigo aquí. No lo cuento para que nadie me tenga lástima. No lo cuento para llamar la atención. Lo cuento porque me estoy cayendo, hondo, lento, sin freno, y necesito decirlo en algún lado, aunque sea en este rincón casi invisible que es mi blog. Me siento como un cuerpo que sobrevive por pura inercia. Me levanto cada día sin ilusión. No porque haya una meta, o un motivo, o un sueño al...