Hoy he quedado con mi ex.
Hacía bastante tiempo que no hablábamos de verdad. Nuestras vidas han seguido caminos diferentes y han cambiado demasiadas cosas desde aquella época en la que formábamos parte del día a día del otro. Probablemente, si hace unas semanas alguien me hubiera preguntado con quién iba a terminar pasando una tarde como la de hoy, su nombre no habría sido el primero que me habría venido a la cabeza. Pero necesitaba hablar con alguien. Necesitaba hacerlo fuera de las paredes de la consulta de mi psicólogo y, cuando pensé en las personas que realmente me conocen, que han compartido conmigo suficientes cosas como para saber quién soy detrás de muchas de mis máscaras, acabé pensando en él.
Había también otro motivo para verle que me cuesta bastante más escribir.
Desde que empecé a recuperar y afrontar todo lo relacionado con lo que ocurrió cuando tenía quince años, algo dentro de mí se ha bloqueado también en el terreno sexual. Durante muchos años conseguí separar ambas cosas. O quizá simplemente había enterrado aquellos recuerdos lo suficientemente profundo como para que no interfirieran de una forma tan evidente. Pero desde que abrí esa puerta en terapia, desde que empecé a poner palabras a lo que ocurrió y dejé de fingir ante mí mismo que aquello pertenecía a una vida completamente diferente, determinadas barreras que creía superadas han vuelto a levantarse. Y necesitaba saber hasta qué punto.
Hoy tenía el día libre y hemos podido pasar la tarde juntos.
Y he hablado.
De verdad.
Le he contado prácticamente todo. Aquello que ocurrió, el tiempo que duró, el silencio de todos estos años, la culpa, la vergüenza, el asco que a veces todavía siento hacia mí mismo y todo lo que está removiendo ahora la terapia. Mientras hablaba esperaba, casi de manera automática, encontrar en algún momento ese gesto que llevo semanas temiendo. Una mirada diferente. Un silencio incómodo. Ese instante en el que sientes que has contado demasiado y deseas poder recoger todas las palabras y volver a meterlas dentro.
Pero no ocurrió.
Me escuchó.
Simplemente me escuchó.
Y cuando terminó de escucharme fue cariñoso conmigo. Me dijo que yo no tenía la culpa de nada. Que lo que le había contado era horrible, sí, pero que no había absolutamente nada de lo que yo tuviera que avergonzarme. Puede parecer algo muy sencillo. Son probablemente las mismas palabras que mi psicólogo lleva tiempo intentando que interiorice. Incluso son palabras que racionalmente yo mismo sé que son ciertas. Pero escucharlas de alguien que me conoce tuvo un significado diferente.
Porque después de contarle todo seguía mirándome igual.
No vi asco.
No vi rechazo.
No sentí que tuviera que pedir perdón por haber hablado.
Y creo que necesitaba comprobar que eso también podía ocurrir.
Después de estas últimas semanas había empezado a convencerme de que quizá el silencio era realmente el lugar donde debía quedarme. Que determinadas historias solo podían existir entre mi psicólogo y yo. Que abrir esa puerta delante de alguien que me importa significaba inevitablemente poner algo demasiado desagradable entre los dos. Hoy, durante unas horas, alguien me ha demostrado que quizá no tenga que ser siempre así. Que una persona puede conocer una de las partes de mi historia que más vergüenza me produce y seguir viendo delante exactamente a la misma persona que veía antes.
La otra parte de la tarde no ha sido tan fácil.
Tenía ganas de intentar recuperar también esa parte de mí que siento que se ha quedado bloqueada desde que volvieron los recuerdos. Y pensé que hacerlo con alguien a quien conozco, con quien existe confianza y con quien compartí intimidad durante mucho tiempo podía ser una forma de comprobar si todavía era capaz.
Pero no he podido.
Mi cuerpo quería avanzar y mi cabeza no.
En cuanto hemos intentado continuar han aparecido imágenes. Recuerdos que no había invitado a entrar en aquella habitación y que, sin embargo, se presentaron sin pedir permiso. De repente dejé de estar completamente allí. La cabeza empezó a bloquearse y llegó un momento en el que entendí que no podía seguir.
Así que paré.
Hace unas semanas probablemente habría escrito estas líneas como otro fracaso. Habría vuelto a preguntarme qué demonios me pasa, por qué algo ocurrido hace tantos años sigue teniendo capacidad para entrar en mi vida actual y arrebatarme incluso cosas que deseo. Seguramente habría añadido otra razón a esa lista interminable de motivos por los que sentirme defectuoso.
Quizá ahora mismo mi cabeza necesita aprender algo que debería haber aprendido cuando tenía quince años: que puedo parar. Que no tengo que continuar porque alguien espere algo de mí. Que desear algo al principio no me obliga a quererlo hasta el final. Que puedo decir que no puedo seguir y no ocurre nada.
Puede parecer una victoria insignificante.
Para mí quizá no lo sea tanto.
Porque aquel adolescente aprendió precisamente lo contrario.
Todavía queda muchísimo camino por delante. Me gustaría recuperar una sexualidad en la que los recuerdos no aparezcan sin permiso. Me gustaría poder disfrutar sin que una parte de mi cabeza esté vigilando constantemente si algo va a despertar aquello que llevo intentando enterrar durante tantos años. Me gustaría volver a sentir que mi cuerpo me pertenece completamente.
Pero supongo que tampoco puedo exigirme resolver en unas semanas algo que llevo arrastrando durante más de veinte años.
Mi ex y yo no vamos a volver.
Han cambiado demasiadas cosas. Somos personas diferentes y nuestras vidas están ahora en lugares que difícilmente podrían volver a encontrarse de aquella manera. Y creo que los dos lo sabemos.
Pero quizá hoy tampoco necesitaba recuperar aquello.
Necesitaba otra cosa mucho más sencilla.
Necesitaba sentarme delante de alguien, quitarme la máscara durante unas horas y comprobar qué ocurría.
Y no ocurrió ninguna catástrofe.
Conté algo de lo que todavía me avergüenzo profundamente y alguien me recordó que esa vergüenza nunca debería haber sido mía. Intenté algo para lo que todavía no estoy preparado y pude detenerme. No solucioné nada. Mañana seguirán existiendo los recuerdos, seguiré teniendo terapia y probablemente volverán los días en los que me resulte más sencillo esconderme detrás de la máscara.
Pero esta tarde me he sentido escuchado.
Me he sentido acompañado.
Y después de tantas semanas intentando convencerme de que todo va mejor cuando callo, hoy alguien me ha recordado, aunque solo haya sido durante unas horas, que quizá no siempre tenga que ser así.
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