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Distancia

 

Hay una frase que llevo repitiéndome toda la vida sin darme cuenta: "Lo mejor es que me aleje." Es una frase que aparece siempre que siento que mi dolor empieza a rozar a las personas que quiero. No importa cuál sea el motivo. Da igual que antes fuera la esclerosis y ahora sean los recuerdos que estoy removiendo en terapia. En cuanto tengo la sensación de que alguien puede sufrir por mi culpa, mi primer impulso es desaparecer un poco, hacerme pequeño, convencerme de que mi ausencia será más fácil de llevar que mi presencia. Nunca me había parado a pensar de dónde venía esa forma de actuar, pero ahora empiezo a sospechar que tiene mucho que ver con haber pasado tantos años aprendiendo que lo más seguro era guardar silencio y cargar con todo yo solo. Cuando llevas media vida creyendo que tus heridas solo sirven para preocupar a los demás, acabas pensando que querer también consiste en esconderlas.

Anoche tuve una conversación con mi ancla que me hizo pensar mucho en todo esto. Me preguntó qué iba a hacer estos días y le conté que seguiría yendo al psicólogo. Me dijo que le parecía que estaba teniendo demasiadas sesiones seguidas, que había pasado de no hablar de nada a hacerlo prácticamente todos los días. Entendí perfectamente por qué lo veía así. Desde fuera debe parecer extraño que, después de tantos años de silencio, ahora necesite dedicar una hora al día a hablar de algo que ni siquiera era capaz de nombrar hace apenas unas semanas. Pero la realidad es que no estoy haciendo nada extraordinario. Solo estoy recorriendo, quizá demasiado tarde, un camino que llevo veinte años evitando. Durante todo ese tiempo reprimí recuerdos, emociones y preguntas que nunca me permití formular. Ahora que por fin he abierto esa puerta, ya no puedo hacer como si no existiera. Los recuerdos han vuelto con una fuerza que no esperaba y esa hora con mi psicólogo se ha convertido en el único momento del día en el que siento que puedo dejarlos salir sin miedo. No salgo de cada sesión sintiéndome mejor. Muchas veces salgo roto. Pero también salgo un poco más ligero. Como si cada vez que pongo palabras a lo que pasó, el peso dejara de descansar únicamente sobre mis hombros.

En un momento de la conversación me dijo algo que me rompió por dentro y que, al mismo tiempo, agradecí profundamente por la honestidad con la que fue capaz de decirlo. Me confesó que este tema le supera, que no sabe cómo procesarlo, que le da miedo decir algo que no sea lo adecuado. Incluso me dijo que con la esclerosis sentía que podía ayudarme de alguna manera, pero que esto se le iba de las manos. Mientras leía sus mensajes no sentí enfado. Tampoco sentí rechazo. Lo que sentí fue una tristeza muy difícil de explicar. No porque él no quisiera escucharme, sino porque me habría encantado que la persona más importante de mi vida pudiera conocer también esta parte de mí. No para que la arreglara. No para que encontrara las palabras perfectas. Simplemente para que conociera todas las piezas que forman la persona que soy, incluso las que yo mismo he intentado esconder durante tantos años.

Mi reacción fue la de siempre. Le dije que lo mejor era alejarme. Que él ahora estaba bien, que no necesitaba cargar con todo aquello y que lo último que quería era hacer daño a más gente, y mucho menos a él. Es curioso cómo la cabeza puede convertir en automático determinados mecanismos de defensa. No me planteé si él quería que me alejara. Ni siquiera pensé en preguntárselo. Simplemente di por hecho que esa era la mejor forma de protegerlo. Como si desaparecer fuera el mayor acto de amor que pudiera ofrecerle. Sin embargo, él insistió varias veces en que no tenía que alejarme. Me dijo que solo necesitaba tiempo para procesar todo aquello. Que necesitaba ir poco a poco. Y creo que esa diferencia es mucho más importante de lo que fui capaz de entender en ese momento. Porque una cosa es no poder sostener un dolor tan grande de un día para otro y otra muy distinta es dejar de querer a la persona que lo lleva dentro.

Hoy, con un poco más de calma, creo que fui injusto conmigo mismo. Llevo semanas exigiéndole a mi mejor amigo que recorra en unos días un camino para el que yo he necesitado más de veinte años. A mí mismo me costó décadas atreverme a pronunciar estas palabras delante de un psicólogo. ¿Cómo iba a esperar que otra persona pudiera asimilarlas en una sola conversación? Él no estuvo allí. No ha convivido con esos recuerdos toda la vida. Los recibió de golpe, sin tiempo para prepararse, y aun así siguió diciéndome que no me alejara. Creo que, por primera vez, estoy empezando a entender que querer a alguien también significa respetar el ritmo al que puede acercarse a tus heridas. Es muy doloroso el sentir que alguien a quien quieres te evita porque le produce miedo lo que se va a encontrar.

No sé cuándo llegará el día en que pueda contarle toda esta historia. Ojalá llegue. Me gustaría que algún día conociera también a aquel chico de quince años que nunca tuvo la oportunidad de explicarle a nadie lo que estaba viviendo. Pero, si algo me enseñó la conversación de anoche, es que no puedo medir el cariño de las personas por la rapidez con la que son capaces de sostener mi dolor. A veces el amor, incluso entre amigos, también necesita tiempo para aprender a mirar de frente ciertas heridas. Y quizá el reto no sea conseguir que quienes quiero dejen de sentirse desbordados, sino aprender yo a no marcharme cada vez que eso ocurre. Porque llevo demasiado tiempo creyendo que la mejor versión de mí es la que menos molesta. Y empiezo a pensar que querer también consiste en dejar que las personas importantes decidan por sí mismas si quieren quedarse, incluso cuando ya conocen las partes más oscuras de tu historia.

Aunque intento entenderlo, no voy a mentir diciendo que no me duele. Probablemente este sea el momento más oscuro que he vivido en muchos años y, precisamente ahora, cuando más necesito sentir cerca a la persona que siempre ha sido mi refugio, noto una distancia que me rompe por dentro. Sé que no es una distancia nacida de la falta de cariño. Sé que él está intentando procesar algo para lo que nadie está preparado. Lo sé racionalmente. Pero las emociones rara vez entienden de razones. Lo único que sienten es la ausencia.

Echo de menos algo tan sencillo como vernos a solas, sentarnos durante horas a hablar de cualquier tontería, reírnos de nuestras bromas absurdas o arreglar el mundo hasta las tantas. Hace semanas que eso no ocurre. Poco a poco las conversaciones interminables se han convertido en un "¿qué tal?" o un "buenos días". Los mensajes son más cortos, más prudentes, más fríos. Y aunque intento convencerme de que solo necesita tiempo, hay una parte de mí que no puede evitar preguntarse si, sin darme cuenta, ya he empezado a perder a mi ancla.

No sería la primera vez que alguien se aleja al descubrir una parte de mí que hasta entonces permanecía escondida. Ya he contado en este blog cómo algunas personas desaparecieron cuando conocieron mis sombras. Pero esta vez es diferente. Esta vez no hablamos de alguien que simplemente pasó por mi vida. Hablamos de la persona que durante tantos años ha sido mi hogar cuando sentía que no tenía ningún sitio al que volver. Mi ancla. Y por eso duele de una forma completamente distinta.

Estos días no dejo de acordarme de la yaya. Unos días antes de marcharse me dijo una frase que se quedó grabada para siempre en mi memoria: "No dejes ir nunca a ese amigo, porque amigos como ese solo se encuentran una vez en la vida." Llevo días dándole vueltas a esas palabras y, cuando la tristeza aprieta, aparece una idea que me destroza por dentro: la sensación de haberle fallado. De haber sido yo quien, poco a poco, ha ido rompiendo algo que parecía irrompible.

Hay momentos en los que incluso pienso que nunca debería haber contado lo que pasó. Que quizá habría sido mejor seguir cargándolo yo solo. Que este episodio de mi vida es tan oscuro, tan vergonzoso para mí, que era injusto ponerlo delante de alguien a quien quiero tanto. Me avergüenza profundamente todo lo relacionado con aquella etapa. No porque crea que lo que me hicieron me defina, sino porque todavía hay una parte de mí que sigue mirando a aquel chico de quince años con una dureza que jamás tendría hacia cualquier otra víctima. Esa parte me susurra que tendría que haber sido más fuerte, que tendría que haberlo detenido, que ahora también he sido débil por atreverme a contarlo.

Quizá por eso hoy la canción que acompaña estas palabras sea Fix You, de Coldplay. No porque nadie pueda arreglar las heridas de otra persona, ni porque espere que alguien encuentre las palabras perfectas para aliviar las mías. La elijo porque habla de algo mucho más humano: de la impotencia que se siente cuando quieres ayudar a alguien a quien quieres con toda el alma y descubres que, por mucho que lo intentes, no sabes cómo hacerlo. Hay un verso que no ha dejado de resonar en mi cabeza desde anoche: “When you try your best, but you don't succeed…”. No puedo evitar pensar en que me dijo que con la esclerosis sentía que podía estar a mi lado, pero que esto se le iba de las manos. Y creo que ahí entendí algo importante. Esta historia no habla de un amigo que se ha marchado. Habla de un amigo que quiere quedarse, pero que todavía está aprendiendo cómo acercarse a una herida que también le duele a él mirar. Ojalá el tiempo nos enseñe el camino. Porque, si algo sigo teniendo claro incluso en los días más oscuros, es que algunas personas merecen toda la paciencia del mundo cuando han demostrado durante tantos años que nunca dejaron de intentar estar. Sólo espero poder sentir esa amistad una vez mas al menos, antes de que el cable que me cuelga se corte del todo.




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