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Todo va mejor cuando callo

 

Han pasado un par de semanas desde la última vez que escribí aquí y, aunque desde fuera probablemente no haya cambiado demasiado, siento que he aprendido a vivir de manera diferente. O quizá debería decir que he vuelto a vivir de una manera que ya conocía demasiado bien. Me he puesto la máscara otra vez. Esa que durante tantos años me permitió seguir trabajando, quedar con amigos, hacer bromas, preguntar a los demás cómo estaban y continuar con mi vida mientras dentro ocurrían cosas completamente diferentes. Durante unas semanas intenté quitármela. Pensé que quizá había llegado el momento de dejar de esconder determinadas partes de mí, de reconocer que no podía con todo solo y permitir que las personas que quiero vieran también aquello que normalmente escondo. Ahora llevo un par de semanas con ella puesta de nuevo y hay algo que me resulta difícil admitir: todo parece funcionar mejor.

También la llevo con mi mejor amigo. Quizá eso sea lo más extraño de todo. Durante años fue precisamente una de las pocas personas delante de las que no sentía que tuviera que interpretar ningún papel. Con él podía hablar de la esclerosis, de los brotes, del miedo, de esas veces en las que no sabía cuánto más sería capaz de soportar. Por eso pensé que también podría contarle aquello otro. Cometí, o al menos así lo siento todavía, el error de abrir una puerta que llevaba demasiados años cerrada, esperando encontrar al otro lado lo que en aquel momento necesitaba: apoyo, cariño, unas palabras que me dijeran que todo iba a estar bien y, sobre todo, la sensación de que, después de conocer aquella parte de mi historia, seguiría mirándome exactamente igual.

No salió como había imaginado. Y durante días pensé que había roto algo que nunca podría recuperar. Me obsesioné con la idea de que aquella historia, después de haberme hecho daño a mí durante tantos años, también había empezado a hacer daño a las personas que quería. Pero creo que he conseguido dar marcha atrás a tiempo. Dejé de hablar del tema. Volví a guardar determinadas cosas donde siempre habían estado y, poco a poco, las conversaciones se volvieron otra vez más fáciles. Volvieron las bromas, los mensajes cotidianos, hablar del trabajo, de cualquier tontería, de la vida normal. Y resulta extraño comprobar que cuanto menos enseño lo que ocurre dentro de mí, más sencillo parece estar todo fuera.

Eso no significa que no piense muchas veces en cómo me habría gustado que las cosas fueran. Claro que me habría gustado apoyarme en mi mejor amigo. Me habría gustado que aquella conversación hubiera sido diferente, que todo aquello no le hubiera superado y que hubiera encontrado en él el mismo refugio que tantas veces encontré cuando apareció la esclerosis. Me habría gustado poder llamarle en uno de esos días malos y decir simplemente que los recuerdos habían vuelto, que estaba triste o que necesitaba verle, sin tener que medir cada palabra ni preguntarme si estaba entrando en un terreno del que él prefería mantenerse alejado. Hay momentos en los que sigo deseando poder sentarme a su lado, quitarme la máscara y dejar de aparentar por un rato. No para que arregle nada, porque sé que no puede hacerlo. Ni siquiera para pedirle consejos. Solo para sentir que puedo apoyarme un poco en él mientras intento aprender a sostenerme de nuevo por mí mismo.

Pero las cosas no siempre ocurren como uno quiere. Creo que también crecer consiste en aceptar que incluso las personas que más nos quieren tienen límites, heridas que desconocemos y lugares a los que quizá no pueden acompañarnos. Me ha costado entenderlo porque estamos hablando precisamente de mi ancla, de la persona a la que durante tantos años asocié con la idea de sentirme seguro cuando todo lo demás se tambaleaba. Pero querer a alguien tampoco debería significar obligarle a entrar en habitaciones en las que no puede o no quiere. Por eso, aunque una parte de mí siga sintiendo tristeza por no poder compartir esto con él, otra se siente aliviada de haber conseguido dar marcha atrás. He vuelto a enterrar ese tema dentro de mí cuando estamos juntos y, al menos de momento, prefiero que sea así si con ello consigo evitar que algo que ya me hizo daño a mí termine haciéndoselo también a él. Quizá no sea la solución perfecta. Quizá algún día aprenda otra manera de hacerlo. Pero ahora mismo me basta con saber que puedo seguir queriéndolo sin pedirle que cargue con una parte de mi historia que le resulta demasiado pesada.

No lo digo como un reproche a nadie. Ni siquiera sé si mi interpretación es justa. Quizá, después de todo lo ocurrido, estoy especialmente sensible a cualquier silencio, cualquier distancia o cualquier cambio. Pero la sensación que tengo ahora mismo es esta: cuando doy la mejor versión de mí, la gente se siente cómoda. Cuando sonrío, cuando hago bromas, cuando escucho sus problemas, cuando hablo de cualquier cosa excepto aquello que realmente ocupa mi cabeza, todo fluye. Y reconozco que incluso hay cierto alivio en ello. Ya no tengo que observar cada gesto preguntándome si he contado demasiado. Ya no tengo que arrepentirme al llegar a casa, de haber preocupado a alguien. Ya no siento que esté depositando parte de mi dolor en otra persona.

Sigo yendo a terapia. Ahora dos veces por semana. Allí dejo la máscara durante un rato. Mi psicólogo es ya la única persona con la que hablo de lo que ocurrió, de la culpa, del asco, de los recuerdos que siguen apareciendo y de todo lo que aquella experiencia parece haber dejado en mi forma de relacionarme con los demás. Una parte de mí piensa que quizá debería haber sido así desde el principio. Que determinadas historias pertenecen a una consulta, a un espacio preparado para sostenerlas, y no a las personas que queremos. Allí puedo hablar sin preocuparme de hacer daño, sin mirar constantemente la cara de quien tengo delante, intentando averiguar si lo que cuento es demasiado. Durante esas horas puedo dejar de proteger a todo el mundo y limitarme a intentar entenderme.

El resto del tiempo intento ofrecer mi mejor versión. Trabajo. Contesto mensajes. Pregunto cómo están los demás. Hago bromas. Quedo con gente. Sonrío. Intento ser la persona que siempre he sido para quienes me rodean y, en cierta manera, funciona. Hay incluso momentos en los que, durante un rato, consigo olvidarme de que llevo una máscara. Momentos en los que una carcajada es realmente una carcajada y no una interpretación, y eso también me recuerda que, debajo de todo esto, sigo estando yo.

El problema surge cuando cierro la puerta de casa.

Entonces ya no queda nadie ante quien mantener el personaje.

Y me rompo.

A veces lloro. Otras veces simplemente me quedo sentado sin hacer nada, intentando entender cómo he podido parecer perfectamente bien durante unas horas cuando, por dentro, deseaba llegar a casa para dejar de fingir. Hay noches en las que recoger todos esos pedazos cuesta más que en otras. Pero intento hacerlo. Me recompongo como puedo, duermo, me levanto al día siguiente y vuelvo a colocar cada pieza donde, aparentemente, debería estar. Después me pongo la máscara y vuelvo a salir al mundo.

Supongo que ahora mismo esta es mi manera de sobrevivir.

Pero también hay algo en lo que estamos trabajando en terapia y que todavía me cuesta muchísimo aceptar: quizá abrirme no fuera realmente el error. Quizá el error sea pensar que cualquier reacción que no se parezca exactamente a lo que yo necesitaba significa que nunca debería haber hablado. Llevo demasiados años confundiendo preocupar a alguien con hacerle daño, necesitar ayuda con convertirse en una carga y mostrar una herida con obligar a otra persona a curarla. Todavía no sé separar bien todas esas cosas.

Por ahora la máscara me hace sentir seguro.

Me permite conservar mis relaciones sin ese miedo constante a contaminarlas con todo lo que llevo dentro. Me permite estar con mi mejor amigo y volver a reconocer partes de nosotros que, durante unas semanas, pensé que había perdido. Y después, cuando estoy solo, puedo quitármela y dejar que salga todo aquello que he contenido durante el día.

No sé si esto es avanzar o simplemente aprender una manera diferente de esconderme.

Supongo que esa será otra de las cosas que tendré que descubrir.

Lo único que sé es que ahora mismo vivo entre esas dos versiones de mí: la que sale cada mañana intentando dar a todos lo mejor que todavía conserva y la que vuelve por la noche, cierra la puerta, deja la máscara sobre la mesa y recoge en silencio los pedazos que nadie ha visto caer.

Quizá algún día consiga que esas dos personas vuelvan a ser una sola.

Por ahora, estoy intentando cuidar de ambas.



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