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Mi bola negra

Acabo de volver del cine.

He ido a ver La bola negra y llevo todo el camino de vuelta pensando en ella. Hay películas que terminan cuando aparecen los créditos y otras que se te quedan contigo en casa. Esta ha sido de las segundas. Quizá porque he ido a verla precisamente en un momento en el que algunas de las cosas que cuenta: el deseo, el silencio, la vergüenza, aquello que heredamos y aquello que escondemos, están demasiado cerca de mí. No quiero hacer una crítica de la película. Ni siquiera sé si sabría hacerla. Solo sé que durante algunos momentos he tenido esa sensación extraña que aparece cuando alguien pone delante de ti algo que llevabas tiempo intentando explicar y de repente lo ves desde fuera.

Y he pensado mucho en mi propia bola negra. Supongo que todos llevamos alguna. Algo que nos acompaña aunque los demás no puedan verlo. Una historia, una pérdida, una enfermedad, un miedo, una parte de nosotros mismos que durante algún momento de nuestra vida aprendimos que era mejor esconder. Algunas bolas negras llegan de repente. Otras empiezan siendo pequeñas y van creciendo mientras intentamos fingir que no existen. La mía ha cambiado de forma muchas veces. Durante mucho tiempo pensé que era la esclerosis.

Cuando llegó el diagnóstico, todo lo demás pareció hacerse pequeño. De repente mi vida empezó a dividirse entre pruebas, resonancias, tratamientos, brotes y posibilidades. Después llegaron las pérdidas de memoria, el miedo a olvidar a las personas que quiero y esa sensación de no saber exactamente cuánto de mí seguirá siendo mío dentro de unos años. Durante mucho tiempo pensé que ese sería el gran peso que tendría que aprender a arrastrar. 

Y entonces apareció algo que llevaba mucho más tiempo conmigo. Algo que había conseguido enterrar tan profundamente que durante años pude construir una vida entera encima. Tenía quince años. Creo que todavía estoy intentando entender cuánto de aquel adolescente sigue viviendo dentro de mí. Durante mucho tiempo pensé que aquello simplemente había ocurrido. Que pertenecía al pasado. Había estudiado, trabajado, tenido parejas, amigos, sexo, una vida. Había conseguido seguir adelante y eso me parecía una prueba suficiente de que aquello estaba superado.

Ahora sé que seguir adelante y superar algo no siempre significan lo mismo. Desde que los recuerdos volvieron y empecé a hablar de ellos en terapia, algunas piezas han empezado a encajar de una manera que no siempre me gusta. Mi forma de callar. Mi necesidad de controlar cuánto saben los demás sobre mí. La facilidad con la que me siento culpable cuando alguien sufre por algo relacionado conmigo. Esa obsesión por intentar ser siempre la persona que ayuda y nunca la que necesita ser ayudada.

Y también el sexo. Eso quizá sea una de las cosas que más me cuesta aceptar. Pensaba que mi cuerpo pertenecía por completo al presente hasta que descubrí que la memoria también puede vivir en él. Que puedes desear a alguien y, al mismo tiempo, tener una cabeza que decide llevarte a otro lugar. Que pueden aparecer imágenes que no quieres ver. Que puedes estar con una persona con la que quieres estar y, aun así, tener que parar. Durante años creí que había logrado dejarlo atrás.

Ahora empiezo a comprender que quizá simplemente había aprendido a caminar muy rápido para no mirar hacia atrás. Y La bola negra me ha hecho pensar precisamente en eso: en todas las vidas que construimos alrededor de aquello que no podemos decir. Curiosamente, nunca he sentido que esa fuera la parte más difícil de mi historia. He tenido mis miedos, mis inseguridades y mis momentos, como casi todos. Pero mientras veía la película pensaba en todos los hombres que vivieron antes que nosotros y para quienes algo tan sencillo como querer a otro hombre podía convertirse en un secreto capaz de determinar una vida entera.

Y entonces he pensado que quizá las formas del silencio cambian, pero el mecanismo se parece demasiado. Aprendes que hay una parte de ti que puede incomodarte. Y empiezas a esconderla. Primero escondes una cosa. Después otra. Hasta que un día descubres que llevas una máscara puesta y ya ni siquiera recuerdas exactamente cuándo empezaste a usarla. Últimamente he escrito mucho sobre la mía. La llevo prácticamente todo el día. Trabajo con ella, quedo con ella, sonrío con ella, escucho los problemas de las personas que quiero con ella. Y durante bastante tiempo llegué a una conclusión que parecía funcionar perfectamente: todo va mejor cuando callo. Todavía hay días en los que lo creo. Porque callar es fácil. El silencio no incomoda a nadie. El silencio no obliga a nadie a buscar palabras que quizá no tenga. El silencio evita esa mirada que uno teme encontrar cuando acaba de contar algo que lleva años intentando esconder. 

Y mientras veía la película esta noche he pensado que quizá hace muy poco viví algo parecido a recibir mi propia bola negra. Porque hubo un momento en el que decidí hacer exactamente lo contrario de lo que había estado haciendo durante toda mi vida. Hablé. Me abrí con una de las personas más importantes para mí porque estaba cansado de llevarlo solo. No buscaba soluciones. No esperaba que nadie pudiera borrar lo que ocurrió ni hacer desaparecer los recuerdos. Creo que únicamente necesitaba sentir que podía dejar durante unos minutos todo aquel peso delante de alguien en quien confiaba y descansar. Y las cosas no salieron como esperaba.

Sé que nunca hubo intención de hacerme daño. Sé que cada persona tiene sus propios límites, sus propios miedos y sus propias historias. Sé también que hay cosas difíciles de escuchar y que no todo el mundo sabe qué hacer cuando alguien pone delante una herida tan grande. Puedo entender todo eso. Pero entender algo no impide que duela. Y dolió. Muchísimo. Creo que pocas veces me había sentido tan vulnerable como aquel día. Había pasado años protegiendo aquella historia y, cuando finalmente conseguí sacarla de donde estaba escondida, esperaba encontrar un lugar donde apoyarla por un rato. En cambio, sentí que tenía que recogerla rápidamente y guardarla de nuevo. Y quizá fue entonces cuando sentí que alguien me echaba una nueva bola negra.

No fue lo que ocurrió cuando tenía quince años. No quiero comparar ambas cosas porque pertenecen a lugares completamente distintos. Esta bola no nació de una agresión ni de alguien que quisiera hacerme daño. Nació de una expectativa rota. De haber necesitado algo de una persona a la que quiero muchísimo y de descubrir que, en aquel momento, no podía dármelo. Y esa bola todavía la llevo conmigo. Aunque hayamos vuelto a hablar. Aunque hayan regresado las bromas. Aunque pueda hacer como si aquella conversación hubiera quedado atrás. Aunque racionalmente entienda que su reacción probablemente tuvo mucho más que ver con sus propios límites que conmigo. Hay una parte de mí que sigue allí. Una parte que todavía recuerda cómo se sintió al reunir todo el valor que tenía para contar algo que le producía una vergüenza enorme y, al salir de aquella conversación, sentir aún más vergüenza.

Supongo que algunas heridas no necesitan que alguien quiera hacértelas para existir. A veces basta con necesitar desesperadamente un abrazo y no encontrarlo. Y quizá eso sea lo que más me cuesta reconocer, porque quiero muchísimo a esa persona. Precisamente por eso dolió tanto. Si hubiera ocurrido con cualquier otro, probablemente habría conseguido olvidarlo mucho antes. Pero no esperaba respuesta de nadie. Esperaba refugio de alguien que durante mucho tiempo había sido precisamente eso para mí. Mi ancla. Y descubrir que incluso un ancla puede no saber cómo sujetarte cuando el mar cambia demasiado ha sido una de las cosas más difíciles de aceptar en estos últimos meses. No quiero convertir aquello en un reproche. No lo es. Ni quiero que esta entrada sirva para señalar a nadie. Las personas pueden querernos muchísimo y, aun así, no saber acompañarnos en determinados lugares. Estoy intentando aprenderlo porque sé que una de mis mayores bendiciones en esta vida fue cruzarme con esta persona. Él evitó que naufragara en otros momentos complicados de mi vida, y creo que yo también estuve ahí para él cuando estaba más solo y necesitaba un hombro en el que apoyarse.

Quizá por eso esta película me ha tocado tanto esta noche. Porque durante demasiado tiempo he pensado que nuestras partes más oscuras funcionan así: si alguien llega a conocerlas, inevitablemente tendrá que alejarse. Como si el secreto no sirviera solamente para protegernos a nosotros, sino también para proteger a los demás de conocernos por completo. Y quizá ahí esté una de las trampas. Uno termina confundiendo esconderse con cuidar. Callar con proteger. Estar solo, sin hacer daño. No sé si algún día dejaré de hacerlo. Ni siquiera sé si estoy preparado. Sigo teniendo cosas que únicamente cuento dos veces por semana en consulta. Sigo poniéndome la máscara antes de salir de casa. Sigo diciendo que estoy bien muchas veces porque explicar la respuesta verdadera sería demasiado complicado. Sigo ayudando a los demás porque sentir que puedo aliviar un poco el peso de alguien hace que el mío resulte más soportable. Y sigo teniendo miedo de que algunas personas conozcan ciertas partes de mí.

Pero esta noche he salido del cine pensando que quizá nuestra bola negra no sea necesariamente aquello que somos. Quizá sea simplemente aquello que hemos tenido que cargar.

La enfermedad.

El miedo.

La vergüenza.

Los recuerdos.

Las cosas que nos hicieron.

Las personas que perdimos.

Las respuestas que necesitábamos y no llegaron.

Las palabras que nunca dijimos.

Todo aquello que hemos ido metiendo dentro mientras intentábamos seguir caminando como si nuestras manos estuvieran vacías. Durante años pensé que ser fuerte consistía precisamente en eso: lograr que nadie notara el peso. Ahora ya no estoy tan seguro. Quizá ser fuerte también sea sentarse delante de alguien, dejar la bola sobre la mesa durante un rato y decir: «esto también forma parte de mi historia».

A veces la otra persona sabrá qué hacer con ella. A veces no. Y quizá una de las cosas que tengo que aprender es que ninguna de esas dos respuestas determina cuánto pesa mi historia ni cuánto valgo yo después de contarla. No sé si algún día conseguiré dejar de cargar con todas mis bolas negras. La de la enfermedad. La de aquel adolescente de quince años. Y esa también más reciente, nacida el día en que me atreví a pedir refugio y no encontré el que esperaba.

Probablemente algunas me acompañarán siempre. Pero quizá no se trate de conseguir que desaparezcan.

Quizá se trate de aprender a enseñarlas sin avergonzarme.

Que puedo dejar que alguien sostenga alguna durante un rato.

Y que incluso cuando alguien a quien quiero no pueda hacerlo, eso no significa necesariamente que tenga que volver a esconderlas todas para siempre.



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