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Post 140. El punto final

Durante mucho tiempo pensé que este blog existía únicamente para ayudarme a sobrevivir.

Empezó siendo eso.

Un lugar donde dejar por escrito todo aquello que no era capaz de decir en voz alta. Un sitio donde vaciar el miedo, la rabia, la incertidumbre y la tristeza. Siempre me ha resultado mucho más fácil escribir que hablar. Escribiendo siento que puedo ordenar el caos que llevo dentro y entenderme un poco mejor.

Con el tiempo descubrí que, al otro lado de la pantalla, había personas leyendo estas palabras. Algunas me escribisteis para contarme vuestra historia. Otras para decirme que una entrada os había ayudado a afrontar un brote, un diagnóstico o simplemente un día especialmente difícil. Nunca imaginé que algo que nació siendo un desahogo tan íntimo pudiera convertirse, aunque solo fuera para unas pocas personas, en un lugar donde sentirse un poco menos solo. Y os puedo asegurar que cada uno de esos mensajes ha merecido la pena.

Pero estos últimos meses también me han hecho darme cuenta de algo.

He comprendido que tanto la esclerosis como todo lo que he vivido antes de ella no solo han marcado mi vida. También afectan, de una forma u otra, a las personas que más quiero. Sé que nadie me culpa por ello. Sé que no elegí ninguna de las dos cosas. Y, aun así, no puedo evitar sentir que mi dolor termina salpicando a quienes caminan a mi lado. Es una sensación con la que llevo luchando mucho tiempo y que todavía no sé gestionar. No quiero seguir haciendo daño.

Y entonces empecé a hacerme una pregunta que ya no consigo quitarme de la cabeza.

Si las personas que más quiero sufren al verme sufrir sin leer estas páginas... ¿qué ocurre con quienes no me conocen y las leen?

Durante mucho tiempo quise creer que este blog solo acompañaba. Que solo ayudaba. Y quizá haya sido así. De hecho, algunos de vosotros me lo habéis dicho y siempre os estaré profundamente agradecido por ello. Pero hoy ya no soy capaz de escribir sin preguntarme si, además de acompañar a unos, también puedo estar removiendo o haciendo daño a otros. No sé si esa sensación es justa o no. Probablemente forme parte de esa culpa con la que llevo tanto tiempo conviviendo. Pero es real. Y escribir con ese miedo constante ha hecho que este lugar deje de ser el refugio que siempre fue para mí.

Por eso he decidido que esta será la última entrada del blog.

No porque haya dejado de necesitar escribir.

Al contrario.

Creo que escribir seguirá siendo una de las cosas que más me ayuden a entenderme mientras viva.

La diferencia es que, a partir de ahora, esas palabras se quedarán conmigo.

Seguiré llenando páginas.

Seguiré escribiendo cuando tenga miedo, cuando esté triste o cuando necesite ordenar todo lo que llevo dentro.

Pero lo haré para mí.

Sin la preocupación de pensar si alguien sufrirá al leerlo.

Sin el miedo de sentir que mis heridas pueden convertirse también en las de otra persona.

A todos los que habéis estado aquí durante estos años, gracias.

Gracias por leerme.

Gracias por escribirme.

Gracias por hacerme sentir que, incluso en los días más oscuros, estas palabras podían servir para algo más que para aliviar mi propio dolor.

Ojalá haya sido así.

Y ojalá, si alguna vez este blog os acompañó en un momento difícil, os quedéis con eso y no con esta despedida.

Porque, al final, eso era lo único que siempre quise: que nadie se sintiera tan solo como yo me he sentido tantas veces.

Hasta siempre.



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