Hay una sensación extraña cuando empiezas a comprender cosas de tu propia vida que llevaban años delante de ti y, aun así, nunca habías sido capaz de relacionar. Estos días estoy hablando mucho con mi psicólogo. Probablemente más que nunca. Después de haber abierto la puerta de aquellos recuerdos que llevaba tanto tiempo intentando mantener cerrados, las conversaciones han sido intensas, incómodas y, en ocasiones, dolorosas. Sin embargo, entre todo ese dolor, también empiezan a aparecer respuestas. No respuestas que cambien el pasado, porque eso es imposible, sino respuestas que me ayuden a entender por qué llevo tantos años viviendo de la manera en que lo he hecho.
Hasta ahora siempre había pensado
que mi forma de afrontar la esclerosis era simplemente una cuestión de
carácter. Que yo era así. Que prefería no hablar de la enfermedad, contársela
únicamente a las personas más cercanas e intentar soportarlo todo por mi
cuenta. Creía que era independencia, que era fortaleza o, incluso, una manera
de proteger a quienes quiero. Pero estos días empiezo a preguntarme si, en
realidad, esa forma de vivir no empezó mucho antes de que la esclerosis llegara
a mi vida. Quizá aquel día empezó cuando un chico de quince años aprendió que había cosas que era mejor guardar en silencio. Que había dolores que era
más fácil esconder que explicar. Que abrirse podía dar miedo y que cargar solo
con el peso de una historia parecía menos arriesgado que dejar que otros la
conocieran.
Hay un hilo que une ambos
episodios de mi vida y ese hilo tiene un nombre: culpa.
Es curioso cómo la culpa puede
instalarse en una persona incluso cuando racionalmente sabe que no le
pertenece. Llevo años diciéndome que aquel adolescente no tuvo la culpa de
nada. Sé que era un menor. Sé que había un adulto que utilizó su poder, el miedo
y la situación económica de mi familia para manipularme. Sé todo eso. Lo sé con
la cabeza. Pero hay una parte de mí que sigue preguntándose por qué no
reaccioné de otra manera, por qué no fui capaz de detenerlo, por qué no salí
corriendo, por qué no fui más fuerte. Es una culpa irracional, injusta y
profundamente arraigada, pero ha estado conmigo desde entonces como una sombra
silenciosa.
Y, de una forma que nunca había
visto hasta ahora, esa misma culpa volvió años después con la esclerosis.
Nunca me he sentido culpable por
estar enfermo porque pienso que hice algo para provocarlo. Sé perfectamente que
no elegí esta enfermedad. Pero sí me he sentido culpable por las consecuencias
que tiene sobre las personas que quiero. Culpable cuando alguien cancela planes
porque yo estoy en un brote. Culpable cuando veo preocupación en la mirada de
mi familia. Culpable cuando mi mejor amigo sufre porque no sabe cómo ayudarme.
Culpable por la posibilidad de convertirme en una carga para quienes siempre han
estado a mi lado. Como si mi vida trajera inevitablemente consigo un
sufrimiento que otros no tendrían por qué soportar.
Quizá por eso siempre he
intentado llevarlo todo solo.
No contar demasiado.
No preocupar.
No pedir ayuda.
No mostrar lo mal que estaba.
Pensaba que así protegía a los
demás. Ahora empiezo a preguntarme si, en realidad, lo que estaba haciendo era
protegerme a mí mismo del miedo a sentir otra vez que mi dolor podía alejar a
las personas importantes de mi vida. Porque cuando uno ha aprendido demasiado
pronto que el sufrimiento se vive en silencio, acaba creyendo que esa es la
única forma posible de sobrevivir.
Creo que también por eso ahora
estoy tan bloqueado. No es solo que me cueste hablar. Es que cada vez que, a lo
largo de mi vida, he intentado enseñar una parte especialmente dolorosa de mí,
la experiencia ha terminado dejándome una herida más. A veces ha sido un rechazo.
Otras veces silencio. Otras, una indiferencia que duele casi más que un
"no". Poco a poco uno acaba aprendiendo que abrirse tiene un precio y
que, muchas veces, ese precio es demasiado alto. Sin darme cuenta, terminé
asociando la vulnerabilidad con el miedo. Como si cada vez que enseñara una
parte de mis cicatrices estuviera poniendo en riesgo a las personas que quiero
o incluso la relación que tengo con ellas.
Con la esclerosis, de alguna
manera, terminé encontrando un lugar donde cobijarme. Me costó mucho hablar de
ella al principio, pero con los años encontré personas con las que podía
compartir ese peso. Mi familia. Mi ancla. Algún amigo. Mi psicólogo. La enfermedad
acabó formando parte de mi vida y también de la de quienes caminaban a mi lado.
Nunca fue fácil, pero al menos dejé de sentir que estaba completamente solo
frente a ella.
Con esto es distinto.
Con esto solo está mi psicólogo.
Y hay días en los que una hora de
terapia no basta para sostener todo lo que llevo dentro. Hay momentos en los
que siento una necesidad enorme de hablar con alguien más, de dejar de contener
las lágrimas durante el resto del día, de no tener que esperar hasta la
siguiente sesión para volver a respirar un poco.
Lo curioso es que no estoy
buscando respuestas. Ni consejos. Ni frases que intenten arreglar algo que ya
no tiene arreglo.
Solo necesito poder hablar.
Necesito que alguien me escuche
sin sentir que tiene la obligación de solucionar mi vida.
Necesito poder llorar delante de
alguien sin sentir que estoy haciendo algo mal.
Necesito un abrazo que no cambie
el pasado, pero que, aunque solo sea por unos minutos, consiga que deje de
sentirme tan solo dentro de él.
Quizá sea la primera vez en mi
vida que soy capaz de reconocer que necesito eso. Siempre he intentado
convencerme de que podía con todo yo solo. Hoy ya no estoy tan seguro. Hay
dolores que no desaparecen porque los compartas, pero pesan un poco menos cuando
alguien decide quedarse sentado a tu lado mientras los sostienes.
Hace unos días leí una frase que
no deja de dar vueltas en mi cabeza: "Quien tiene miedo muere a
diario."
No sé quién la escribió. Pero
siento que, de alguna manera, estaba hablando de mí.
Creo que llevo muriendo un poco
cada día desde aquel episodio.
He muerto cada vez que he
preferido callar antes que contar cómo me sentía.
He muerto cada vez que he pensado
que lo mejor era alejarme para no hacer daño a quienes quiero.
He muerto cada vez que he
escondido una recaída, un miedo o una lágrima para que nadie se preocupara.
He muerto cada vez que la culpa
me ha convencido de que mi existencia pesa demasiado sobre los demás.
Y quizá también he muerto un poco
cada vez que he necesitado un abrazo y, por miedo a molestar o a volver a
sentir rechazo, he fingido que no lo necesitaba.
Y quizá por eso siento que ya es
hora de dejar de huir.
Estos días he intentado hacer
algo que llevaba años evitando. He vuelto al bar donde ocurrió todo. No tenía
muy claro qué esperaba encontrar. Tal vez comprobar que aquella persona ya no
trabaja allí. Tal vez descubrir que el lugar ya no significa nada. O quizá
simplemente demostrarme que podía entrar y salir sin que el pasado siguiera
teniendo tanto poder sobre mí.
Pero no he podido.
He conseguido caminar hasta la
puerta.
Y allí me he quedado.
En cuanto me acerco, siento que el
cuerpo deja de obedecerme. Empiezo a temblar sin control. El corazón se
acelera, la respiración se hace más corta y las piernas dejan de avanzar. Es
como si una parte de mí siguiera teniendo quince años y creyera que detrás de
esa puerta continúa esperándole el mismo miedo de entonces. Por mucho que mi
cabeza sepa que han pasado más de veinte años, mi cuerpo todavía no se lo cree.
Mañana volveré.
No sé si conseguiré cruzar esa
puerta o si volveré a quedarme inmóvil delante de ella. Pero, por primera vez
en mucho tiempo, creo que el objetivo no es demostrar que soy valiente. El
objetivo es dejar de permitir que el miedo siga decidiendo por mí. Porque quizá
tenga razón esa frase que llevo días repitiéndome. Quien tiene miedo muere a
diario. Y yo estoy cansado de ir muriendo un poco cada día. Quizá haya llegado
el momento de empezar, dando ese paso, a volver a vivir.
Llevo días dándole vueltas a
todas esas decisiones que, vistas desde hoy, parecen pequeños cruces de
caminos. A veces me pregunto qué habría pasado si aquel verano no hubiera
entrado a trabajar en ese bar. Si hubiera contado antes lo que me ocurrió. Si hubiera
pedido ayuda cuando todavía no sabía ni ponerle nombre a lo que sentía. Si
hubiera afrontado la esclerosis de otra manera, sin intentar proteger a todo el
mundo de mi enfermedad mientras me iba quedando cada vez más solo. Es imposible
no imaginar vidas alternativas en las que algunas de estas heridas nunca
hubieran existido. Y, sin embargo, cuando miro hacia atrás con un poco de
calma, también veo algo que se ha repetido una y otra vez: casi todas mis
decisiones, acertadas o equivocadas, han nacido del mismo lugar. He intentado
que las personas que quiero sufran lo menos posible, aunque eso signifique
cargar yo con el peso. Quizá, si hubiera elegido otros caminos, hoy no estaría
tan roto. O quizá sí. Nunca lo sabré. Por eso hoy quiero terminar con "En
otra vida", de Yami Safdie. Porque esa canción habla de esa tentación
tan humana de imaginar un universo donde todo fue distinto, donde llegamos un
minuto antes, dijimos las palabras correctas o tomamos el camino adecuado. Yo
también he pensado muchas veces en esa otra vida. Pero esta es la única que
tengo. Y quizá el reto ya no sea seguir preguntándome qué habría pasado si
hubiera vivido otra historia, sino aprender, por fin, a cuidar un poco mejor de
la que todavía estoy viviendo.
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