Pensé que era el final
Pensé que la entrada anterior sería la última.
Pensé que ya había dicho todo lo que tenía que decir. Que era el momento de guardar silencio y seguir escribiendo solo para mí. Quería creer que ya no necesitaba este rincón, que había llegado el momento de cerrar la puerta y dejar que las palabras se quedaran únicamente conmigo.
Pero aquí estoy otra vez.
Y, sinceramente, no sé muy bien cómo empezar.
Supongo que vuelvo porque ya no sé adónde acudir. Porque escribir sigue siendo la única forma que conozco de ordenar el ruido que llevo dentro. Porque, aunque la última vez me despedí de este blog, hoy siento que necesito volver a lanzar un grito al aire. No sé si alguien lo escuchará. No sé si alguien llegará a leer estas líneas. Solo sé que hoy necesitaba volver.
Ayer, por fin, me vi con mi ancla.
Llevaba días esperando ese momento. Desde que empecé a hablar en terapia de lo que ocurrió cuando tenía quince años, había sentido la necesidad de poder compartirlo con él. No porque esperara que encontrara una solución. Ni porque pensara que pudiera arreglar algo que lleva roto tantos años. Simplemente porque era él. Porque, durante mucho tiempo, ha sido la persona con la que más seguro me he sentido. Y una parte de mí necesitaba que conociera también esa parte de mi historia.
Nada más empezar la conversación me dijo que podía contarle las cosas, pero que prefería no conocer determinados detalles de lo que había ocurrido.
Y, aunque entiendo perfectamente por qué lo dijo, sentí que algo dentro de mí se rompía.
Sé que él también tiene su propia historia, sus propias heridas y sus propios límites. Nunca le pediría que soportara algo para lo que no está preparado. No le culpo por ello. De verdad que no.
Pero hubo una parte de mí que, al escuchar esas palabras, dejó de estar sentado delante de él y volvió a aquel almacén.
De repente regresó una sensación que llevaba demasiado tiempo intentando combatir.
La vergüenza.
La sensación de estar sucio.
La idea de que lo que me ocurrió es tan horrible que ni siquiera la persona que más quiero puede soportar escucharla.
Sé que eso no fue lo que él quiso decir.
Lo sé.
Pero las heridas antiguas tienen una forma muy cruel de interpretar el presente.
Al final conseguí contarle una parte muy pequeña de todo lo que pasó. Ni siquiera fue la mitad de la historia. Había demasiadas palabras que seguían atascadas dentro de mí. La conversación fue difícil. Hubo silencios largos, momentos incómodos y una sensación constante de que los dos estábamos intentando movernos por un terreno que ninguno sabía muy bien cómo recorrer.
Él intentó ayudarme.
Me dio consejos.
Y sé que cada una de esas palabras nació del cariño.
No tengo ninguna duda de eso.
Pero yo no necesitaba respuestas.
Ni soluciones.
Ni una manera rápida de dejar atrás todo esto.
Necesitaba poder llorar delante de alguien sin sentir que tenía que explicar por qué.
Necesitaba escuchar que aquello que vivió aquel chico de quince años no cambia la forma en que me miran las personas que quiero.
Necesitaba un abrazo antes que cualquier consejo.
Y, curiosamente, el único momento en el que sentí de verdad a mi amigo fue al despedirnos.
En ese abrazo.
Porque durante unos segundos dejaron de hacer falta las palabras.
Sigo yendo al psicólogo.
Sigo trabajando en todo esto.
Y sé que el camino pasa por ahí.
No estoy esperando que nadie haga el trabajo por mí.
Solo me habría gustado sentirme un poco más acompañado mientras empiezo a recorrerlo.
Quizá el error fue mío por imaginar una conversación que nunca podía salir exactamente como yo la había construido en mi cabeza.
Quizá esperé demasiado de una sola tarde.
No lo sé.
Lo único que sé es que hoy me siento profundamente perdido.
Cuando empecé este blog os hablé muchas veces de mi ancla.
De esa persona que me mantuvo a flote durante los peores momentos de la esclerosis.
De quien me recordó una y otra vez que todavía merecía la pena seguir luchando cuando yo ya no encontraba fuerzas.
Estos días tengo miedo.
Miedo de que esa cuerda que nos ha unido durante tantos años esté pasando por uno de sus momentos más difíciles.
Y ese miedo me duele muchísimo.
Porque quiero muchísimo a esa persona.
Y porque me aterra que el peso de mis heridas termine afectando también a quienes más quiero.
Hace mucho tiempo hablé aquí del primer psicólogo al que acudí. Aquel que me dijo que, tarde o temprano, acabaría solo porque la esclerosis terminaría envenenándolo todo a mi alrededor.
Durante años intenté demostrarle que estaba equivocado.
Hoy esa frase vuelve a aparecer en mi cabeza.
Y odio que aparezca.
Porque no quiero creerla.
Porque una parte de mí sigue pensando que las personas no se marchan únicamente porque alguien esté sufriendo.
Quizá simplemente hay dolores para los que nadie nace sabiendo cómo estar presente.
Y quizá nosotros también estamos intentando aprender eso.
No tengo respuestas esta noche.
Solo sé que, al final, he vuelto aquí.
Porque, aunque me despedí hace unos días, este sigue siendo el único lugar donde siento que puedo dejar las palabras sin miedo a que nadie tenga que soportarlas.
Lo que pasó no lo puedo borrar, ni la esclerosis tampoco. Esa persona soy yo, con esta enfermedad y esas cosas asquerosas que nadie querría escuchar, y con todo eso solo he intentado siempre vivir sin hacer daño a nadie e intentando ayudar en todo lo que he podido. Sin embargo ahora me siento como aquella persona dijo en su momento, veneno.
Ayer no pude más y me rompí, me dio un ataque de ansiedad y sentí un dolor fuerte en el pecho que me hizo acudir al hospital. La solución fue de lo que hablaba aquella canción que compartí hace tiempo en este blog, ese "jarabe para la tos". La puerta de salida fácil a todo. La esclerosis, los abusos, no sé si me queda algo bueno que dar a la gente o tal vez ya solo hay veneno.
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