Ha pasado aproximadamente un mes desde que todo empezó a tomar una forma diferente. O quizá “colocarse” no sea la palabra adecuada, porque últimamente tengo la sensación de que hay demasiadas cosas fuera de su sitio. Algunas son nuevas. Otras llevaban muchos años guardadas en algún rincón de mi cabeza y han decidido aparecer todas a la vez. Y luego está la esclerosis, claro. Siempre está la esclerosis. Aunque resulta curioso que, por primera vez en mucho tiempo, haya días en los que ni siquiera es lo que más pesa.
La semana pasada recibí otra de esas noticias que hace unos meses me habrían dejado completamente destrozado: me he quedado fuera de otro ensayo clínico. Otra posibilidad que desaparece. Otra puerta que se cierra. Ya he perdido la cuenta de cuántas veces he esperado una llamada, una respuesta o unos criterios que quizá esta vez sí encajaran conmigo. Cada vez me cuesta menos procesarlo. Supongo que uno también aprende a acostumbrarse a las decepciones cuando se repiten lo suficiente. He tirado bastante la toalla con todo esto. Ya no quiero construir esperanzas en torno a cada posibilidad que aparece, porque he aprendido lo que ocurre después de que desaparece. Pero decir que ya no espero nada no significa que no duela. Siempre queda algo. Una pequeña espina que se clava junto a todas las anteriores y que, durante un rato, te recuerda que, aunque intentes dejar de mirar hacia determinadas puertas, una parte de ti habría querido muchísimo que alguna de ellas terminara por abrirse.
Ha sido además una semana especialmente dura porque he tenido que guardar también eso para mí. No he tenido un lugar al que llegar y decir simplemente: “me han vuelto a decir que no y hoy estoy un poco cansado de todo esto”. En cambio, han aparecido otros problemas, problemas de personas que quiero, y he intentado estar ahí para ellos. Escuchar, aconsejar cuando me lo han pedido, preocuparme, acompañar. Y, curiosamente, eso me hace sentir bien. Dentro de todo este caos, saber que todavía puedo servir para algo, que puedo lograr que alguien se sienta un poco menos solo o que, durante un rato, su problema pese algo menos, me devuelve cierta sensación de utilidad. Quizá porque cuando no sé muy bien cómo ayudarme a mí mismo, al menos todavía sé cómo intentar cuidar a los demás.
Para hacerlo sigo utilizando la máscara.
Creo que ya ni siquiera me la pongo conscientemente. Me levanto con ella puesta. Voy a trabajar con ella. Hablo con mis amigos con ella. Pregunto cómo están, escucho sus problemas, hago bromas, intento mantener conversaciones normales y doy la mejor versión de mí mismo que puedo ofrecer. Incluso con las personas más cercanas, he aprendido a seleccionar cuidadosamente qué partes enseño y cuáles vuelvo a casa conmigo. Durante un tiempo pensé que aquello era una solución. Ahora empiezo a notar simplemente cuánto pesa.
Porque pesa muchísimo.
Hay días en los que mantenerla durante tantas horas resulta agotador. No porque las sonrisas sean necesariamente falsas ni porque no disfrute de la gente que quiero. Sigo riéndome de verdad. Sigo teniendo buenos momentos. Sigo queriendo saber cómo están y ayudarles. La máscara no convierte todo eso en mentira. Simplemente oculta lo que ocurre al mismo tiempo en otro lugar. Es posible estar riéndome con alguien y llevar dentro una tristeza enorme. Es posible escuchar los problemas de otra persona mientras una parte de mi cabeza intenta ordenar los míos. Supongo que eso es lo que más me está costando entender últimamente: que puedo estar genuinamente bien durante un momento y seguir estando profundamente mal en otros muchos.
Sigo yendo al psicólogo dos veces por semana.
Y si hace unos meses alguien me hubiera dicho que aquello que ocurrió cuando tenía quince años iba a ocupar más espacio en mi cabeza que la esclerosis múltiple, probablemente no lo habría creído. Durante tantos años pensé que estaba enterrado. Era algo que había ocurrido, algo horrible, sí, pero perteneciente a otro tiempo. Había conseguido construir una vida encima. Estudié, trabajé, tuve relaciones, hice amigos, viajé, me convertí en veterinario, investigador, profesor. Después llegó la esclerosis y pensé que ya sabía perfectamente cuál era el monstruo con el que tendría que aprender a convivir.
Resulta que había otro esperando debajo.
Recordarlo ha sido difícil. Hablarlo está siendo todavía peor. Pero lo que realmente me está quemando por dentro es todo lo que vino después. Volver a sentir aquella culpa absurda aunque racionalmente sepa que no debería pertenecerme. Preguntarme por qué no hice determinadas cosas, por qué callé, por qué aguanté. Sentir vergüenza por algo que me hicieron a mí. Descubrir que algunas cosas de mi manera de relacionarme, de esconderme o incluso de vivir la intimidad quizá no aparecieron de la nada. Y después vino aquel primer intento de abrirme fuera de la terapia. Lo hice esperando encontrar algo que necesitaba desesperadamente y las cosas no salieron como esperaba. Aquello terminó reforzando una idea que llevaba demasiado tiempo dentro de mí: quizá algunas cosas es mejor no contarlas.
Creo que por eso me sorprendió tanto lo que ocurrió después con mi ex.
Desde aquella tarde en la que quedamos y terminé contándole todo, seguimos hablando. Pensé que sería una conversación aislada. Una tarde extraña entre dos personas que alguna vez compartieron muchísimo y cuyas vidas ahora están en lugares diferentes. Pensé que después cada uno volvería a lo suyo.
Pero me escribió al día siguiente.
Y al siguiente.
Y siguió haciéndolo.
Desde entonces hemos quedado un par de veces más. Me escribe todos los días. A veces me llama simplemente para hablar y preguntarme cómo estoy. No necesariamente para hablar de aquello. A veces hablamos de cualquier tontería. Pero sabe lo que hay detrás. Sabe lo que ocurrió. Sabe que estoy yendo dos veces por semana a terapia. Sabe que hay días complicados. Y aun así sigue apareciendo.
Puede parecer una cosa pequeña, pero para mí no lo es.
Creo que todavía estoy intentando entender qué hacer con eso.
Porque llevaba semanas construyendo una teoría bastante sencilla sobre cómo funcionaban las cosas: cuanto menos sepan los demás, mejor. Cuanto menos enseñe, menos daño haré. Cuanto menos necesite, menos posibilidades hay de decepcionarme o de incomodar a alguien. Si mantengo mis problemas dentro de mi parcela, nadie tiene que pisarla y yo tampoco invado la de los demás. Era una teoría triste, pero al menos parecía funcionar.
Y entonces aparece alguien que conoce precisamente una de las cosas que más me cuesta soportar de mi propia historia y decide acercarse en lugar de alejarse.
No sé por qué me sorprende tanto. Quizá porque todavía existe en mí una parte que espera que, cuando alguien conozca toda la historia, cambie su manera de mirarme. Como si contar aquello revelara algo malo sobre mí en lugar de sobre quien me lo hizo. Por eso cada mensaje suyo tiene un significado que probablemente él ni siquiera imagina. No porque vaya a solucionar nada. No porque nuestras vidas vayan a volver atrás ni porque esto cambie todo lo que ocurrió entre nosotros. Han cambiado demasiadas cosas y nosotros también hemos cambiado.
Simplemente porque sigue ahí.
Y eso está desmontando muy lentamente algunas certezas que había construido en las últimas semanas.
No todas.
Sigo llevando la máscara con casi todo el mundo. Sigo pensando demasiado antes de contar cómo estoy. Sigo prefiriendo escuchar los problemas ajenos antes que hablar de los míos. Sigo llegando a casa algunos días agotado por mantener determinadas cosas dentro. Y sigo reservando para la consulta con mi psicólogo todo aquello que todavía no sé cómo colocar.
Pero ahora hay una pequeña excepción.
Alguien conoce la historia y no ha salido corriendo.
Alguien sabe que, debajo de la máscara, no siempre está esa versión de mí que trabaja, bromea, escucha, aconseja y parece tenerlo todo más o menos bajo control. Ha visto un poco de lo que hay cuando me la quito y, de momento, no parece tener prisa por pedirme que la vuelva a poner.
No sé exactamente qué significa todo esto.
Tampoco quiero obligarme a encontrar una moraleja cada vez que escribo. Este último mes no ha sido una historia de superación. Me han cerrado otra puerta con el ensayo. La terapia está quitando cosas que a veces desearía haber dejado enterradas. La máscara pesa cada vez más. Hay días en los que sigo sintiéndome tremendamente solo incluso estando rodeado de personas.
Pero también ha ocurrido algo que no quiero ignorar.
Hace unas semanas escribí que todo iba mejor cuando callaba.
Quizá necesitaba creerlo.
Ahora empiezo a pensar que la frase estaba incompleta.
A veces todo parece más fácil cuando callo. A veces el silencio evita conversaciones incómodas, protege determinados vínculos y me permite continuar con el día. Y seguramente todavía voy a necesitarlo muchas veces.
Pero en este último mes alguien me ha enseñado otra posibilidad.
Que puedo contar una de las partes de mí que más me cuesta mirar y que, al día siguiente, el teléfono puede volver a sonar.
Y volver a sonar al siguiente.
Y que, al otro lado, haya simplemente alguien preguntando cómo estoy.
Todavía no estoy preparado para quitarme la máscara.
Pero quizá empiezo a entender que tampoco debería tener que llevarla siempre.
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